FOTO, GRAFÍA

 

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Francisco Defossé

 

FOTO, GRAFÍA

Fernando Curiel

 

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Por demás progresiva, ascendente, ha sido la historia de la fotografía desde su irrupción, en Occidente, como técnica y como retórica. Técnica de la reproducción del objetivo del “shot” (se reconozca o no se reconozca la pérdida del aura). Retórica: lenguaje dotado de sus propias convenciones.

Sin embargo (siempre hay un “pero”), en vista (palabra justa) del fotoshop, franco fraude, y del selfie (aportación antropológica antes que tecnológica, es cierto, pero derivada la mayoría de los casos en vanidosa basura), se nos impone un examen omnicomprensivo, o si se prefiere holístico, de su praxis y de su teoría. Práctica y reflexión del arte fotográfico.

Qué se ha hecho, a modo de ejemplo, desde las fotografías que Lewis Carroll tomó a Alice Lidell; qué se ha dicho desde Niepce hasta nuestros días.

 

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Pido licencia para anotarme con dos contribuciones a lo “que se ha dicho”; contribuciones sin duda modestas y plagadas de deudas. Recuento.

En 1978, publiqué el foto-ensayo Fotonovela rosa, fotonovela roja, con capítulos alusivos a la “teoría”: Instantánea de la fotografía, y Sistema del texto granulado. Y en 1982, Paseando por Plateros, foto-crónica de la céntrica calle de la Ciudad de México rebautizada en 1914 Francisco I. Madero, que, a modo de epílogo, recoge: Algunas reflexiones sobre el ‘eastmanema’.

Además, en el diario de viaje Que viva Londres (1973), después Vida en Londres, eché mano, entre otros ingredientes gráficos (periódicos, anuncios), de la fotografía. Fundamental fue la colaboración de su diagramador, el pintor Arturo Rivera.

Remate de todo lo anterior: mi investigación en el Instituto de Investigaciones Estéticas, prestado por el de Filológicas, ambos de la UNAM: Mal de ojo. Iniciación a la literatura icónica (1989).

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De pie, Francisco Defossé, abajo de izquierda a derecha: Ernestina, Francisco, la esposa de Francisco Defossé, Graciela Torres, en sus brazos Ema, y Eugenia Defossé, hijos de Francisco y Graciela.

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Suelo consultar el Diccionario de la Real Academia Española, máximo digesto de nuestra lengua, para repasar, actualizar y aún descubrir acepciones autorizadas, aplicables al tema de que me ocupo. Abordaje apacible o de plano bucanero.

Me quedo, por ahora, apaciblemente, con las entradas: fotofobia, fotosfera, fototerapia, fototoxicidad… y grafía. Ya tornaré a ellas, aclaro, en su doble sentido: literal y figurado.

 

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Para el desarrollo técnico, pronto tecnológico, de la fotografía, me permito remitir a Instantánea de la fotografía (vid. Fotonovela rosa, fotonovela roja, México, UNAM. 4ª. ed., 2001, págs. 33-35).

En cambio, me detengo, en Reflexiones sobre el ‘eastmanema’ (Paseando por Plateros, México, SEP, 2001, pp. 64-65; la única edición hasta ahora, lástima).

 

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Punto de partida: “toda placa propone (y el observador dispone) múltiples niveles de interpretación (y conste que omito los previos niveles de ‘revelación’ consumados en el cuarto oscuro)”.

Sobra decir que el “cuarto oscuro”, que remite a un medieval laboratorio alquímico, ha sido clausurado por el revelado instantáneo de la cámara Polaroid, y su realización y divulgación por el I-phone y el I-pad, por el Instagram. Lo que no inhibe, en la reconstrucción histórica de la fotografía, tan arqueológica, al Fotógrafo Ambulante (exteriores) y al Estudio Fotográfico (interiores).

Si en lo que respecta al Fotógrafo Ambulante, resiento su falta de asimilación a la figura épica del solitario Aventurero (y aún del cazador), en el de los Estudios Fotográficos, la preocupación por los nombres propietarios (Yzunza, por ejemplo) ha dejado en la oscuridad su polisemia: escenario teatral, set cinematográfico, atrezo histórico, espacio consagratorio, memorial.

 

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Veamos los niveles por su servidor propuestos en 1981. Primero; superficie literal, material, con un objetivo protagónico, figura(s) o lugares, o figuras en lugares; nivel estático. Segundo: ojo y reojo tanto del que fotografía como del que contempla; micro-totalidad de la instantánea resultante; nivel dinámico. Tercero: desplazamiento no sólo de la mirada (ojo y reojo), como en el nivel anterior, sino de la mente, fuera de la placa. Detrás, arriba, a la izquierda, a la derecha; nivel meta-fotográfico e, inclusive, fantasmal.

 

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Ernestina Defossé

 

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Un ejemplo del tercer nivel. Partamos de la fotografía integral (no de detalles: el Duque Job, La Calaca, Diego Rivera niño), del mural “Sueño de un domingo en la Alameda”, debido justamente al pintor guanajuatense. Ya sea instalado en el Hotel del Prado, y milagrosamente indemne a la caída del edificio, ocasionado por el terremoto de 1985. Ya sea en su actual recinto, a un paso del anterior. Lo meta-fotográfico y fantasmal, territorial e histórico, corresponde a la Ciudad de México (¡qué CDMX ni qué ocho cuartos!) y su decurso.

A la izquierda: la tienda departamental Salinas y Rocha, restaurantes como El Hórreo, el centro nocturno Capri, El Caballito todavía en Bucareli, Zaplana, la Lotería Nacional (y lo que de historia urbana cifran). Y, a la derecha: las Pérgolas de la Alameda, Bellas Artes, el Correo veneciano, San Juan de Letrán, el Palacio de los Azulejos, la Torre Latinoamericana (ídem).

Vuelo de la imaginación meta-fotográfica, fantasmal, urbana e histórica, cuyos límites dependen del observador. El recorrido mental, imaginario, virtual, puede llegar, a la izquierda, hasta el Monumento a la Revolución; y, a la derecha, pasando por el café La Concordia y la joyería La Esmeralda, hasta el “Zócalo”.

 

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¿Eso es todo, con ser mucho a partir de una simple placa? No. Me temo que no. Quedaría el nivel de su lugar definitivo en el ámbito del Tiempo, su condición de referente, de “fuente” documental. De la naturaleza (paisaje), de la Ciudad (instante urbano), del sujeto (autobiografía). O su conjunto, pleno o parcial.

El formidable Cartier-Breson, dijo que la fotografía:

“Es un presentimiento de la vida”.

Y, añado, también, grafía de la vida. Su escritura, inscripción, fosilización en la realidad histórica. Condición que, salvo intencional o accidental destrucción, adquieren algunas fotografías: foto y grafía. Ámbar, tatuaje imborrable.

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¿Y las palabras? ¿Las palabras en su doble sentido, literal y figurado? A modo de propuesta para analizarse: fotofobia, síndrome de rechazo a la plaga de imágenes que invade al paisaje urbano; fotósfera, estado visual del paisaje urbano, dominado por el ingrediente publicitario; fototerapia, uso de la fotografía del pasado (ayer o anteayer) como cura del intolerable presente; fototoxicidad, adicción al selfie.

Hasta aquí. Por ahora.

 

 

 

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