Lo iban a enterrar enrollado en un petate

 

Lo iban a enterrar enrollado en un petate

Óscar Uribe Cordero

 

Así pasó tan luego murió don Onésimo Carrera. Lo habían ido a dejar a la morada eterna cuando terminaron las rezanderas de pedir para su alma piedad y clemencia. Manuel, su hijo, se encontraba presente, Gisela, aún no llegaba, aunque mandó a decir con la hija de Martín lo enterraran sin demora porque no sabía si iba a llegar a tiempo, pero la presentí considerada; cómo iba a creer que no le echaría un puño de tierra cuando sumieran a su papá en aquel hoyo de olvido. Días antes, un pequeño cortejo fúnebre atravesó la plaza de San Andrés, se dirigió al panteón a dejar al difunto Rufino el cual había muerto de una congestión alcohólica. Así lo dijo uno de sus vástagos, quien es doctor y lo trató hasta cerrarle los ojos. Lo había advertido muchas veces de acabar con el hábito de la borrachera si deseaba pasar de este año, pero así de recio es el vicio, no lo dejó hasta el sepulcro. Dicen de su hijo casi no lo lloró, no creo por mala gente, sino debido a que había tanteado la situación, por eso ni sintió tanto. Apenas algunos fueron a dar el pésame a la familia pues el hombre en vida fue muy miserable y egoísta; además los que se acercaron lo hicieron más para llenar sus panzas hambrientas de la comida en honor al fallecido que para acompañar a las condolencias a los hijos. Eso sí, el velorio estuvo muy lujoso, y del mausoleo ni se diga.

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Foto: Octavio Olvera Hernández

 

No se sabe bien cómo Onésimo se nos adelantó. Hablan algunos del pueblo fue la depresión por la ausencia de su señora; otros, un ánima en pena: la mujer que se lamenta por sus hijos de ladera en ladera una noche se llevó su alma con ella; y unos más, por culpa de una enfermedad mortal. Yo soy de este parecer, pues desahuciado y sin ánimos por la tristeza de su mujer muerta no le interesó curarse de su dolencia y se dejó morir poco a poco. Todavía en vísperas de todos los santos lo miraron subir al pueblo con dos racimos; uno de rosas, que se daban muy bonito en su huerto, y las cuales dejó en el altar de la patrona; y otro de cempasúchil, para el campo santo donde descansa su esposa.

Antenoche, Manuel, lo vio una última vez parado frente a la tumba de su madre; contaba que cuando chico, junto a Gisela, se escondían detrás de un árbol escurriendo en lágrimas, pues al campesino no le gustaba lo vieran ablandado; y convencido de que la fatiga de la tarde de siega los cansaba hasta provocarles el sueño, aprovechaba el momento para hacer vigilia toda la noche en el cementerio. A Onésimo siempre le pesó la consciencia no mandar a sus hijos a la escuela, pero tenían que ayudar a la pizca de mazorca para la tortilla, en la que conseguían recostar cuando la tierra era bondadosa, un poco de yerba que cocían para apacentar el hambre del día; aunque en buena temporada el monte y el campo agradecían en sustento que llegando a ser tanto el alimento permitía a los más necesitados se llevaran de su huerto un poco de comida. Por eso en el pueblo lo tenían por buena gente e incluso, no faltó quien hasta santo lo creyera.

Onésimo, nunca se quejó de lo suyo, pero le partía el alma ver a sus hijos con ropa y huarache gastado, sobre todo a la mujercita quien usó zurcido por dádiva; sin embargo la vida no se ensañó, ya grandecita, le tocó mejor condición, al menos para no vestir regalado, y si el campesino no aprovechó, fue porque gustaba de sus trapos remendados. Gisela se lo había querido llevar donde ahora vive, pero no quiso ir, pues su gozo era el monte y sus animales: una vaca flaca con la que araba y un burro viejo, que a paso lento, todavía aguantaba la montada.

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Foto: Octavio Olvera Hernández

 

Tendieron a Onésimo en su casa de techo de palma. Manuel, contó que se preparó para salir en la mañana y se le había hecho raro no ver a su papá despierto y listo para la siega, y pensó se paraba cuando tomara camino. De pronto, por curiosidad, le alzó la cobija para descubrir su cara. Lo figuró haciéndose el dormido pues su barbilla estaba metidita al pecho como si fuera niño, después de un momento cayó en cuenta por lo que sintió enseguida como las piernas se le doblaron solas. Entonces salió y comenzó a tocar puerta por puerta pidiendo limosna para el entierro. En eso recordó que un día su papá le dijo: “Cuando me muera, enredas mi cuerpo en ese petate que tengo de lecho y me haces descansar juntito a tu mamá en la loma. No se te olvide, no vayas a pedir nada a nadie para que no tengas reclamantes después”. Al poco rato, llegaron los agradecidos menesterosos de Onésimo y le ofrecieron de buena voluntad un cajón de madera; unos arreglos sencillos de flor de cempasúchil junto a un crucifijo. No le sigo porque los siguientes detalles son de poco interés.

Solo que en la comitiva por el fallecido Rufino, iban los hijos murmurando sobre el dinero que dejó, menos el médico: el de buena voluntad por herencia de su madre; las nueras, de mojigatas; los compadres, turbados, debido a que no pagó el adeudo del juego de baraja; las amantes, escondidas en la bola balbuceando, y los aprovechados, soñolientos por el alimento que habían degustado. Pero cuando se corrió la noticia de la muerte de Onésimo, muchos llegamos a la casa del campesino sin esperar recibir un taco, sino movidos por lamento. Lo velamos toda la mañana. A mediodía, al terminar los rezos, lo condujo al cementerio una procesión muy grande; tanto que la fila llegó hasta las faldas del cerro. Todos estábamos lastimados de sentimiento, pero se escuchó un gimoteo que sobresalió del resto; era Gisela, que había llegado justo cuando iban a meter la caja en la sepultura; aunque nada más alcanzó el féretro se desplomó en llanto al ver a su papá dormir. La pena no la atravesó sola; sino en compañía del gentío atiborrado quien entre sollozos se escuchó salió de él un coro de oraciones. Así lo miré y así es. Lo juro por el santísimo. De esta manera sucedió. Lo iban a sepultar enrollado en un petate, pero se fue como debe irse un buen hombre, con el cariño que se siente a lo que más se ama.

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Foto: Octavio Olvera Hernández

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