La última y nos vamos para volver, volver, ¡vooooolveeeer!

Siempre me he sentido distinta y quizá sea porque crecí en una familia de mente abierta, con el conservadurismo propio de mexicanos clase media educada, pero que por generaciones ha formado parte del mundo intelectual y artístico.

La última y nos vamos para volver, volver, ¡vooooolveeeer!

Qué difícil me resulta decirle adiós a México, no tanto a la ciudad, la cual me llega a cansar por sucia, malhumorada, y grosera, sino a mi cultura, mi idioma, lo que me es, si no ya conocido, cuando menos familiar.

Entre más tiempo paso aquí más me pesa regresar a Canadá y quizá sea porque necesite estar en este estado de constante desgarro para poder vivir mi privilegio binacional.

¿Qué es lo que me fascina de esta ciudad?

Su cielo, el cual es mágico, accesible, tangible, parece estar diseñado a la perspectiva humana pero a la vez es místico y alucinante. No conozco otro cielo así, si acaso el de Roma, la única otra ciudad donde me he sentido en casa, posee también cualidades incitantes y balsámicas en sus colores pastel.

Me percato que ya por fin dejé de sólo palpitar la ciudad de mis padres, finalmente conozco la que es mía; mi colonia, mis restaurantes, mis vecinos y junto con mi familia nuclear, esposo e hija vamos construyendo nuestro mundo, a ratos, pero cada vez más sólido.

La parte de la sociedad que desde niña he observado, esa que vive desentendida de las diferencias e injusticias de México sigue molestándome y es por ello que tanto cuestionaría que mi hija se criara aquí. Es el mundo que pretende vivir en una ciudad como Houston, que no mide las consecuencias de presumir relojes, carros, ropa, viajes, que simplemente no se ve como parte de la complejidad social que forma México.

 

Siempre me he sentido distinta y quizá sea porque crecí en una familia de mente abierta, con el conservadurismo propio de mexicanos clase media educada, pero que por generaciones ha formado parte del mundo intelectual y artístico. Fui la niña rara por haber vivido el divorcio de mis padres, en esos tiempos, no era común estar en esa realidad; claro ejemplo, la madre de mi vecina no la dejaba ser mi amiga por ser yo un producto agrietado.

Luego mi curiosidad, mi manera de entender la vida, por veces haciendo más y pensando menos, mi atracción hacia lo extranjero, mis renuncias a dos carreras universitarias, Facultad de Derecho y Colmex, y para cerrar con broche de oro, la decisión de dejar la casa materna para vivir con el novio, formal y con sello de aprobación,  pero a los 19 años.  Ninguna de las chicas de mi generación había hecho algo así, o cuando menos no abiertamente pues la hipocresía de mis épocas era incuestionable. Me entristece el no conservar una sola amistad de esos años y sinceramente no dudo que la razón sea porque me apesté socialmente.

Tal vez la huida a tierras tan heladas fue por ese hedor y por percibir una ola de críticas silenciosas. Tan pronto y tan lejos como se me presentó la oportunidad la tomé. Y me pregunto: ¿cómo hubieran sido las cosas si me hubiera topado con otro tipo de ambiente? uno habitado por gente distinta, con experiencia de vida amplia. Tal vez conservaría amigos, tal vez habría entendido antes que mi más cruel crítico siempre sería yo y que no lograría nunca, por más distancia que pusiera, huir de él.

Digo adiós con amargura y gratitud, con observaciones dolorosas  sobre lo que soy y lo que puedo llegar a ser como mexicana y como persona.

Sigo aprendiendo a amarme y a amar a este país.

Me tocará hacer lo mismo con y en Canadá.

Paula Rivera

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