CARTA DEL MÁS ACÁ AL MÁS ALLÁ PARA MI AMADA ALICIA SIMPÓTICA

CARTA DEL MÁS ACÁ AL MÁS ALLÁ PARA MI AMADA ALICIA SIMPÓTICA

 

Centro Histórico, Ciudad de México, diciembre 17 de 2019

 

Alicia del alma,

amiga, maestra, sibila:

Sí, están oyendo bien los escuchas por debajo de la tarima donde estamos evocándote. Amigos, alumnos, compañeros, colegas, admiradores, lectores… Todos se han congregado para hablar de ti, para recordarte, para hacer recuento y conmemoración, incluso para leerte. Yo he preferido tomar este aforo por locutorio y asumir que sí, que en el Más Allá recibes este mensaje desde el Más Acá simplemente porque nos reunimos en tu nombre. Me valgo, pues, de un acto homérico, de una invocación a los muertos en ritual disposición y actitud, para atraerlos desde el inframundo o, mejor todavía —como nos gustaba pensar a ti y a mí mediando entre los dos una sonrisa cómplice—, para hacer de este plano un inframundo en el instante mismo en el que los muertos acuden al encuentro.

Tú estás allá, en ese Allá del que hablamos incontables veces, con pasión, con avidez, con morbo incluso. Tú estás allá y sabes lo que acá ignoramos y jamás atinaríamos a intuir. No sé qué vaya a seguir después de esta carta-invocación. Podrías tocar mi frente o mi hombro, jalarme un poco el pie mientras duermo, entrar por la puerta de los sueños (la de cuerno, la homérica, la virgiliana, ¿recuerdas? —pero qué digo ¿recuerdas?, si hoy la tienes a la mano y Allá dioses y muertos, que ya son lo mismo [¿verdad, querido Adolfo Castañón?], lo ven y lo saben todo—), enviarme un ave o una flor mensajera, hacerte presente tal y como te recuerdo, abrir un libro frente a mí con un aire de tu espíritu para que lea tales renglones, tales versos…

Hay quien observa y escucha con extrañeza entre el público, como si yo fantaseara un poco o incluso en algo te faltara al respeto. Habrá que hacerle notar que una y otra vez hablamos de ello, que era un tema recurrente y favorito, que esas y otras posibilidades de reencuentro estaban en nuestra lista y que llegamos a hablar de esto, de invocación, si uno de los dos se iba y dejaba al amigo de este lado haciendo lo posible por allegar la voz —homérica, virgilianamente— al otro plano.

No faltará quien diga que en Homero y en Virgilio está estetizado el tópico, que ya estaba presente en la epopeya sumeria del rey Gilgamesh y en la liturgia del libro egipcio de los muertos —obras que, junto con otras tantas, aprendí a leer a tu abrigo y con varios contertulios, para sacarles un encanto inolvidable—, pero yo quiero subrayar la Odisea y la Eneida para imaginar de nuevo tus ojos abiertos y sonrientes por la emoción de sentarnos a leer y comentar en grupo.

Y es esta razón poderosa la que me ha hecho dirigirte la carta, la primera que te hago desde tu partida al otro lado. Te encantaban el sabor y el tono de intimidad y complicidad que hay en la epístola —como a tu abuelo— y por eso la ejecuto, tomándote por sibila que me encamina al recuerdo y buscando encontrar en los oyentes el medio idóneo para revivir tu imagen desde un rasgo particular, el que me hizo calificarte al inicio como simpótica.

“Sí”, decía al empezar la carta, “están oyendo bien los escuchas”, te estoy llamando simpótica y es en lo que me centraré en las líneas que siguen, pues no me equivoqué queriendo decir simpática, cualidad que no habrá en este recinto quien —estoy seguro— lo quiera poner en duda. Así que procedamos en unas cuantas palabras a compartir el sentido y abrir una de las dimensiones de tu recuerdo, que siempre fuiste una maestra deseosa de no dejar dudas y viste con recelo —como yo lo hago ahora— a aquellos intelectuales o estudiosos que se regocijan dejando interrogaciones y mirando bajo el hombro a quienes ignoran cuanto ellos saben o descubren.

Es muy sencilla la palabra, ya que la captamos del viejo griego: ó es el banquete, el lugar donde —como dice un colega de los archivos históricos, el buen maese Ramón Morales— se combebe (porque “aquí nos tocó beber”); en tanto que ó es, dicho de un modo coloquial, el banquetero. El concepto nos llegó gracias a Platón y desde ahí se instaló para todo el porvenir occidental. En rigor era la segunda parte de cualquier convite, concentrada ya, tras los alimentos, en la charla o el entretenimiento. Tú hiciste de estos últimos un sagrado maridaje y todos tus alumnos te recordamos haciendo de la charla un disfrute y haciendo del disfrute una charla.

Toda una poética podría desprenderse del placer inusitado por tejer la plática y en ello encuentro el vórtice de tu vida y, por ende, de tu larga estancia —más de cuatro décadas— en y al frente de la Capilla Alfonsina (que, con todas las de la ley hereditaria en lo genealógico cultural ya apellido Capilla Alicina). No hay casi ángulo de tu presencia y tu trayectoria que no conlleve el pulso y el deleite de la conversación. Más de una vez hablamos de que es ésta el género literario germinal por excelencia y que es ahí donde se ve quién sí posee en serio un don de la palabra. “Ah”, voces más, voces menos, “si tan sólo ese escritor que cree ser genio supiera conversar con propiedad y mínimo estilo”, pensábamos en voz alta, “cuánto en verdad crecería, se consolidaría su escritura…”.

Sospeché, mi Alicia simpótica, por mucho tiempo y esperé tanto más en consultártelo y corroborarlo, que la vena conversacional venía no sólo del abuelo —cómo gozabas contar que te escondías de tus padres bajo la mesa y ante las rodillas de un don Alfonso que encubría a la nieta por dejarla gozar de alguna plática o del silencio del gran creador literario (y entonces yo te relataba que en el Jalisco rural de mi abuelo, don Daniel, yo me colocaba al lado o ante él en el suelo para instalarme en conversaciones de adultos)—; que la vena conversacional, decía líneas atrás, no venía del abuelo solamente, sino del Ateneo de la Juventud. Fuiste en ello y por ello, Alicia, una descendiente directa —el otro es Enrique…—, la última y rezagada ateneísta.

Tus prólogos, presentaciones y conferencias fueron siempre charlas; tus reuniones culturales y académicas, siempre charlas; tu taller, desde luego, la mejor de las charlas, en la cual se tejía y destejía la urdimbre de un sentido humano y una misión de la pluma. Temo decirlo y sonar a alarde, pero lo voy a hacer: estoy seguro de que sé reconocer a un alumno tuyo por cómo conversa. Y es que en cualquiera de ellos se gestó sin duda, se incubó, una impronta ateneísta (unos llevamos taller emanado al Museo Nacional de Arte, otros hacían reuniones y tertulias en casa, Pável Granados montaba en su departamento lecturas de la Ilíada, Mar Beltrán y Rodrigo H. Sandoval han suscitado círculos literarios conversados en Texcoco…). Era un acto casi alquímico —otro de los grandes temas de tus charlas— el que nos convertía en convidados al banquete. Orquestadora simpótica, nos dabas y nos quitabas la palabra, pero antes de que en cada sesión ello ocurriera te encargabas, lectura tras lectura, comentario a comentario, de edificar lo mejor posible los cimientos de un ser que supiera aquilatar lo sabido, lo aprendido, para armar un mínimo discurso y soltarse a defenderlo.

Amaste enormemente que se leyera de modo ateneísta. Al poco tiempo de llegar yo a la Capilla en aquel 1998, nos soltamos litúrgicamente a leer en voces repartidas la Odisea. Me favoreciste, sí, no lo niego, y yo hacía de Odiseo acaso con la ojeriza de más de uno (Carmen Collazo era la discreta Penélope…). Y el ejercicio se repitió con otras obras inmortales. Un regocijo era leer en voz alta, meterse en los personajes, y otro era comentar y descubrir toda una misión literaria por encima de la visión literaria. Nos metías en bretes: uno iba para enfrascarse con o en algo literario y salía contagiado de una militancia que venía del Ateneo (de los Alfonsos, los Enriques, los Pedros…). Para el taller de la Capilla se tejió un discurso interminable que era el de empaparse en la esencia literaria. Así las cosas, el que peor librado salía o iba poco perdía llevándose un mar de honduras.

Pero también amaste el simposio particular, casi íntimo: las comidas con Fernando Curiel —yo afortunadamente inmiscuido— en el Seps de La Condesa, los ambigúes tras presentaciones de libros en la Capilla, las salidas a Cuernavaca para encontrarnos con el amigo Ángel Cuevas en las que no perdonabas la escala en Tres Marías, nuestros cafés viernes a viernes en tu escritorio… Siempre, siempre la bendita charla. Ya hay, en tu memoria y la del abuelo, conversaciones instituidas en cenáculos de La Habana y de Caracas. Y el simposio también se extendió a Niza, hace un año, en un restaurante junto al mar y luego en tu casa en Saint-Jeannet, para después ejecutar el simbólico y entrañable cambio de estafeta con tu hijo Philippe, con quien conversar se convirtió, oficialmente desde la velada de Vence, en un placer y un ritual, como si intuyéramos que pronto te marcharías y debiéramos entonces dejar de ser el hijo y el alumno, sino simplemente los conversadores en plena perennidad.

Alicia simpótica, me dejaste una alta encomienda y es sobre todo la de conversar bien y mejor cada vez. El que lo logra, me lo decías de varios modos, finca en el terreno literario más sólidas pisadas. Una vez te llamé llorando porque mi gran amigo y en aquel entonces suegro Hugo Luis Baz —con quien gozaste conversar también y a quien logramos ver hecho escritor— había muerto. Me dijiste que recordara las palabras del abuelo, de don Alfonso: que Hugo ya estaba en El Banquete.

Ahí estás tú ahora, en la Mesa de Mesas, y cómo te envidio y añoro. Dejaste alta escuela y es que es justamente la que sigues practicando, la conversación de altura, de estilo, de sonoridad. No importa que publiquemos libros, que tengamos talleres, que dirijamos recintos alguna vez, si así sucede; la alta escuela es y será sentarse a la mesa y hacerla vibrar. Estás en El Banquete, Alicia simpótica, Alicia Reyes, y alzo la copa y el vaso al menos para brindar a tu salud, no sin ofrendar para el cierre de esta carta-invocación tu “Transfiguración I”, que es el epicentro trasladado a tu novela más honda, la alquimia que es Fetiche:

 

Transfiguración I

 

Fondo de luz

abierta

abrazo de un minuto

que se pierde entre el polvo

de impaciencia

 

Escarbo con mis uñas

en el campanario

me siento en el halo

de una estrella

bordo en las almas

con mi alma

 

Y aún con la catedral

a cuestas

me esfumo en el vitral

del universo

 

 

Fernando Corona

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