LA UNAM A EXAMEN

LA UNAM A EXAMEN

Fernando Curiel

 

Otro asunto que encuentro en mis apuntes, es el no pocas veces intentado, pero en resumen diferido, diálogo entre las humanidades y las ciencias. Saberes pares pero distintos en sus métodos, mecanismos de producción y formas de evaluación. Sabido se tiene que, no sin tolerancia humanista, la creación del CONACYT respondió a un espejismo. El de que la simple amalgama de ciencia aplicada y desarrollo aparejaría el salto hacia adelante del bienestar.

 

Uno. Después de la publicación colectiva del documento “Las Humanidades. Reconocimiento, encomio y defensa” (13/XVIII/2018); derivado del intento, aún pendiente más allá de la propaganda, de la inclusión del saber humanista en el “nuevo” CONACYT; rato llevo conversando con amigos colegas, de mi veteranía, y amigos en agraz, mis alumnos, sobre la UNAM del momento. Algunos temas cobran especial relevancia. Comparto mis apuntes.

Dos. Se impone, en primera instancia, su tamaño; suma de diversas dimensiones: metropolitana, nacional e incluso internacional; modo afortunado de asumir, reforzar, su condición de origen: republicana. Condición mantenida lo mismo durante su breve lapso porfiriano, que, durante las fases revolucionaria, post revolucionaria y de des instauración (así la califico) de la Revolución Mexicana; y no obstante el desarrollo de universidades estatales, privadas sin fines de lucro o claramente comerciales.

Tres. Si a “marcas” vamos, la de la UNAM, no sólo subsiste, sino que gana en el elemento aspiracional de la sociedad mexicana en su conjunto. Esto sin desdoro del reconocimiento y la colaboración decidida con otros organismos, capitalinos, de los Estados y del exterior (lo que explica su papel en la ANUIES y en la UDUAL).

Cuatro. Aunque saltan puntos inquietantes, en primer término, el de la articulación plena de las tres dimensiones aludidas, al interior y entre sí. Los bachilleratos y las licenciaturas; las licenciaturas y los posgrados; la educación presencial y la educación “en línea”; las cadenas de transmisión entre la docencia, la investigación y la difusión.

Cinco. Terreno, el de la expansión de la UNAM, en el que los avances son frenados por los obstáculos. El tamaño, fruto de impulsos previos, se ofrece paradójicamente insatisfactorio, en particular si se consideran las cuotas de admisión de alumnos. Aspecto por demás problemático.

Seis. Otra cuestión, ya adelantada, tomando en cuenta que docencia, investigación y difusión conforman una indivisible unidad (y que según sostenemos algunos debería continuarse en las tareas administrativas, ejecutivas y de representación), es la de, lo dije ya, las correas de transmisión.

 

Siete. Mientras los afanes docentes reclaman y admiten la formulación colegiada de planes y programas; en la investigación priman los proyectos individuales (o colectivos pero ajenos a directrices); en tanto que no se hace el distingo obligado entre los aspectos intramuros (difusión) y extramuros (extensión). En lo personal, considero que a la planeación de la investigación es aplicable la libertad de expresión de la docencia, y la instancia colegiada clave de la autonomía, al tenor del propósito institucional de atender “las condiciones y problemas nacionales”.

Ocho. Y ya me permití sugerir, que, a estas alturas históricas de su proceso (procesos), quizá cabría la inclusión de la propia UNAM, en el repertorio apremiante de tales condiciones y problemas nacionales. Pero me detengo en la “tercera función”.

Nueve. Si el punto ideal es el equilibrio, conceptual y operativo, entre difusión y extensión (y que ha llevado al reconocimiento de la especificidad de las divulgaciones cultural, científica y humanista); sobre la difusión, junto a la obligada educación estética del universitario, amenaza el asistencialismo complaciente, acrítico y gratuito; en tanto que la extensión enfrenta la voracidad impune, y frente a la que el Estado carece de contraofensivas, de los “mass media” mercantilistas, nuestra verdadera Industria de la Conciencia.

 

Diez. Tarea apremiante de la tercera función, hacia dentro y hacia afuera, es la del reconocimiento, de fondo, no ritual, de sus personalidades señeras. No sólo las obvias como José Vasconcelos. De Antonio Caso y Ezequiel A. Chávez y Pedro Henríquez Ureña, a Henrique González Casanova y Rubén Bonifaz Nuño y Miguel León-Portilla, a modo de también obvio ejemplo.

Once. Otro asunto que encuentro en mis apuntes, es el no pocas veces intentado, pero en resumen diferido, diálogo entre las humanidades y las ciencias. Saberes pares pero distintos en sus métodos, mecanismos de producción y formas de evaluación. Sabido se tiene que, no sin tolerancia humanista, la creación del CONACYT respondió a un espejismo. El de que la simple amalgama de ciencia aplicada y desarrollo aparejaría el salto hacia adelante del bienestar.

Doce. Como está a la luz la quiebra del pacto comunidad científica unameña-CONACYT, por tanto tiempo, uno de sus bastiones, hasta el extremo de imponer, con indudables distorsiones, a la investigación en humanidades (incluidas las ciencias sociales), el canon científico. Llegada es la hora, pensamos algunos, de replantear, bajo el reconocimiento de constituir conocimientos diversos, la pareja “conversación” (como gusta decirse ahora), entre las humanidades clásicas (a partir del núcleo duro formado por la literatura, la filosofía y la historia), los saberes sociales y el cultivo de las ciencias naturales y exactas.

Trece. Es de tal envergadura la crisis de la sociedad y la cultura, del sentido de la ciencia, que se exige un replanteamiento raigal. Aspecto en el que la historia misma de la Universidad Nacional (autónoma a partir de 1929), tiene la facultad y obligación de aducir su propia historia. Episodios como la Escuela Nacional de Altos Estudios, la Ley Orgánica de 1945 y el notable papel de formadora de públicos (lectores, cinematográficos, teatrales, escénicos, incluso ajedrecistas) durante la Revuelta Cultural de los 60’s. Doble tarea de autognosis y autocrítica.

 

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