Taxco

 

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Taxco

Último día del año. Mi nena duerme su siesta, mi esposo hace una salsa de tomate para una pasta que cenaremos, mi padre no sé si está dormido en su espectacular cuarto con vista maravillosa al pueblo, si lee, si fuma o si sueña. Tuvimos que comprar el pollo más chafa en Chedraui, ese amarillo radioactivo y de tamaño casi elefante, ni modo, a veces no se puede conseguir lo mejor. 2018 ha sido un año difícil para nuestra economía. El trabajo no se ha dado tan bien como en otros tiempos. El mundo es en verdad distinto, pero tenemos a Paloma, qué más puede pedirse. Las cosas, confío, cambiarán. Me parece que estamos, como mundo, encaminados a una negrura terrorífica pero también hay luz. La cosa es disciplinarse en verla y no caer en la tentación de creer que no hay opciones, que estamos jodidos.

He pensado mucho en lo mal entendido que está el amor a uno mismo que de unos años para acá llevamos practicando, es más bien un culto al individuo, a nuestro derecho a ser, a nuestro “estado natural perfecto”. No cuestiono que quererse a uno mismo es sanísimo, de hecho creo rotundamente que si uno no se quiere es difícil querer a los demás; sin embargo, aprender realmente a quererse es difícil. No es una práctica instantánea y definitivamente no es una práctica que por ende elimina la existencia del otro, como se viene mal entendiendo este “despertar al auto amor”.

En nuestro camino a Taxco, el cual en lugar de tomarnos dos horas y media nos tomó cuatro, por el sin fin de coches intentando salir a celebrar el año nuevo, me quedé anonadada con la manera tan peculiarmente pendeja de manejar de la gente, pendeja porque por su “derecho a amarse y a ponerse siempre en primer plano”, ponen en riesgo, no sólo la vida de los otros, sino en primer lugar la suya. Es como un culto al suicidio, un culto al ignorar las consecuencias con tal de “amarse” primero por sobre todas las cosas. Y no es sólo en México, lo he visto en Canadá y me imagino que está ocurriendo en varias otras partes del mundo, sino es que en todo el universo humano.

La realidad es que estamos en un estado de ansiedad neurótica colectiva.

Yo vivo furiosa, combativa, entre mi maternal miedo de no hacer las cosas bien para mi Paloma; de no dar el ancho, y mi desilusión ante la sociedad, hay momentos que aunque me prometo no voy a estallar con extraños lo hago, como hace uno días, que estacioné mi coche en la calle de Mazatlán, y cuando bajé un taxi se arrimó tan cerca que pensé iba a arrollarme. El tipo paró, bajó y no sé qué empezó a revisarle a su auto cuando le dije, intentando ser amable, hasta chistosa, con el típico “óigame señor” mexicano, que me había asustado. El tipo me contestó con un insulto, algo así como pobre pendeja, por lo tanto respiré y me dije “no le digas nada malo” pero cuando emprendió de vuelta su camino en lugar de decirle un simple e irónico “Feliz Navidad”, le añadí al final un apasionado  ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡IMBÉCIL!!!!!!!!!!!!!!!!.

Me sentí terrible, y entendí que insultar al otro es en realidad insultarse a uno mismo. Y en eso estamos todos, comportándonos así una y otra y otra vez. Defendiendo nuestra individualidad pero en realidad hundiéndonos más y más en un mundo de neurosis y prisa para quién sabe qué, morir, me imagino.

El panorama del futuro es en verdad tétrico pero siempre hay dos lados de una misma moneda, hay que forzarse a sacar la sabiduría, la empatía, la paciencia, o cuando menos esos son mis deseos personales y para los que amo y no amo en este 2019. ¡Felicidades!

 

Paula Rivera.

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