Novela histórica, desideologización y el pacto de ficcionalidad: el caso de Las benévolas

 

Con Las benévolas, Jonathan Littell cuestiona el tópico del nazi inculto y bárbaro (en el personaje de Aue) como también el asunto de la “vacuidad moral”, que no en todos los casos compete al Hombre-soldado sino que se extiende al simple oficinista por entre los modelos de Adolf Eichmann, Albert Speer, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler.

 

Novela histórica, desideologización y el pacto de ficcionalidad: el caso de Las benévolas

Por Deligiannakis Panagiotis [1]

 

Con la convicción de que toda novela es el topos idóneo de confluencia entre todas las expresiones vitales, encontradas en la condición narrativa, lanzaría una propuesta que no marca un campo teórico exclusivo, dentro del encuadre programático del presente Congreso, sino una tendencia. Me refiero a la aparición, simultánea en español durante 2007, de dos novelas: La benévolas, editada por RBA, de Jonathan Littell y Vida y destino de Vasili Grossman (novela, sin embargo, terminada desde 1960), editada por Galaxia Gutenberg, ambas incluidas entre los diez libros de “Babelia” (el célebre suplemento de El país) en conjunto con una larga lista en la que figuran: Crematorio de Rafael Chirbes (Anagrama), El niño con el pijama de rayas de John Boyne (Salamandra) como también, en materia de ensayo literario, El misterioso caso alemán de Rosa Sala Rose (Alba), Miedo líquido de Zygmund Bauman (Paidós), El pecador radical. Ensayo sobre los hombres de terror (Anagrama) de Hans Magnus y En defensa de la intolerancia de Slavoj Zizek (Sequitur). A esa lista agregaríamos los propiamente históricos o testimoniales de Peter Novick, Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El Holocausto en la vida americana (Marcial Pons) y de Günter Grass, Pelando la cebolla (Alfaguara).

Fuera de la ex-metrópoli, el mundo hispánico dio una enorme acogida al mismo fenómeno, empezando por la Feria del Libro de Bogotá en 2008. Así lo señala El tiempo, periódico de Colombia: “Lo que parece a vuelo de pájaro un capricho del gusto literario, responde a una tendencia universal: la renovada atención de escritores y especialistas de todos los calibres sobre los años que transcurrieron entre 1939 y 1945 y que enmarcan quizás el período más amargo de Europa”.

Para el mismo año del comentario anterior, existían 20 libros publicados en español:

 

  • Sobre la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y la codificación propia de una cultura en su peculiaridad: El Tercer Reich de Michael Burleigh, Una guerra de exterminio: Hitler contra Stalin de Laurence Rees, Las conversaciones privadas de Hitler con introducción de Hugh Trevor-Roper, La conciencia nazi, la formación del fundamentalismo étnico del Tercer Reich de Claudia Koonz, Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo de Rosa Sala Rose, y El enigma Hess de Martin Allen sobre el viaje de Rudolf Hess a Escocia en 1941.
  • Sobre el enfrentamiento en la ofensiva del Este y el problema judío: Stalingrado de Anthony Beevor, Stalingrado 1942-1943. El cerco infernal de Stephen Walsh, Los nazis y la solución final de Laurence Rees, La llave de Sarah de Tatiana de Rosnay (novela), El cuaderno de Rutka (diario de una joven judía en el gueto de Varsovia) y las mismísimas benévolas de Jonathan Littell.
  • Sobre el papel de la Unión Soviética y la situación en Francia: De los vivos y los muertos de Konstantin Simonov, y Vida y destino de Vasili Grossman (novelas), La caída de París de Herbert Lottman, Suite Francesa de Irene Nemirovsky y París después de la liberación de Anthony Beevor y Artemis Cooper.

Aparte de estos libros, existían otros tantos, también en inglés que todavía no llegaban a traducirse para aquel entonces, y de una gama impresionante que ofrecía hasta una nueva interpretación del triunfo de los aliados. Preferiría hacer un corte exactamente aquí con el señalamiento de que, el mismo año de 2008, David Irving publicaría sus Pruebas contra el Holocausto.

Jonathan Littell. Fotografía de Óscar Romero. Tomada de El País, ‘Jonathan Littell: “Me dan más miedo Estados Unidos y Europa que África’”, https://elpais.com/cultura/2016/11/11/actualidad/1478866987_741410.html

 

Sin embargo y pese al apabullante registro de la indudable tendencia, mi interés gira en torno a la instancia inicial de mi intervención y la aparición de Las benévolas de Jonathan Littell: este escritor franco-estadounidense (N.Y., 10 de octubre, 1967), hijo de inmigrantes judíos de Polonia. Vivió los años de su infancia y adolescencia en Francia para pasar, luego, a Estados Unidos y matricularse en la Universidad de Yale. Escribió Las benévolas en francés a los 39 años, novela editada por Gallimard, que le acreditó el Premio Goncourt en 2006.

De acuerdo con el planteamiento llevado hasta aquí, dicha novela se tendría que ver dentro del fenómeno señalado para pasar, luego, a la cuestión propiamente literaria. No obstante, todo fenómeno tiene su explicación aun partiendo con un fenómeno tan ambiguo en sus delimitaciones ideológicas como el nazismo y sus alcances de religión cívica, punto que retomaremos más adelante. Las causas que propiciaron este auge editorial en torno al tema de la Segunda Guerra Mundial podrían buscarse en tres instancias que alcanzaron también los dominios de la literatura.

En primera instancia, la culminación de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín liberó un potencial y un número de documentos, que ya no competían la seguridad nacional en tanto que “secretos de Estado”. Se trataba de un material vedado por el orden anterior a 1989 que abarcaba fuentes provenientes no sólo de Alemania, sino también de Francia y Bélgica, entre los países europeos, como también de otros países transatlánticos como Estados Unidos y Japón.

Todo este material, ya a disposición de los historiadores coincidió con un cambio de actitud por parte de los investigadores. Liberados del imperativo de una posición ideológica y de una lectura ideologizada de la historia, los generadores del pensamiento podrían acercarse tanto al nuevo material, como al anterior revisitado, con esta transformación o, más bien, desideologización de la visión historizada.

Otro de los motivos, corregente de la postura desideologizada y su lectura de la historia revisitada, tiene que ver con la unificación de Alemania y el deseo de los lectores de liberarse de los imperativos de la Guerra Fría, manifestando su deseo, como dice Tony Judt en el epílogo de su libro Postguerra (Taurus), del “repaso de su historia como principio esencial para comenzar a olvidar”. Tan sólo ahora es posible, como señala Judt, reconocer el antisemitismo velado en países como Polonia, Checoslovaquia y, por supuesto, Francia.

Dentro de esta tendencia, incluiríamos al patriarca de la llamada religión cívica, Michael Burleigh, El Tercer Reich: una nueva historia (2000) y las modernas interpretaciones de Naill Ferguson y, del dos veces mencionado en nuestro registro bibliográfico, Anthony Beevor.

De regreso a nuestra lectura central, Las benévolas, interesaría ver estas ideas en el estatuto literario a partir de un concepto primario: el pacto de ficcionalidad, relacionado con la legitimidad de un subgénero, como lo es la controversial novela histórica. Curiosamente, en una reseña publicada en Letras libres (enero, 2008) y firmada por Ana Nuño, leí el siguiente comentario:

Que el pacto ficcional de Rojo y negro, La educación sentimental y Guerra y paz lo prueba el hecho de que no recordemos estas tres novelas por su pertenencia al subgénero “novela histórica”, sino por algún tecnicismo narrativo exitosamente aplicado por el autor y a menudo metaforizado por la crítica: el relato como espejo de la realidad, la historia como elipsis del sujeto de la historia, la omnisciencia del creador como recurso para lograr el encaje de la historia con minúscula en la Historia con mayúscula.

El problema empieza cuando la misma persona, que firma la reseña, asocia el pacto de ficcionalidad del subgénero dado, con la novela programática buscando, al fin de cuentas, lo que llamo una teleología de la realidad que rija su representación narrativa.

El pacto de ficcionalidad que propone Las benévolas, de Jonathan Littell, ¿en qué consiste? La verdad es que lo ignoro. El de este libro es un fenómeno interesante, porque el lector, a la vez que es capaz de reconocer los elementos utilizados en su fabricación, no puede deducir de ellos un programa que los reúna inteligentemente para algún fin. Quizás es que soy incapaz de verlo, pero también cabe la posibilidad de que no haya tal programa. Como en ausencia de programa narrativo no hay nada que reseñar en una novela, pero como además esto es una reseña y en una reseña ha de hablarse del libro reseñado, daré por buena la hipótesis de que éste es un libro sin programa. (ibid.)

Ya que la criticó, toco el tema de la estructura; preferiría no extenderme más, sin antes resumir el rechazo de Las benévolas en su estatuto por la irreverencia, esta vez sí programática, al pacto de ficcionalidad junto con su remisión a otro estatuto híbrido en superlativo: la novela-ensayo.

No obstante, caería en la tentación de puntualizar los tres, en su caso, pecados capitales, según la misma reseña de Letras libres, que Las benévolas cometen frente a la documentación exigida para una novela decentemente histórica:

  1. “la idea que se hace Littell del Estado hitleriano es tributaria de las tesis funcionalistas, que ningún historiador actualmente sigue tomándose en serio” (Cfr. la tesis sobre la “personalidad carismática” del Führer).
  2. Por tocar el tema de Auschwitz —tema del que no faltan quienes, como Lanzmann o Schöttler, abusan y “le suponen al autor intenciones poco recomendables”— como también por afirmar que la ideología völkisch del régimen hitleriano es de origen judío”.
  3. Por los rasgos inverosímiles del personaje principal, Maximilien Aue, que se agrega a la inverosimilitud histórica, y “el horror vacui que padece el autor”.

 

Precisamente, podríamos iniciar de este horror vacui que inspira el barroquismo en forma musical en que está estructurada la obra: Tocata, Alemandas I & II, Courante, Zarabanda, Minueto (En Rondós), Aire, Giga. Sin embargo, preferiría proponer la situación de la novela de Littell a partir del ensayo Lo seco y lo húmedo que el autor escribió en 2002, justamente cuando estaba investigando para Las benévolas.

3. Ilustración de Holga Weissová, Tomada de El País, “La superviviente que dibujó el horror nazi” de Jesús Ruiz Mantilla, https://elpais.com/elpais/2013/08/12/eps/1376325639_007346.html, consultada el 24 de julio de 2019

 

Si la fuente de Las benévolas es Lo seco y lo húmedo —como hipótesis—, ese mismo ensayo, a su vez, está inspirado en dos lecturas que lo anteceden, lo presuponen y lo fundamentan: La campagne de Russie del fascista León Degrelle y Männerphantasien de Klaus Theweleit. Ambos textos tienen un sustrato eminentemente biográfico, sea directo o indirecto. El ensayo de Theweleit, publicado en 1977, tiene como fuente los textos autobiográficos de siete miembros de los Freikorps mientras que el texto de Degrelle es un testimonio personal.

Pese al desatino y la hipótesis arrogante de la crítica citada en torno a la finalidad de la obra como un intento de aglomerar una masa documental, que va de Hilberg a Browning y de Haffner a Sereny, sin dejar fuera las películas “recomendadas” sobre el tema de Shoah o The Gray Zone, la procedencia de Las benévolas, primeramente en su inspiración, se limitarían —de la mano de Littell— a las incidencias de Theweleit y Degrelle.

Triunfo de la muerte (1944) de Felix Nussbaum. Tonmada de https://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2010/09/27/opinion/OPIN-02.html, consultada el 24 de julio de 2019

Lo seco y lo húmedo, escrito al estilo de Theweleit con un rechazo programático del discurso académico, dista significativamente del estilo de Las benévolas, por cierto, articulado muy al prototipo discursivo de Léon Degrelle. Aún más, Littell usaría el modelo de Degrelle para forjar su propio pacto literario y dar contundencia a su personaje principal de Max Aue con el tono adecuado a su lenguaje.

El asunto de Männerphantasien es la percepción del fascismo como “un modo de producción de la realidad” con una lectura psicoanalítica no freudiana. Como bien señala Rosa Sala Rose en su artículo “Las entrañas del fascista”, publicado en Revista de libros (noviembre, 2010):

El fascista sería un hombre que todavía no se ha separado plenamente de la madre, «el-que-aún-no-ha-acabado-de-nacer», cuyo único yo es un rígido caparazón que lo protege de las temibles pulsiones de su interior, asociadas a lo húmedo, lo amorfo, lo acuoso y lo femenino. Al proyectar su interior hacia el exterior, el fascista percibe el mundo como una masa igualmente informe y blanda a la que debe imponer la rigidez fálica de su yo, ya sea poniéndole paredes al caos o enfrentándole su propio cuerpo en el combate.

De manera siniestra, casi perversa, la lectura de Theweleit, nos revela una primera imagen del sustento psicológico de Degrelle, en su versión del personaje enigmático de Max Aue. Veamos el comentario de Octavi Martí en su artículo “El fascista perfecto”, publicado en El país en abril del 2008:

Es la lógica del imaginario del perfecto fascista, que Degrelle cumple, cómo no, a la perfección. Como también cumple con la idea de que en el fascista todo es seco, duro, turgente, limpio, tieso o rígido frente a la humedad, la blandura, flacidez, suciedad y doblez del universo bolchevique. Los nazis, en Rusia, no son derrotados por un enemigo militar, sino por el barro, la marisma, lo informe […] Los valores masculinos, simbolizados en una necesidad de erección permanente, en un priapismo ideológico, alimentan la prosa de Aue y el imaginario de Aue. De ahí que este último, cuando la tozuda realidad se niega a casar con la imagen que se quiera dar de ella, tenga tantos retortijones y vómitos, lógicos en un cuerpo maltratado por su cabeza.

Asesino perseguido por Las Furias de Arnold Böcklin (1867). Tomada de https://www.moonmagazine.info/las-furias-miguel-del-arco/, consultada el 24 de julio de 2019.

Tras nuestra objeción, señalada analíticamente por Rosa sala Rose en su artículo ya mencionado, en torno a la identificación abusiva del fascismo con el nazismo y la figura del Hombre-soldado, que no sería conveniente tratar aquí, regresamos al pacto de ficcionalidad bajo la idea de “la ‘producción de la realidad’ ligada al lenguaje” (Octavi Martí, El País, ibid.) y los argumentos que la crítica consultada, en parte (Ana Nuño, Letras Libres), no reconoció en Littell. Efectivamente, el paralelo entre Degrelle y Aue inicia desde el sustento biográfico.

Degrelle (1906-1994) era un católico integrista que en 1936 logró colocar 21 diputados rexistas -movimiento populista que él lideraba- al Parlamento belga. Luego, al estallar la guerra, su neutralismo exacerbado le situó del lado de los nazis. Y a continuación, para asegurarse el liderazgo de la extrema derecha belga francófona -con su momento de delirio territorial sobre, entre otras zonas, Luxemburgo, la Lorena y el antiguo ducado de Borgoña, tuvo que enrolarse, primero en la Wehrmacht y luego en las SS [en la Sturmbrigade “Valonia”de las Waffen-SS], para ganarse la confianza de sus nuevos jefes alemanes. En el frente de Rusia sobrevivió a varias batallas, y eso es lo que cuenta Degrelle. No es la veracidad del testimonio -Degrelle mentía como respiraba-, sino el lenguaje utilizado lo que interesó a Littell […]

Littell [en Lo seco y lo húmedo] dedica también unas pocas páginas a la biografía propiamente dicha de Degrelle, un fascista que encontró acomodo en la España franquista, donde le ofrecieron una nueva identidad —la de José de Ramírez Reina, propietario de una gran finca cerca de Málaga, La Carlina, presidida por un torreón bien erecto—, tras su aterrizaje forzoso, el 9 de mayo de 1945, en las aguas de la playa de la Concha, en San Sebastián. Se presentó como heredero de Hitler —aseguraba que el propio führer le trataba como al «hijo que hubiera deseado tener»—, y vivió especulando con un futuro «Nuevo Orden Europeo» del que él sería el jefe. Mientras llegaba el momento, aprovechó de la amistad con Franco —fue condenado a muerte, en rebeldía, por Bélgica— para ocultarse y vivir, primero de lo robado en las joyerías de Bruselas justo antes de la liberación de la ciudad, después de los encargos para su empresa de construcción que le filtraban los jerifaltes franquistas.

El libro La campaña de Rusia fue escrito en España y prohibida su difusión en distintos países europeos. Lo comenzó en el hospital general Mola, de San Sebastián, mientras se reponía de las heridas —éstas sí fueron reales, no como las que contaba de sus batallas en el frente ruso- causadas por el choque de su Heinkel sin gasolina contra las aguas del Cantábrico. Y el libro ha ayudado a Littell a dar credibilidad a Aue, a ese fascista cultivado, mitómano, políglota, homosexual, melómano, asesino e incestuoso, que teme «lo femenino y lo líquido», y que lleva sobre sus espaldas de ficción toda la verdad de Les bienveillantes. (Octavi Martí, El País)

Entre tantos puntos de afinidad, tampoco nos extrañaría el excurso de Littell en Lo seco y lo húmedo sobre la identificación de Degrelle con Tintín, por lo demás promovida por el propio Degrelle. La única inverosimilitud que afectaría el pacto de ficcionalidad sería la forma impropia de pensar en el prototipo del Kulturmensch a partir del modelo afrancesado de Maximilien Aue; deficiencia que, obviamente, el paralelo Degrelle-Aue disipa.

Con Las benévolas, Jonathan Littell cuestiona el tópico del nazi inculto y bárbaro (en el personaje de Aue) como también el asunto de la “vacuidad moral”, que no en todos los casos compete al Hombre-soldado sino que se extiende al simple oficinista por entre los modelos de Adolf Eichmann, Albert Speer, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler. Frente a otras acepciones del nazismo, desde la parte ideológica hasta la versión de una religión cívica de Burleigh, Littell permite la hipótesis del nazismo como “estado del cuerpo”. Por extensión, me atrevería a concluir con una idea que el Romanticismo intentó en términos parecidos. Pensar en la literatura como un “estado de cuerpo” en el que Descartes sucumbe y Spengler resucita.

[1] Universidad Iberoamericana.

 

 

Deja un comentario