TORREÓN

TORREÓN

Fernando Curiel

 Antecedentes

Conocí Torreón, la circundante cuenca lagunera, en los ochenta del pasado siglo, en momento de bonanza con el emporio LALA de punta de lanza. Me correspondía recoger el premio Literario “José Revueltas” (INBA), cuya deliberación en la Ciudad de México, había causado una pequeña escaramuza entre algunos de los jurados.

El anonimato de los suspirantes, era completo.

El tema con el que contendí, La querella de Martín Luis Guzmán, el formidable narrador y agudo ensayista político, uno de mis dilectos ateneístas; y el estilo elegido, más de aquellos que de estos tiempos; hicieron pensar que se trataba de un concursante añoso, quizá hijo de alguna de las oleadas del exilio español que impuso la derrota republicana de 1939. Alguien, pues, que no tensara a las entonces facciones literarias que se disputaban el poder cultural y, por el camino, las preferencias y favores del Poder-Poder.

Mayúscula sorpresa causó la apertura de la plica, con mi nombre, el de alguien, y me disculpo por decirlo, cuya independencia, humor e irreverencias, lo dejaba mal parado (malquisto, pues) entre los grupos en estado de guerra (armas: sus revistas, rumorología, venenos de sobremesa).

¡Increíble lo que siguió!

Impedidos, los jurados, de echar atrás su propia resolución, que ya constaba en actas, optaron por protestar contra sí mismos, negándose a viajar para asistir a la ceremonia de premiación! Del episodio habló y escribió mi extrañado tocayo Fernando Tola de Habich.

Episodio, el anterior, menor, frente al de uno que me acabo de enterar. El de un colega sacado de la cama para sustituir a un jurado que se excusó a última hora, y así refrendar una premiación, esta sí amañada en el juego te doy-me das, que en los últimos tiempos han salido a la luz en esto de becas, estímulos, preseas, maniobras FONCA y CONACULTA.

 

Contraste

La notable revista Cuartoscuro (número 158, correspondiente a agosto-septiembre de 2019), contiene en su portada, un rostro femenino anónimo, notable por su belleza, expresividad, y por qué no misterio, y procedente de los archivos, milagrosamente salvados, de un estudio fotográfico (existieron, vaya si existieron en toda la República) de la ciudad de Fresnillo. Dueño y “artista de la lente”: Ricardo Sánchez Ortega.

Archivo Ricardo Sánchez Ortega, en Cuartoscuro, número 158, agosto-septiembre de 2019, pp. 51 y 53

Retratada, estudio, fotógrafo y lugar, me impusieron el recuerdo del viaje a Torreón. Ciudad, al igual que Frenillo y tantas otras del Norte del país, que a los chilangos nos suenan, si no extranjeras, sí exóticas.

Pues bien (mal, terrible, mejor dicho), el pasado viernes 10 de enero, en una escuela clase media para arriba, de Torreón, un niño de once años pide permiso a su maestra para ir al baño. Su inusual tardanza, lleva a la mentora a buscarlo. Con lo que se topa es con un asesino disfrazado (pantalón negro, camiseta blanca con la leyenda NATURAL SELECTION), y empuñando dos armas, una 22 y una 40.

El niño transfigurado mata a la profesora, hiere a un profesor y a seis alumnos. Preámbulo del disparo que se descerraja en la cabeza, cobrando su propia vida.

El diluvio de declaraciones, de “autoridades”, políticas y conductuales, abruma, desespera. Humo vil. Que los videojuegos, que la disfuncionalidad familiar (madre recién fallecida, padre ausente), que el “factor” multifactorial. Qué se yo.

Pero el fenómeno sigue intacto: niños asesinados, niños asesinos.

Hasta el siguiente caso.

Deja un comentario