AGENDA URBANA/ POR EL SUR

AGENDA URBANA/ POR EL SUR

Fernando Curiel

Meditación del paseante

 No solemos reparar en ello, pero libros hay con los que fabricamos historias, intelectuales y sentimentales. Algunas de tales historias llegan a formar parte de nuestra biografía.

Tal o cual lectura (una novela, un poemario, un ensayo) sazonada por, interpolada con, entretejida en, el episodio real de una relación amistosa o amorosa que nace. O por una ruptura definitiva. O con el momento en que la ciudad cotidiana se exhibe inédita (lo escribió Calvino, el urbanista imaginario, no el reformador protestante: “El momento en que la ciudad es la Ciudad). O en el abrirse a otras lecturas.

O por, con, en la constatación de una paradoja. Por ejemplo, la de que los Human Rights de los Pets, gran avance de la civilización, indubitablemente, tenga una doble cara. La sincera de quienes aman más que sí mismos a su Chihuahueño o a su Pit Bull; y la hipócrita de los políticos verdolagas, de dientes (curules) para afuera. Los que extinguieron a los leones y a los elefantes (y a sus domadores y encargados) de los Circos; tal y como el fundamentalista Daniel Mattelart intentó, aunque él si no pudo, acabar con Donald, perfecto neurótico es cierto (hablo del pato de Disney, no de Trump).

Lo incuestionable es que una biblioteca particular configura, al mismo tiempo, un Árbol Genealógico, un Álbum, un Currículum Vitae, un Arcón de los Recuerdos, un Pasadizo.

Reporte turístico

 El pasado 10 de marzo de este 2018 que corre cual liebre, devengué antes de ver Red sparrow con Jennifer Lawrence (cuya adultez deploro, ¿qué fue de la Juanita de Arco de Juegos del hambre?), una de mis rutas sureñas. Ruta infalible, sorpresiva, la recorra en pareja compañía, al frente de un grupo, o “solapas” como esta ocasión. Nunca defrauda.

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En un santiamén se deja atrás Miguel Ángel de Quevedo (jamás digo Taxqueña, ¿por qué rayos Taxqueña?) y, entre Gandhi 2 y la Octavio Paz del FCE, ingresas a Chimalistac. Toda una revelación para quien visita el barrio, otrora pueblo, por vez primera.

 

La Calle del Río; la placita coronada con el templo de juguete, cuál capilla familiar, privada; y tras el templo, la parca plaza Federico Gamboa. Desde su busto, “El Pájaro” (así lo apodaron sus contemporáneos, ¿albureándolo?), contempla consternado el México que desbancó a su amado porfiriato (“porfiriano interior”, se llamaba a sí mismo). Desde este sitio, se abren opciones que acto seguido recuento.

Paseo del río
Foto: Octavio Olvera

Increíble resulta para el turista del Sur de la Ciudad de México (¡que CDMX ni qué jaladas!), que a unos metros de Chimalistac, del lado de Miguel Ángel de Quevedo, o del lado de Avenida Universidad (de esta suerte la rebautizaron los estudiantes, pues el presidente Miguel Alemán, ya desensillándose, le había endilgado otro nombre), fluyan, ruidosos, atropellándose, conciudadanos, autos, motocicletas, microbuses, y uno que otro trolebús. Y por si el ambular tipo San Juan de Letrán a medio día no bastara, abre sus dos bocas insaciables el Metro, se multiplican los paraderos del transporte colectivo y las casillas del comercio informal. Caudal humano, comercial y automotriz que se ha incrementado por la apertura del centro comercial Oasis (ya una de mis oficinas alternas).

Pero reconozcamos lo visionario de Mauricio Achar, amigo querido, tiburón en aguas libreras profundas, que supo cambiarle, a partir de 1971, el destino a esta zona de escuelas de artes marciales y laboratorios. Yo lo conocí de regreso de Londres, presentado por el inolvidable Alfonso Millán. Simpatizamos al instante. Pero no compartía, no del todo, mi broma, en el fondo un halago, sobre el éxito de su librería entre las huestes estudiantiles pos68. Decía yo algo así: “No tomamos Palacio Nacional, pero sí café de primera y barato en la Librería Gandhi”.

Librería Gandhi

Direcciones por elegir desde la Plaza Federico Gamboa.

 O navegas por el río pétreo, trepándote en los sólidos puentes para imaginar el real río del pasado, en cuyas aguas bañó primero sus inocencias, y después sus turgencias Santita, Santa, Santucha. Víctima, primero del amor que, como ve con el corazón, no atina; después, inocente flor mancillada, de la Ciudad Luz —a la Mexicana— de aquel entonces. “Científica”, de doble moral -mocha y licenciosa, burdelera, macha (no escuché mencionar a Santa, o no reparé, en los encendidos e incendiarios discursos del Año Internacional de la Mujer).

Santa

 

Busto-de-Federico Gamboa en Chimalistac

Navegación que no concluye sino hasta el puerto de Insurgentes. Perfecto si el plan es almorzar o comer en El Rioja, a tiro de piedra, cuya cocina se mide sin complejos con los portentos hispánicos del Primer Cuadro.

Si, por el contrario, se elije el flaneo rizomático, caprichoso, procure encontrar el sitio en el que, si no en la realidad (la novela Santa), hacen por lo menos esquina Hipo, pianista ciego pero enamorado como si la viera, y la prostituta, algún día inocente flor silvestre de Chimalistac. Ayuntamiento al que el autor, celoso de la primera a la última página, opónese.

Después de este paseo romántico, al que no debe escapar el momento del íntimo recogimiento frente a la Capilla del Secreto, se puede emerger por el Parque de la Bombilla, donde fuera sacrificado por el joven caricaturista León Toral, mi general Álvaro Obregón, reelecto presidente de la República de iure pero no de facto.

Monumento-a-Álvaro-Obregón
Foto: Octavio Olvera

Y no, ya no está en su monumento Art Decó, el brazo suyo, que perdiera primero en la Batalla de Celaya y luego aquí. Conservado en formol, recuerdo a un dedo señalando según se decía a Plutarco Elías Calles, su antecesor (al sucederlo en la primera vuelta) y su sucesor como Jefe Máximo de la Revolución en la segunda.

Nota. Si le interesa el asunto, le recomiendo enfáticamente el libro El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita, investigación con todas las de la ley de Mario Ramírez Rancaño (2014).

Siguiente etapa

Desde La Bombilla se abre el abanico de posibilidades. O por la Avenida de la Paz, emporio restaurantero, sube usted a San Ángel, donde lo esperan bistrós de comida y boutiques de ropa, la Plaza de San Jacinto, el Bazar de los Sábados (si es sábado como hoy) y, más al fondo, la Iglesia de San Jacinto. Si tiene tiempo, merodeé por las callejuelas de San Ángel antes de que se desaté la fiebre Be Grand. También puede encaminarse a Plaza Loreto, costeando el Mercado Múzquiz y el pueblito que habitaran los trabajadores de la Fábrica de Papel creada por los Lenz.

O por Altavista, si se dirige al centro comercial del mismo nombre o al Museo Carrillo Gil.

Ahora que, sedente —y sediento—, puede optar por el bar del Sanborn’s de San Ángel, o más arriba por el bar acogedor que abre sus puertas, tarde, frente al Cluny. Y, más adelante, ya entonado, asomarse al Convento del Carmen.

Recapitulación

 Pero abrí, follower, esta agenda, apuntando las relaciones sentimentales, afectivas con ciertos libros. Le cuento. Mi historia con Totalitarian and authoritarian regimes, del germano-español-gringo Juan J. Linz (dice Linz, no Lenz). Lo busqué afanoso por lustros, a partir de que me tocó de cerca, lecturas, viajes reiterados a Madrid, amistades nuevas y recobradas, la transición franquista y post franquista (aquí imitada, al marrullero modo nuestro, por la LOPPE, matriz de esos cárteles de la Cosa Pública que nos tienen hasta el nabo).

Semanas atrás, merodeando justamente por Miguel Ángel de Quevedo, di con la International Bookstore.

¿Y si probaba que me consiguieren el libro de un “scholar”, sociólogo y politólogo de gran renombre entre los “cientistas sociales”, que vivió en Alemania la República de Weimar y el Nazismo y, en España, la Segunda República y la Guerra Civil y el Franquismo? Y ¡zas!, que sí, que podían conseguírmelo. Y me lo consiguieron. Edición del 2000, “With a major new introduction”. Publicada  la primera edición en 1975, aún escindía a Berlín, el oprobioso Muro (doy fe). En 2000, ya no. Plagaban al planeta multitud de sistemas de gobierno (o desgobierno): “totalitarian,” “authoritarian,” “sultanistic,” “polycracy,” “nondemocratic,” “postotalitarian,” “democratic”, “chaocratic” (que creo nos define).  Los regímenes de los que da cuenta don Juan. ¿Y México? En eso ando, averiguando lo que tiene que decir Lenz, perdón, Linz.

A lo que voy

 Lo cierto es que esta lectura me ha puesto nostálgico de cuando, en la Prepa militar y en la carrera de Derecho, estudiaba la historia de las ideas políticas (y económicas). Y, por el camino, dado pie a uno de mis juegos favoritos recientes: El Posible FC. ¿Y si, académicamente, al dejar Derecho, me hubiera dado por la Sociología, la Antropología social, la Politología? Dones los tengo, empezando por la viva curiosidad de esa especie que llamamos sociedad. A lo que añado, tanto el método arqueológico que aplico a los episodios culturales, como a una ejecutoria política de no malos bigotes.

Para la “turistiada” por el Sur, tarea placentera, revisé dos de mis guías chilangas. Reciente, CDMX (Stylmap, Travesías, 2015), y, añosa, MÉXICO TENOCHTITLÁN (Guías Everest, España, 1979), escrita por Luis Suárez, periodista de la vieja escuela al que no deberíamos olvidar, pese a ser cuate de Luis Echeverría, cuatacho sobre el que escribiera la hagiografía El vendaval. Me detengo en esta última. Aún plena, la Zona Rosa, y su mundo de restaurantes. Y uno de los mapas todavía indica la Universidad Militar Latinoamericana, mi prepa-internado, con excelentes profesores en ciencias sociales.

De fondo, mientras transito las guías, viejo CD, Voces por Haití. Bien por el desaparecido grupo Fobia y su “Tengo miedo”. Rasgueo de guitarra electrónica, al modo de pálpitos del corazón. Miedo de encontrarte otra vez, de salir, de manejar, de hablar, de bailar, me traicionan los nervios, me derrota el estrés, miedo de tus ojos, de volver a caer, de quererte besar…Me digo no seas tonto, no seas tan escéptico, no puedes escapar, no todo está mal, no todo está perdido, el mundo es un bebé…

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