DIARIO MERIDANO

 

 ¿Qué es un cónclave familiar? Una epifanía, un espejo, una sinfonía instrumental, un coro de voces las mismas pero diversas.

 

 DIARIO MERIDANO

Fernando Curiel

 

Llamada

El hijo en Mérida, Yucatán; la hija en Toronto, Canadá, escasean las reuniones de la tribu (el orden de las menciones obedece al de aparición, aclaro, por aquello de las susceptibilidades feministas). Estos días casi finales de mayo lo logramos. Nietos al parejo.

Recalé en un hotel, ya conocido y estratégico, a cuadras del “zócalo”: El castellano. Mis pueblerinos hábitos mañaneros, me ahorran el abrasivo calor. Las exploraciones callejeras me confirman la persistencia meridana de “urbanemas” claves de la traza hispano-mexicana. Catedral, sedes gubernamentales, portales, un pasaje, cafés, una buena librería, neverías, intensa vida local. Pero a lo que voy.

 

¿Qué es un cónclave familiar? Una epifanía, un espejo, una sinfonía instrumental, un coro de voces las mismas pero diversas. Y una “Cumbre” a la que deberíamos asistir, hablo de los veteranos, estratégica, diplomáticamente, preparados. ¿Una Cumbre como la reciente en Washington, en la que un racista, prepotente, embalado Donald Trump impone su Agenda Migratoria a la supuesta de una amenaza de Aranceles? No me detengo en las consecuencias. Sólo señalo que no es a ese tipo de Cumbre al que me refiero.

Más bien al Modelo Yalta, que pluralmente diseña el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial (aunque, es verdad, sin a la postre impedir la subsecuente Guerra Fría, que, por cierto, rato lleva como Tercera Guerra Mundial por otros medios).

Convivimos, pues, en una Mérida todavía entre las primeras en términos de calidad de vida. Y nuestra Yalta oficial tuvo como escenario un restaurante dilecto, el Trotters. ¿Aprendí cosas? Claro. O reafirmé. A partir de los veinte años de los hijos, éstos se saben a los padres hasta en la sopa. Los padres a los hijos, desde el comienzo. Lo que no resta amor, ni sorpresas. Nuevas parejas, cambios de viraje.

¿Dónde prospera la zona de influencia para el fundador, fundación compartida? Hablo de los fundadores aquejados de paternalismo, o autoritarismo si así quiere llamársele, caciquismo incluso). En la tercera fuerza, los hijos de los hijos. Dicho con toda naturalidad del mundo. Probé con suerte. A Paloma, hija de apenas dos años de Paula, le indoctriné una especie de “mantra” que exclama a toda hora, en Mérida, en México, en Canadá (un paraíso nemoroso en el que su padre Jerry filma una serie de televisión). Reza: “¡Pinche mosca!” (y no deja de asombrarme el tonito yuca).

 

 

A otra cosa, mariposa (menor, respecto a la anterior)

Tres mitos profanos me han sido caros. La Revolución Mexicana, la Guerra Civil Española y el 2 de octubre en Tlatelolco. Para orientarme, he urdido una tríada de abordajes (posiciones de atraque en términos portuarios).

Su cronología, su índole legendaria, sus interpretaciones.

En la Guerra Civil Española y en el 2 de octubre, me resuena un elemento clave: el Estamento Intelectual, al que dedico no pocos de mis afanes periodísticos y de investigación académica. Aunque ni de lejos comparto el parecer de que nuestra Revolución (a diferencia de la Rusa, la Cubana o la Sandinista), no fue “leída” ni “escrebida”, y careció de ideas.

En mi último viaje a la Península, me acompañó un libro singular, en el contexto del 80 aniversario del exilio español: De no ser por México, del historiador José M. Muriá, prólogo del también viejo conocido mío Sergio García Ramírez (México, Miguel Ángel Porrúa-Seminario de Cultura Mexicana, 2019).

 

Entrada en materia

De la Revolución Mexicana vengo proponiendo de tiempo atrás una revisión de su “revisionismo” (obra de la iconoclastia historiográfica de los 70’s del pasado siglo, si es que en efecto ya pasó). De su multiplicidad de contenidos: político, militar, campesino, obrero, cultural; al reconocimiento ya no más diferido de una Estética Revolucionaria Integral: novela, estampa y grabado, muralismo, fotografía, corrido, cinematografía documental y de ficción, vestimenta incluso (véanse las chic estampas de Zapata que por estos días se prodigan). Los vasos comunicantes con el porfiriato. La necesidad de ampliar la galería: revolucionarios y contrarrevolucionarios. Etcétera, etcétera.

Del 68 mexicano, el específicamente político, he publicado numerosos asedios, sobre todo con motivo de su último aniversario (y en tiempo de cocción tengo un pequeño libro que pone el dedo en la llaga de asuntos tales como la falta de previsión de un sistema político hegemónico sobre las consecuencias de una sede de Juegos Olímpicos, la agudización de los dos Méxicos, el fin del desarrollo estabilizador, las elecciones presidenciales de 1970, asuntos que resumo en la etiqueta “zonas oscuras”).

De la Guerra Civil Española, y el consecuente exilio en nuestras tierras, me propongo ahora sí un estudio pleno, riguroso, que despeje contenidos autobiográficos (un tío “refugiado”), afectos (Federico Álvarez, Marisa Magallón, Arturo Souto, los Ruiz Funes señaladamente), “climas” (UNAM, Capilla Alfonsina, Colegio de México), aficiones urbanas (Madrid, en primer término, visitado por ocasión primera en 1972, y revisitado una y otra vez). En este propósito (asignatura pendiente) se inscribe el libro que ahora comento.

 De no ser por México

Obra de un historiador con toda la barba, el libro, degustado en Los Portales del centro, en las habitaciones de El Castellano, en el despegar y aterrizar de aviones en corto tiempo, toca los registros del sentimiento y la osadía. Lo primero por el reconocimiento sin cortapisas a la solidaridad combatiente del gobierno del general Lázaro Cárdenas al republicanismo español. De Cárdenas y de un puñado de colaboradores capaces de conferir a nuestra Cancillería una altura de dignidad, pericia y arrojo que no volverá a escalarse. Bosques, Rodríguez, Bassols, al frente de desconocidos, anónimos pero eficaces empleados de Embajada y consulares.

Lo segundo, la osadía, por el abordaje de cuestiones a las que la mitificación del exilio español, dominante, no se atreve. Si sobresale la documentación del número de refugiados, de los barcos que los transportaron a nuestras costas, del terrible contexto europeo ante la compulsión nazi, del recuento de los campos de concentración franceses, de los duros episodios de la derrota y la dispersión; no menos sobrecoge el recuento de las divisiones al interior del gobierno de la República. Divisiones ideológicas y personales.

A las consabidas imágenes de un exilio masivo camino a la frontera con Francia, se agregan los destinos trágicos, irreconciliables, de Azaña, Negrín, Prieto, Largo Caballero; de los sabuesos y matones franquistas tras sus huellas; del estira y afloja para elaborar las listas de refugiados (difícil, o quizá no, me resulta entender por qué Alfonso Reyes, ya al frente de la Casa de España enseguida El Colegio de México, desoyó los llamados de auxilio de Ramón Gómez de la Serna, varado en Buenos Aires). Me quedo con el aserto del historiador Muría: Fox, Calderón, Peña Nieto, y sus respectivos cancilleres, asesinaron los principios que hicieron posible el auxilio mexicano a la España rota.

 

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