CARTAS A MIRA

 

Veo una profunda crisis de las Humanidades, mi hábitat. Pero acompañada de otra. La de las Ciencias Exactas y Naturales. Mejor dicho, del discurso que, válidos de su capacidad de reproducción social (formación de cuadros, linaje, espíritu de cuerpo), los científicos lograron por décadas imponer en la UNAM, y para cuyo éxito fue fundamental el CONACyT.

CARTAS A MIRA

Segunda

México, D.F., a 24 de junio de 2019

 

Querida Mira:

Ignoro si te llegó, si te impusiste de mi anterior carta electrónica, botella lanzada a la mar. No importa.

Hoy me place hablarte del “político” Curiel. Vaya, de la Política, asunto de tus afanes académicos. Lo incita el despiporre en el que andamos, a fe mía. Pero, como ignoro tu inclinación en las últimas elecciones presidenciales, opto por dejar a un lado el tema de si “vamos o regresamos”. Me limito a mi personal autobiografía con el Poder, y a sus dos escenarios posibles: el Servicio, Fin por Medios Cívicos; o la auto complacencia narcisista, ególatra más bien, traducida en poderío y, las más de las veces, riqueza mal habida. Así de simple, y que M & M, Montesquieu y Marcuse, me perdonen tamaña simpleza.

Me descubro político ya treintón, o casi, y más por apremio de subsistencia que vocacional.

Debatido entre el Teatro, la Literatura y el Derecho, se me iba imponiendo el Derecho.

Estudiante sobresaliente en la Facultad (UNAM), segundo en promedio de mi generación (1962-1966), por desinterés me abstuve de toda participación política estudiantil. Tampoco atendí la invitación del condiscípulo Ignacio Ovalle —político resucitado por AMLO— a afiliarme a los trabajos, a la postre fallidos (¿qué pasos escuchó en su paranoica cabeza Díaz Ordaz?), de la reforma priista que alentaba Carlos Madrazo, y que tenía como adalid del sector juvenil a Rodolfo Echeverría Jr., compañero de Facultad.

A punto de titularme, me pasó de lejos el oprobio (¡otra vez Díaz Ordaz!) de la intervención presidencial en el campus que cobraría, en este orden, las cabezas de César Sepúlveda, extraordinario internacionalista y nuestro Director de la Facultad, y del insigne rector y médico humanista Ignacio Chávez; jugarreta en la que participó Polito, hijo del Gobernador de Sinaloa, nuestro compañero de banca (el hijo, no el padre).

Aunque con alto costo a la postre: expulsión del PRI de la UNAM, papel suplido por la “izquierda” que llegaba para quedarse (cuando al fin nos veamos, te ofreceré mi interpretación del 68, inexplicable sin el 66).

El caso es que ingresé a la Suprema Corte de Justicia para cumplir un perfil esencialmente técnico, en materia penal. Ejecutoria: rastreador de jurisprudencia en el Archivo Judicial de la Federación; Secretario de Actas de la Primera Sala, auxiliar; Secretario de Estudio y Cuenta en dicha sala. ¿Futuro? Juez, Magistrado, Ministro a la postre (en una de esas, lo más seguro).

En el camino me casé; participé en las marchas del 68 aunque más bajo la promesa de Revolucionar la Existencia que el 68 Occidental se proponía; nació Adrián; publiqué mi primera desastrosa novela; escapé a Europa del espeso desquiciado echeverriato (Londres larga estancia, París más corta, España de paso).

Foto: Archivo Histórico de la UNAM-IISUE.

Regresé. Don Luis, todavía, y después, López Portillo. Al que seguirá el enteramente gris grisáceo De la Madrid; al que seguirá el encantador de serpientes Salinas de Gortari (época en que yo entro a vuestra vida, y ustedes a la mía); al que seguirá el México-gabacho Zedillo al que seguirán los rústicos Fox y Calderas… Todos aquejados de lo que llamo “Mal de Insuficiencia presidencial”.

Pero torno al regreso a México… Ya no había dudas: lo mío eran la escritura y su instrumento: el lenguaje. De acuerdo: un escritor reportero, documentalista, historiador; pero escritor, a fin de cuentas. Sólo que había que ganarse la papa. Renuncié a la Corte y Henrique González Casanova (así con H) me abrió las puertas laborales de la UNAM, donde me quedaría hasta el día de hoy.

Entre otras virtudes, “Don Henri” era un formador de cuadros. Y de pronto, me vi arrastrado al corazón de la política universitaria, en medio del conflicto que haría caer al rector, su hermano Pablo, y ascender a Guillermo Soberón —Izquierda fundamentalista, grupuscular, que sacrifica a uno de los suyos.

Con “Soveck” de toda mi admiración, gracias a uno de sus jóvenes y brillantes colaboradores, Diego Valadés, inicio mi fulgurante carrera de político universitario. Que abrevio para no abrumar: Jefe, respectivamente, de los Departamentos de Humanidades y de Radio Universidad; Sub Director y Director General de la Dirección de Difusión Cultural; Director de Radio UNAM; Director de la Revista de la Universidad; Director del Instituto de Investigaciones Filológicas; Director de la Dirección de Divulgación de las Humanidades y de las Ciencias Sociales.

Nada me placería más que participarte en detalle el corpus de escritos sobre tamaña experiencia. Pero me bastaría con tu lectura y comentario del folleto Helicópteros sobre Ciudad Universitaria, y del libro La Universidad en la calle.

Foto: Archivo Histórico de la UNAM-IISUE.

Y no es todo.

Extramuros: Coordinador del Seminario de Creación y Crítica del INBA (con sede en la Capilla Alfonsina, la amistad entrañable de Alicia Reyes y la impecable colaboración de Ignacio Trejo y Josefina Estrada); Agregado Cultural de la Embajada de México en Nicaragua (con el objetivo de un Instituto Cultural que no cuajó, aleccionadoras conversaciones vespertinas con el Embajador Gómez Villanueva, la hostilidad del Ministro de Cultura Ernesto Cardenal, y un Sandinismo ya bajo asedio de Reagan pero lejos (¿o no?) del Neo Somocismo que hoy representa el tirano Daniel Ortega); Sub Delegado de Cultura en la Delegación Venustiano Carranza (en la actualidad, nostalgia novohispana muy Mancera, Alcaldía; de las más enriquecedoras, en zona popular, pachanguera, de las experiencias del “extensionista” Curiel).

Te adelanté mi noción de la Política como Medio de Fines sociales. Así la ejercí, en la UNAM, fundiendo en todo tiempo Docencia-Investigación-Difusión (tríada indisoluble).

¿En qué ando hoy? Te lo confío y pido tu consejo. La praxis política la viví hasta las heces. “Grilla” y “Tenebra”, ritualidad, hipocresía ceremoniosa, golpes bajos, seducción, interminables horas de oficina pero capacitación administrativa, soporíferas reuniones, conflictos de personalidades, burocratismo, celos, susceptibilidades heridas… Y una especie de burlas veras que suelo repetir: “Al igual que a las literarias, a las enemistades políticas hay que cultivarlas con celo”.

Foto: Archivo Histórico de la UNAM-IISUE.

Me he retirado. Pero, lo admito, lo mío, como lo recocí en una de nuestras comidas en el restaurante Rioja a un amigo talentosos sociólogo, es la animalidad política, un grado abajo del ZOON POLITIKON. Instinto, reflejos, “resorteo”, aguda noción del “timing”. Tan natural como adquirido oficio del Poder. Fruto, quizá, de tantos años jugando futbol, empezando por su dimensión teórica: jugar sin pelota, escenarios posibles, ofensivas y repliegues de pizarrón, la potencia del enemigo mudada en fuerza a nuestro favor, disparos letales al arco… Y el haber estudiado la carrera teatral: representación pública (vulgo “tablas”), discurso, noción espacial, análisis de motivaciones obvias y subterráneas.

Foto: Archivo Histórico de la UNAM-IISUE.

¿Qué hacer?

Veo una profunda crisis de las Humanidades, mi hábitat. Pero acompañada de otra. La de las Ciencias Exactas y Naturales. Mejor dicho, del discurso que, válidos de su capacidad de reproducción social (formación de cuadros, linaje, espíritu de cuerpo), los científicos lograron por décadas imponer en la UNAM, y para cuyo éxito fue fundamental el CONACyT. Si al interior del campus inapelable resultó su argumento (con no poco de coerción) de que, sin Ciencia, léase presupuesto, no había Patria —desarrollo, crecimiento, prosperidad—, y de paso pusieron en circulación despectiva lo de “Humanoide” (que yo, si se da la ocasión, replico con “cientifoide”); en el CONACyT acabaron por imperar sus métodos de producción (tan diversos a los de las Humanidades), de gestión y de evaluación.

Añade la pretensión medio acomplejada de algunas de las ciencias sociales humanistas, no todas por fortuna, de considerarse, ¡ay de mí!, “ciencias duras”. La cliometría en Historia, el manejo de tepalcates como matemáticas en la Arqueología…

Pues todo esto hace agua hoy por hoy.

Tengo algunas ideas de cómo aprovechar esta quiebra para un reacomodo de estos dos “saberes”, pares, pero pese a pares, del todo diferentes. Humanidades y Ciencias.

Desde tornar al espíritu de la Escuela Nacional de Altos Estudios de 1910, instauradora de la Investigación, impulso que coronará la todavía avanzada Ley Orgánica de 1945; pasando por la fijación de las Zonas de Encuentro entre las Humanidades y Ciencias Sociales y las Ciencias “duras” (ahí donde estas últimas flaquean, cojean: Indeterminación, Azar, Big Bang, Hoyos Negros…); hasta el activismo digamos “teórico”, en términos de Manifiestos, Proclamas, Propuestas. Camino ya adelantado, en complicidad con tres amigos colegas, con la publicidad de un texto (que he reproducido en camisetas), y que intitulamos LAS HUMANIDADES. RECONOCIMIENTO, ENCOMIO Y DEFENSA. Si me permites, te lo haré llegar.

Foto: Octavio Olvera

Oportunidad política indudable, que oteo en el aire.

Máxime con la confusión entre heridas aún abiertas por los bandos de la Guerra Civil Española (1936-1939), saberes originarios, y franco populismo académico, que embrolla —en época de por si embrollada—, a la actual Directora del CONACyT. De esto, me gustaría que habláramos cuando nos reencontremos.

Besos, abrazos.

FC

Continuará

 

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