CARTAS A MIRA

Tercera

México, D.F., a 7 de julio de 2019

Querida, lo digo, amiga:

A estas alturas ya pasó la Marcha Gay, la Manifestación contra AMLO, la Super Kermese Triunfalista del Zócalo. Y la rebeldía de la Policía Federal que agua, “sala” mejor dicho, el guiso escamocha de la Guardia Nacional.

Pero no es eso de lo que me anima para esta tercera y última misiva.

¿Qué fuego nutre a la Memoria, qué me impulsa a escribirte?

Suelo, es verdad, jugar con ella, con frases como la de que “La Memoria me ha tomado de rehén de mí mismo”, o de “Que hace lo que le da la regalada gana” o de que “Cuando recuerda, le da por recordar cosas que no vienen al caso”.

Foto: Octavio Olvera

Pero el asunto es sumamente serio para mí. Tanto que llevo publicados dos libros autobiográficos —ediciones de autor—, el primero, FC confidencial, incluyendo un ejercicio previo, FC de cuerpo entero, dado a luz por la UNAM en 1991, y el segundo del todo nuevo, Diario taxqueño. Y está por aparecer Contante y sonante (selfies). Selfies de infancia y adolescencia, sobre todo en ese ambiente taxqueño familiar que, niñas, llegaron a conocer tú y tu hermana pequeña.

Foto: Octavio Olvera

El tema me obsede.

Leo sobre el particular, todo lo que encuentro, o busco; fiado de encontrar respuestas. No me detengo, por simples y científicas —cómo opera la Memoria—, en las explicaciones fisiológicas y neurológicas. Lo que me interesa es su misterio. Como el del escribir, el vivir, el sobrevivir, el enamorarse para tarde o temprano desenamorarse (hablo a título personal). Y, claro, están a la mano, Proust y Bergson.

Algo he comprendido.

Para empezar, la Memoria no las tiene todas consigo. La minan, trampean, Steiner dixit, el Olvido y el Lenguaje. Y quizá, añado, cierto auto regodeo. Pero cuando sienta sus tiendas, las sienta.

Foto: Octavio Olvera.

Enrevesada, entretejida, es la trampa del Olvido. Espejo sin imágenes en el que uno se mira al recordar. Olvido, por cierto, involuntario y voluntario. Tendemos, sobre esto último, a borrar franjas, episodios, del pasado; aunque con idéntico efecto que el conseguido por Stalin retocando fotos para eliminar la figura de Trotsky, y que Orwell recogerá en su novela del Big Brother. Todo acaba a la postre por emerger.

Las añagazas del lenguaje se hospedan en su naturaleza anfibológica, proteica. Decir al mismo tiempo esto y lo otro, doble o triple juego. Opacidades, ambigüedades, sobrentendidos, malentendidos. Pájaros nocturnos, los llama Auger.

Lo del auto regodeo de la Memoria descansa en su toma, cosa de la edad, del inconsciente, el consciente, la vigilia, el sueño. Cree competir con el pensamiento, el pensar, que no se da tregua.

Foto: Octavio Olvera

¿Y esto a qué viene, te preguntarás, y en qué parará?

Inquirida Paula, mi hija, en una ocasión, puesto que tengo el grado de Doctor, qué era lo que yo curaba, ella dio una respuesta inmediata, fulgurante: “El pasado”.

La juzgo rayo iluminador entre la espesa oscuridad de opacidades, polisemia, falsas pistas, emboscadas. La Memoria es asimismo acto de la imaginación, sanación, reparación, tiempo virtual re hecho. Torna, la ausencia, presencia. Así, contigo.

Me perdí a la teen-ager intelectual que la niña empollaba, a la estudiosa incisiva de la cosa pública, a la lograda profesional, a la posgraduada.

Cura de tantos años sin sostenido diálogo, la Memoria. Por eso, reparándolos, te escribo.

Esperando rencontrarte, tuyo

FC.

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