CUENTO DE LA TERCERA EDAD EN LA 4T

 

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CUENTO DE LA TERCERA EDAD EN LA 4T

Fernando Curiel

Viuda, en sus 87 abriles, la abuela, doña Artemisa (“Arte” en la intimidad familiar y amistosa), primero mostró desconcierto, para enseguida montar en cólera, cuando el Gobierno Federal le encargó el cuidado de sus nietos. La última camada de sus tres hijas, Issa, Lucrecia y Antonia. Igual número de escuincles que amaba, sí, pero poco toleraba, sobre todo a Luisito, retoño inesperado de Lucre, ya madre de toda una pipiolera.

Luis Jr., a sus 3 años, malcriado, caprichoso, destructor de cuanto objeto (si precioso con mayor aplomo, su colección de bailarinas de Lladró, por ejemplo) encontraba a su alcance. Vivo retrato de su yerno, Luis Senior, al que simplemente detestaba.

Otros, opuestos, eran sus planes de vida viuda.

 

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No bien pasó el luto por la muerte de su marido Antonio, Notario y notorio abogado que planeó que a su esposa nada le faltara de faltar él (casa propia, suculento seguro de viudez, inversiones bancarias, automóvil y chofer a la puerta), en vez de auto conmiserarse, o enchufarse a Netflix, o pedirle a la dócil Issa que le consiguiera una casa para ancianos por “popof” que sonara, viviría una nueva vida.

Tomar un curso On Line de Historia del Arte, su pasión, no de balde la abreviatura de su nombre; leer, sin ser interrumpida, los quince tomos de la colección Clásicos de la Novela Universal que trasladaría de la Notaria, en la que su marido la exhibía como un rosario de joyas; aprender zumba; atreverse con el parapente; vender la casona de Polanco, inhabitable ya sin las hijas y ahora sin el padre, y adquirir un departamento en la Condesa; hacer labor comunitaria…

Al igual que Verónica Castro en La Casa de las Flores, se cortaría el cabello y oscurecería sus canas…

Todo, todo lo cumplió al pie de la letra. Y ahora que se disponía a viajar en crucero rumbo a lugares lejanos, exóticos, que siempre quiso conocer, ¡le salen con esto! ¿Ella, Guardería? ¿No le correspondía a los padres, si no para qué rayos los tienen, encargarse del cuidado de sus hijos, igualitito que ella, Artemisa, “Arte”, lo hizo con Issa, Lucrecia y Toña?

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Al punto temió que Luis Senior, haragán de tiempo completo, lector de solapas y solapador de la frivolidad de su esposa Lucre (le estaba mal decirlo pero era la verdad), siempre soñando con hacerse millonario, simulara la quiebra de su negocio de Gadgets de por sí al arrastre, para cobrar los 1,600 pesos bimestrales que por niño se ofrecía, como si se tratara de una promoción de City Market, el Gobierno. No, no permitiría que le enjaretaran al ingobernable Luis Jr. El dinero lo cobraría Lucre y se lo embolsaría él.

Pelearía, vaya que pelearía. Ya había probado navegar en el submarino turístico Nautilius, en aguas caribeñas; ya había probado volar, como con alas propias, por el cielo de Tepotzotlán; para venir a acabar de institutriz.

Lo primero que hizo, fue consultarle el caso a uno de los amigos más cercanos del difunto Antonio, condiscípulos en la Escuela Libre de Derecho. Y aunque este la recibió de no muy buena gana, educado pero ocupado, y soltó al desgaire, para quitársela de encima, que acudiera a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, aduciendo la privación del derecho individual del libre tránsito, dio en el clavo. La convenció.

La decisión de la abuela, se la confirmó el propio Gobierno Federal, el que pretendía esclavizarla con sus nietos; Gobierno que en vez de actuar, restituir el orden jurídico quebrantado por quienes bloqueaban el paso de trenes de carga, acudía presto al recurso de los derechos humanos.

Exactamente lo mismo haría ella, se dijo, al imponerse de la noticia. Mientras la llevaba de casa de Issa a su departamento, le ordenó al chofer indagara el horario y el domicilio de la CNDH, donde la llevaría al día siguiente.

Levantada ya la demanda, cuando el Gobierno, o Luis Senior, solo o en compañía de Lucre la muy mustia, la buscaran, para endilgarle a Luisito, ella se encontraría navegando en el crucero Roral Caribbean, proa a Los Galápagos.

 

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