José Tomás de Cuéllar: Nuestras cosas, la modernidad pendiente

José Tomás de Cuéllar:

Nuestras cosas, la modernidad pendiente

Por Belem Clark de Lara*

 

Por críticas severas al gobierno de Benito Juárez, José Tomás de Cuéllar se exilió en San Luis Potosí, México, entre 1868 y 1870, año en que retornó a la capital de la República, donde publicó la segunda edición ampliada de su famosa novela Ensalada de pollos. Novela de estos tiempos que corren tomada del carnet de Facundo. No bien asentado en la Ciudad de México, el 8 de noviembre de 1872 fue designado secretario de la Legación Mexicana en Washington D. C., Estados Unidos; una década más tarde, enfermo de malaria y afectado por el clima de la metrópoli estadounidense, renunció a su cargo el 25 de marzo de 1882, para regresar a su lugar de origen, donde se le nombró oficial agregado en la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Al salir rumbo al país del norte, Cuéllar dejaba atrás una nación que llevaba un lustro pretendiendo afianzar su posición hacia la modernidad económica y algunas décadas de intentar construir una identidad ciudadana, sin alcanzar avances importantes. A pesar de la entrada de México a la era moderna, los esfuerzos realizados no habían logrado romper con las estructuras y mentalidades heredadas del pasado colonial. A su retorno, nuestro autor encontró tanto a la ciudad como a sus habitantes en un deterioro y un atraso tan enquistados, que, siguiendo el modelo de intelectual comprometido, adoptó la consigna de construir un nuevo imaginario urbano y configurar un tipo de ciudadano civilizado, según los modelos franceses y anglosajones.

Para difundir sus ideas, “Facundo” –seudónimo del autor–, conocedor de la influencia que los discursos impresos ejercían sobre la sociedad, se incorporó al periódico La Libertad, donde semanalmente trazó su columna “Artículos ligeros sobre asuntos trascendentales”, serie que constó de 88 piezas; la primera de ellas vio la luz el 13 septiembre de 1882 y la última el 16 de marzo de 1884. Desde la trinchera periodística, dedicó sus esfuerzos a perfilar las características de la sociedad mexicana para reformar el salvajismo que la aquejaba; estado que ‒según sus palabras‒ entre nosotros propiamente se llamaba “nuestras cosas; [que] provienen de la dulzura de nuestro clima, de la dulzura de nuestro carácter, de la dulzura de nuestras costumbres y de la dulzura de nuestro sueño; y esta dulcería es precisamente la que nos tiene metidos (a la Capital) en el fango; en virtud de esta dulzura se descascaran las paredes y se crían capas de grasa en las molduras, y se oxida el fierro, y se pierden las piedras y las losas de la calle, y nos suceden una porción de cosas, no precisamente dulces”.

Desde esta mirada Cuéllar planteó que sus escritos tenían “el deseo del mejoramiento social y la reforma en el sistema de enseñanza”, llaves que abrirían el sendero del adelanto social, económico y material de la capital y sus residentes. A sabiendas de que su “predicación habría de vivir sin propaganda”; de que su ejercicio sería estéril y fatigoso; de que no habría de recoger flores ni elogios de la multitud, siguió el consejo que le dieran “personas muy sensatas e ilustradas”, y prosiguió su empresa.

En concordancia con estos objetivos, nuestro autor dirigió su proyecto a la “fracción de personas ilustradas” que podía intervenir en la evolución social, es decir, a quienes representaban “el capital, el comercio, los ferrocarriles, la ciencia y la administración”, así como a la clase media, y con inquebrantable persistencia, los instó a llevar la educación al “resto [de] la masa estacionaria de los indios y de todas las clases inferiores” que, de acuerdo con las creencias de la época, no participaban en la marcha del país. Así afirmaba:

Los agentes principales de ese mejoramiento son el contacto con las clases superiores, el buen ejemplo y la buena reglamentación en todos los actos de la vida pública. Así es como la población de las capitales se hace homogénea, se mejora y se hace culta, porque todo centro civilizado difunde la ilustración en torno suyo, establece el estímulo y engendra la aspiración de las clases inferiores a ingresar en su seno.

Su propuesta consistió en sustituir la representación artística de la realidad que hasta ese momento había imperado en el costumbrismo. En cambio, se preocupó por una estética que hiciera posible la implementación de un nacionalismo que adoptara un nuevo modelo civilizatorio marcado por el cosmopolitismo.

 

Para la composición de este naciente imaginario, tomó como base de su estudio la fisiología; pseudo ciencia que había permitido a los costumbristas ofrecer una explicación del carácter moral del individuo (etopeya), así como de sus atributos físicos (prosopografía). Pero, como ya mencioné, su interés no sólo se enfocó en la elaboración de representaciones pictóricas de los tipos nacionales como medio de preservación, sino en una trascendental reconfiguración de nuestras cosas. Para ello, sustentó su posición en la descripción de la heterogeneidad de seis clases sociales –según su clasificación– que deambulaban por la urbe capitalina, a las cuales quería conducir hacia la hegemonía de una sociedad avanzada, por medio de la educación perfecta, que permitiría resolver el atraso social, cultural y económico del país. El nuevo ideal de conciudadano, el nuevo carácter nacional estaría, entonces, a la altura de los hombres civilizados de otras ciudades.

El antídoto que proponía para el atraso era la educación integral. Planteó la enseñanza de los deberes del hombre respecto a sí mismo y a sus semejantes: el patriotismo y la sabiduría; el conjunto de normas conforme a las exigencias de la moral, de la religión, del deber, del derecho y de la alta cultura; el comportamiento basado en la urbanidad, moralidad y pundonor. Consideraba que el mejoramiento empezaba en lo individual y, desde ahí, se propagaba a un nivel mayor.

De esta suerte, Cuéllar se afanó por alcanzar el nivel de progreso que había observado en nuestro vecino del norte y, dedicado a “reflexionar seriamente y [a] contemplar de cerca el desarrollo y adelanto de otras civilizaciones”, contrastó las condiciones de vida de la capital de la República Mexicana con urbes estadounidenses o europeas, de las cuales solía destacar el desarrollo material y el comportamiento de sus residentes.

En sus “artículos”, Facundo trabajó por la modernidad mexicana que aún estaba en ciernes, por medio de los constantes paralelismos entre la Ciudad de México y las metrópolis consideradas el summum del progreso citadino; comparaciones que demostraron un saldo negativo, evidente entre naciones con economías desiguales y visiones del mundo opuestas.

                                                                       

Así podemos leer, por ejemplo, la comparación entre los usos y las costumbres en la calle, donde nuestro pueblo solía [y suele aún] no respetar el derecho de los otros, ya que era común observar que tanto los transeúntes como los cocheros se convertían en obstáculos en las calles y avenidas; por ejemplo, aquel que se estacionaba por un tiempo en la vía de tránsito obligaba a los que iban y venían a torcer su camino; lo mismo acontecía cuando en una banqueta angosta alguien caminaba por el centro de ella y otros circulaban de tres en fondo enlazados por los brazos, a todos ellos les faltaba derecho, es decir, educación. Mientras en otros centros de población, como la calle de Broadway en Nueva York, donde transitaban muchos miles de personas durante el día, el extranjero podía observar que aquellos millares obedecían, simultáneamente, a una regla, que parecía consigna universal: ceder el lado izquierdo.

A ciento treinta y ocho años de distancia, y pese a los extraordinarios avances alcanzados, si nos detenemos en varias de las críticas lanzadas por Facundo, como la dudosa manipulación de la comida que se vende en las avenidas y los paseos o la imprudente permisividad gubernamental que admite los puestos de todo tipo de mercancías en espacios no apropiados, por sólo mencionar algunas, pareciera que la modernidad continúa pendiente.

 

 

* Seminario de Edición Crítica de Textos, Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México.

 

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