Cartas a Mira

…pudimos haber congeniado José Agustín y yo, al igual que congenié con Gustavo Sainz y con Jorge Arturo Ojeda. Pero no: la hermana Hilda que tanto me gustaba —y no sólo a mí, a Juan José Arreola también, según chismorrea el propio José Agustín—…

 

CARTAS A MIRA

Primera

FC

 

México, D.F., a 16 de junio de 2019

La vida me hizo conocerte niña, hermosa, rebelde y dueña de aguda inteligencia. El tiempo que duró mi romance con tu madre —ambos divorciados—, tú y yo nos preferimos, nos quisimos, nos (re)conocimos a fondo. Sé de tu deslumbrante carrera académica, que te casaste, que trabajas, que tienes hijos. En los ocasionales rencuentros con tu madre, bella joven abuela, se ha planteado que cenemos juntos, en tu casa.

Los días, los años, pasan; sin cortar los lazos de nuestro mutuo afecto. Un rencuentro contigo en el edificio del IFE en Tlalpan, así me lo patentizó. De lo que me precio. Eres una de mis hijas virtuales preferidas (admito que, con la real, amada mía, mi “debilidad”, no se produjo entre ustedes un “clic”).

Quiero hablarte, si me permites, de mi vida “literaria”, a la luz de una noticia pesarosa.

Así como tengo doble oriundez, romana (Colonia Roma de la Ciudad de México) y guerrerense (Taxco de Alarcón), soy bi-generacional. Cronológicamente, me adscribo a La Onda, generación de los nacidos en México mientras se despedazaban en Europa, Oriente y África, ententes hijas, más que del Dios Marte, de la Diosa Muerte. El Eje Alemania-Italia-Japón versus Los Aliados. Alianza natural en el caso de Inglaterra y Estados Unidos; forzada con el Ejército Rojo.

Imagino que estos temas te fascinan.

Pero a lo que voy. Si mi adscripción temporal corresponde a la generación de La Onda (etiqueta olorosa a cubículo, logrera, oportunista), la mental, electiva, corresponde sin dubitaciones al Ateneo de la Juventud (y, con sus “asegunes”, de refilón, a la de Medio Siglo, la de Carlos Fuentes y Víctor Flores Olea, entre otras lumbreras).

No me detengo en cómo, y gracias a quién, me descubrí escritor. El caso es que, en mi camada, dos sujetos, cuyos nombres me reservo, me resultaron, si no repugnantes, francamente insoportables; uno, por el contrario, entrañable, Gustavo Sainz, más precozmente erudito que “desmadroso”; y otro, del que quiero hablarte, me declaró la guerra, no obstante circunstancias que debieron aproximarnos. José Agustín.

¿Qué circunstancias? Para empezar, el Estado de Guerrero: si él nació en Acapulco, yo pasé infancia y adolescencia en Taxco, y las anuales vacaciones playeras me hicieron descubrir también, en Acapulco, el Mar (luego vendría el Mar de la Escritura). Después, resulta que su hermana actriz, Hilda, fue mi condiscípula en la Escuela de Arte Teatral del INBA. Y la verdad, nos amistamos, gustamos y a lo mejor, medio enamoramos. En seguida volveré al punto. En tercer término, las notas esenciales de Agustín, también compartidas por Sainz, el ludismo compulsivo, la experimentación venga o no a cuento, la contracultura, el pitorreo dirigido a las Testas Coronadas, las reconozco como mías. Y comparto su lectura osada —justiciera, reparadora— de José Revueltas (décadas antes de su reciente beatificación presidencial de dientes para afuera).

Pero te hablaba de Hilda, Hilda Ramírez, no Hilda Rivera, la madre de mis hijos, mi primer lo que se dice gran amor capitalino. El caso es que entre la Hilda actriz, y yo, se interpusieron: la lealtad “cuateril” y “cuñadil”, de su hermano, al que sería su esposo, el también escritor Gerardo de la Torre, de extracción (clamábase) obrera; y ese batiburrillo ideológico “izquierdoso” del que Agustín nunca se libraría. Yo les parecía burgués “niño bien” y amenazante. Tanto que, en un papelucho, que lamento no haber conservado, y que circuló por la escuela de teatro, fui denunciado si no como enemigo de clase, sí como un sujeto de “ideas cortas y cabellos largos” (y sí, admito, el cabello lo estilaba largo, a la moda, y lo acompañaba con unas patillas que ni Jorge Negrete; tú ya me conocerás con otro corte, aunque no todavía el corte a la “brush”, o “skinhead”, que ahora, por la devastación capilar del tiempo, estilo). Admito que pecaba de arrogancia, distancia hermética. “Mamonería”, pues, disculpando la expresión. Una forma ríspida de ocultar mis perplejidades, dudas, incertidumbres. Hilda, la esposa, no la actriz, acuñará para mí la expresión “Cactus”. Con todo y lo que locamente la amé.

Aunque él nervioso, latoso, medio “ladilla”, pudimos haber congeniado Agustín y yo, al igual que congenié con GS y con Jorge Arturo Ojeda. Pero no: la hermana Hilda que tanto me gustaba —y no sólo a mí, a Juan José Arreola también, según chismorrea el propio José Agustín—; … el cuñado y novelista proletario De la Torre; …la “izquierda”…

Ya pasado el tiempo, José Agustín, que producía programas para un canal de teve cultural, no recuerdo cuál, me invitó para una entrevista sobre Martín Luis Guzmán, uno de mis “Maestros” electivos. Se grabó en el Alcázar del Castillo de Chapultepec. Lo recuerdo con precisión. Como que el canal de marras nunca me pagó lo (com)prometido. Pelillos a la mar…

Te preguntarás, Mira de mis recuerdos caros, a todo esto, si gusto, si “frecuento” como suelo decir, al escritor JA. Sí, siempre lo leí, y leo. Mis retobos a De perfil, no atañen a la forma, experimental, fresca, contracultural, de su arquitectura; sino al pequeño mundo urbano, y mental, en que se despliega (“Laco” Zepeda bromeaba sobre los diferentes territorios de La espiga amotinada y de La Onda: selvas, ríos, bramaderos, sumideros, bosques, montañas en el primer caso; y apenas la Colonia Narvarte, Río de la Plata y Río Nazas, los Sanborns, en el segundo).Y tengo a su crónica cultural-política, Tragicomedia mexicana, por ejemplar, y obligada relectura, un “clásico” de un género histórico-reporteril al que soy adicto. Nada que ver con sus burdas imitaciones, en especial las dañadas de antemano por la Anarco-Gilipollez.

Únicamente le reclamo la escasa autobiografía.

Pero ya me salí de cauce.

Tanto admiro a JA, que me he permitido el gracejo de que Los Tres Grandes de La Onda (Agustín, Sainz, García Saldaña), en realidad son Dos (Agustín y Sainz) que es Uno (José Agustín).

Hilda Ramírez, moriría joven.

Al grano.

Sabes de mi afición profesional por recorrer, “callejear”, la Ciudad de México. Quizá no, que incluso he publicado instrucciones para su “uso” (en los 60’s, de donde somos Agustín y Sainz y yo, nos daba por “pueblear”, y no sólo a la “intelectualidad”, a las familias y las parejas de recién casados asimismo: esos pueblos de los Estados de México y de Morelos, que acabaría por devorar, falsear, conurbanizar, la insaciable Mancha Urbana Macro Metropolitana).

Pues bien, ayer sábado, en mi habitual recorrido sureño, si ando por la capirucha, con paradas en Plaza Loreto (una de mis “oficinas alternas”) y San Ángel, di en el Café Punta del Cielo, con un ejemplar del periódico La Razón, que celebraba el cuarto año de su suplemento “El Cultural”. Y en el suplemento, con JOSÉ AGUSTÍN / EL ETERNO SUBVERSIVO. Notas de Carlos Velázquez y Rogelio Garza, a quienes confieso desconocer.

No me demoro en lo que se afirma (¿en verdad La Onda nace contra el Boom!, sólo eso?), aunque sí en dos episodios que se evocan.

Abril de 2009, Puebla. En un país ayuno de cultura literaria, la que sólo brinda la costumbre cotidiana de leer (dice le-er, no “ler”), y se inocula en casa, JA goza de uno de esos renacimientos que estallan y se esfuman. Comparece cual rock star a un coso musical. Se presenta, lee, es aclamado por millenials que se desenchufan momentáneamente de sus gadgets electrónicos. Al final, lo envuelven, asedian y hacen caer al foso de la orquesta. Brutal caída. Lesión craneal, costillas rotas, lesiones faciales. Sobrevive en un limbo de hospitales y desazón. Lo toma la hidropesía. Recientemente: nueva caída. Se deseca el Mar de la Escritura. Tinieblas.

La lectura de El Cultural me duele, apesadumbra, tiñe de tristeza la jornada paseante y sedente. Bajo esa sombra me asomo a la Iglesia de San Jacinto (mi La Santísima taxqueña), a la muestra de 10 pintores, por demás interesante en esta época de Murales Rectales y Tatuajes Nalgares Profanadores, que mi amigo Héctor Ibarra ha programado en Plaza Loreto, frente al Soumaya (por cierto, oh politóloga, te recomiendo en este Museo, el material de Demetrio Bilbatua, camarógrafo del cénit y orto del PRI, renuente cuando debió transformarse… Premio: PSUM, PRD, PV, PT, PRIANATO, MORENA).

Tomo nota de que, al producirse el accidente, JA, mi coetáneo, ni modo mi paisano guerrerense, escribía una nueva novela, La locura de Dios. Y que su hijo Agustín Ramírez Bermúdez, ha emprendido la novela autobiográfica y serial y electrónica: Memorial de nuestra amnesia. Dirección:

elblogdejoseagustin.blog-spot.com

Me disculpo, Mira, por distraer tus ocupaciones, por esta carta. A la que, sin embargo, seguirán otras dos. En lo que nos reencontramos. La Memoria, que supongo sabe lo que hace, te hizo surgir entre las aguas del tiempo.

Con amor, con saudades.

FC.

 

Continuará mañana.

Deja un comentario