Educación Superior y Conocimiento para la Transformación Social por Humberto Muñoz

Educación Superior y Conocimiento para la Transformación Social

Por Humberto Muñoz García[1]

 

En México se necesita plantear nuevos retos para la educación superior, las ciencias y las humanidades. Cumplirlos requiere la existencia de un verdadero liderazgo político. Que su legitimidad convoque. 

 

1. La política de la ciencia en México requiere enfrentar enormes desafíos. Uno de ellos es el rezago que existe en las capacidades de hacer investigación científica y humanística. Hay, además, una concentración de la actividad investigativa, que es insostenible mantener. Aparte del subsidio, los recursos humanos (SNIS) están concentrados, en un grupo pequeño de entidades federativas. Esta característica ha permanecido, aunque con algunos cambios. Por ejemplo, en la actualidad son más los investigadores nacionales en el conjunto de entidades federativas que en la CDMX. Pero, todavía hay estados donde la proporción de investigadores nacionales no alcanza ni el 5% del total en la República. Y como hemos reiterado, más de una vez, en buena parte de México no hay forma de avanzar en los análisis locales, para resolver los problemas, mediante conocimiento propio.

Necesitamos una política del conocimiento que ataque decididamente los desequilibrios en el país, que apoye la investigación en las universidades públicas, que expanda el sistema de investigación y que respalde los programas de doctorado, de los cuales urgen más doctores que se hagan investigadores. Hay egresados de los doctorados nacionales y extranjeros que no encuentran ubicación en la academia. La austeridad puede ser necesaria, pero no debe aplicarse a la educación superior y a la ciencia, como se ha hecho este 2019. Aquí en México, de continuarse por un tiempo, aunque sea corto, la escases de recursos va a tener efectos que aceleran el retraso en el campo científico. Urgen, asimismo, plazas para la renovación de los académicos.

La política del conocimiento (incluye a las humanidades y a las ciencias)  que se vaya a aplicar en este sexenio tiene que dejar de auspiciar la simulación y apoyar, decididamente, a las universidades públicas con programas especiales de fomento a la investigación. Asimismo, expandir el sistema de investigación científica y humanística, cubrir más zonas, y respaldar decididamente a los programas de doctorado. Al Estado le toca conducir la política del conocimiento y al gobierno dedicarle más recursos. ¡Educación Superior y Ciencia para mejorar el bienestar de los mexicanos! ¡Humanidades para enriquecer sus vidas y cambiarlas!

 

 

2. El sistema de educación superior se ha expandido y diversificado. En su seno, las universidades públicas representan un segmento institucional de primer orden para impulsar un nuevo modelo de desarrollo, un nuevo proyecto nacional, que satisfaga las exigencias sociales de democratización y de un mayor bienestar. Las universidades públicas, por su carácter y sus funciones, están llamadas a jugar un papel trascendente, porque la investigación que en ellas se realiza representa un pilar para transitar en la era del conocimiento. El Estado tiene en la universidad pública una base para que el país avance.

Estamos en un momento en que la historia puede darnos la oportunidad de hacer cambios sustanciales. Y como parte de ellos, redefinir la relación entre la universidad y la sociedad, para hacerla más estrecha. Este vínculo es el que justifica la función que hoy puede jugar la institución, para impulsar el desarrollo local y nacional con miras de largo plazo. En este papel, el Estado tiene los fundamentos para ligar sus intereses  con los de las universidades públicas.

Foto: Octavio Olvera

 

Sin ningún mito de por medio, los académicos deseamos que se entienda que el desarrollo de la ciencia y las humanidades en México, como en otros países, pasa por la creación de un sistema universitario muy fuerte, académicamente hablando. Ésta ha sido la experiencia de las naciones desarrolladas, hoy llamadas sociedades del conocimiento y de la información. Sin que se trate de repetir experiencias concretas o copiar formas institucionales, lo importante a destacar son las relaciones entre universidad, investigación y desarrollo nacional.

 

Foto: Antonio Sierra

 

3. Al empezar el gobierno actual (2018-2024) la educación superior, la ciencia, la tecnología y las humanidades no recibieron los recursos económicos necesarios para acelerar su dinámica, como era esperado en el mundo académico. La política económica, al menos para 2019, no sigue la lógica de proliferación que tiene la academia en su práctica.

En términos de inversión para educación superior, ciencia y tecnología, estamos en rezago frente a otros países como el nuestro, en términos de lo que se dedica del PIB a estas actividades. Los aumentos del “gasto” con relación al PIB han sido insuficientes. En ciencia ha sido imposible llegar al 1% del PIB, que es el nivel a partir del cual se puede avanzar en serio. Para cumplir con esa meta habría que hacer un esfuerzo financiero adicional, que los gobiernos del país en el reciente cuarto de siglo no han querido hacer. Sin educación superior, sin ciencia y sin humanidades, estamos condenados a seguir en crisis recurrentes. De nuevo, en la 4T, los ajustes presupuestales han afectado severamente a educación. La reforma educativa, además, ha resultado corta a las necesidades nacionales.

 

 

Será crucial que ocurra una correspondencia entre política y academia, que haya motivación y movilización intelectual para repensarnos y reconstruirnos, para reorganizarnos en pos de una sociedad más igualitaria, usando a la educación superior y al conocimiento científico y humanístico como ejes de la transformación social.

 

 

Foto: Octavio Olvera

 

La educación superior y la actividad científica y humanística, están en una coyuntura difícil, de la cual podremos salir librados si unimos esfuerzos, individuales, colectivos e institucionales para presionar por un cambio de enfoque. El malestar de la ciencia, las humanidades y la universidad, la solución a sus problemas, radica en la transformación de las políticas, insertas en el programa de desarrollo nacional con la fuerza que deben tener. No hay en el horizonte inmediato ninguna perspectiva de que se vayan a dar los cambios adecuados para fortalecer la educación superior, la  actividad científica y la investigación humanística. Se ha creado un mal clima con la transa maestra, con huelgas incomprensibles y con discusiones que no van a la raíz de los problemas.

Por eso, es necesario llamar con urgencia a la acción conjunta de investigadores y profesores, de todas las instituciones educativas que hemos construido, de todos los actores políticos que aparecen en el escenario de la ciencia, las humanidades y la educación superior. Unirnos para ganar fuerza, porque en política eso es lo que cuenta para cambiar lo que nos está pasando.

 

 

Foto: Octavio Olvera

 

4. Hay tres nociones que se necesitan retomar para darle énfasis a la importancia de la educación superior y a la producción de conocimiento. Esto hace referencia al concepto de lo público, a la noción de la autonomía y al sentido de la comunidad (universitaria, científica). Tratar lo anterior no es posible en un corto espacio. Pero lo que sí se puede hacer es exponer la preocupación de que, en algunos sectores poderosos en el país, se quiere arremeter contra el carácter público y autónomo de nuestras universidades, Que se busque fraccionar aún más a la comunidad.

No se puede dejar de mencionar la polémica desatada por el descuido de no incluir la fracción VII del tercero constitucional en la propuesta de reforma educativa del gobierno de la República. La autonomía y el carácter público de la universidad van de la mano. Hemos trabajado en los últimos tres decenios bajo una perspectiva que promovió la nueva gerencia pública, que está ligada a la lógica del mercado. Estado, gobierno y mercado se conjugaron para ponerle límites a la autonomía e intervenir en el desarrollo de las instituciones. La competencia por las becas al desempeño del trabajo académico, a su vez,  impulso la fragmentación de la llamada comunidad académica. Las reglas del juego pusieron a unos académicos contra otros.

Sólo una acotación, ahora, para refrendar que la universidad es pública porque representa un espacio en el que se comparten y se ventilan los asuntos de todos. La universidad es un espacio de convergencia de lo público. La universidad recrea el espacio público. Porque en su seno se da el debate racional de las cuestiones que atañen al interés de toda la sociedad. De la universidad pública fluye conocimiento para el bienestar y la prosperidad social, a través de sus egresados y de los resultados de la investigación. De sus actividades fluye cultura. Produce bienes públicos, y forma ciudadanos.

Por su parte, la autonomía debe pensarse desde su concepción política porque está vinculada con la acción y la expresión libre de todas las ideas en el espacio académico universitario, espacio desde el cual se relaciona con el poder del Estado, con otros poderes fácticos y con la sociedad para que, en teoría, no intervengan ni interfieran en la vida universitaria y en las relaciones que dentro de la universidad mantienen sus actores. Además, hay que considerar que el financiamiento a la universidad pasa hoy por un juego político con el gobierno, que afecta el ejercicio pleno de la autonomía.

 

Foto: Octavio Olvera

 

Y la comunidad también preocupa, porque quienes vivimos en las universidades públicas y autónomas nos hemos dividido en grupos de interés y perdido la comunicación interna, que es indispensable para lograr el entendimiento, que mantiene la unión, a pesar de las diferencias de pensamiento que caracterizan al ethos universitario. La identidad institucional y el sentido de pertenencia se sobreponen a las diferencias de óptica y permiten llegar a acuerdos sobre la base de principios y fines compartidos. Ante la complejidad organizativa de las universidades, parece importante retomar la idea de comunidad, contar con medios de comunicación expeditos, e imbuir en los universitarios la condición pública y autónoma de sus instituciones.

Además, me parece necesario considerar que se requiere un cambio en la política que junte, en lugar de dividir, la ciencia, las humanidades y la educación superior. Esta división ha creado intereses propios en cada ámbito que luchan por defender su espacio de influencia y mantener la desunión. No se dan cuenta, porque lo ignoran, que países donde se dio tal separación terminaron por echarse para atrás. Mientras estos campos funcionen cada uno por su lado no se podrá aprovechar positivamente su contribución al avance nacional, ni se podrá llegar a un nuevo régimen de producción del conocimiento como el que está requiriendo el análisis de los grandes problemas del país.

 

Foto: Octavio Olvera

 

5. A manera de colofón. En México se necesita plantear nuevos retos para la educación superior, las ciencias y las humanidades. Cumplirlos requiere la existencia de un verdadero liderazgo político. Que su legitimidad convoque. Será crucial que ocurra una correspondencia entre política y academia, que haya motivación y movilización intelectual para repensarnos y reconstruirnos, para reorganizarnos en pos de una sociedad más igualitaria, usando a la educación superior y al conocimiento científico y humanístico como ejes de la transformación social. En el camino, enfatizar que la educación superior, la ciencia y las humanidades, en conjunto, forman un espacio donde se trasmite el conocimiento, y se enseña cómo producirlo, a las nuevas generaciones. Es un conjunto creado en universidades públicas del país, que demanda su afirmación y fortalecimiento para impulsar a la sociedad hacia nuevas etapas de desarrollo.

 

 

 

[1] UNAM. Programa Universitario de Estudios sobre la Educación Superior.

 

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