¿Quién soy?

¿Quién soy?

Kazumi Murata

 

Para los que no me conocen, soy hija de japoneses que llegaron a México como expatriados por parte de una empresa japonesa y nací en México, así que soy mexicana por nacimiento, pero no tengo sangre mexicana. Lo más curioso es que, a pesar de que al verme en el espejo me veo oriental, me he sentido más mexicana que japonesa. Hablé japonés en casa desde pequeña y estudié en la sección mexicana del Liceo Mexicano Japonés hasta primero de secundaria, donde masticábamos un poco de japonés al día. Nunca tuve problemas para una comunicación verbal cotidiana en japonés. No puedo decir lo mismo en cuanto a la escritura y la lectura. Leo un 60% y escribo sólo un 30% (a lo mucho). Mi interacción con la cultura japonesa fue, en realidad, pobre: lo que llegaban a hacer mis papás en casa como los festejos de año nuevo, los festivales en la escuela y mi viaje cada tercer año a Japón que me invitaba mi papá, beca que se terminó en cuanto salí de la universidad y entré a trabajar. También fue muy poca la relación que yo establecí con la comunidad japonesa. Y perdí gran parte de esa poca relación cuando en segundo de secundaria me cambié a una escuela mexicana.

Año nuevo en México

Año nuevo en Japón

Me casé con un mexicano hace más de 18 años y desde ese momento mi cerebro hizo un cambio de programación y mi mente comenzó a pensar más en español. De vez en vez, cuando veía a mis papás, practicaba mi japonés. Mi papá falleció hace casi 15 años y mi mamá se fue hace casi 10, lo que provocó que ya no tuviera con quién hablar japonés, así, mi mente dejó de pensar por completo en japonés. Cuando de repente tenía oportunidad de hablar japonés, notaba claramente, cómo me trababa, cómo las palabras no venían a mi mente con fluidez y me sentía torpe. Así pasó el tiempo y después de 10 años, en noviembre de 2019 viajé a Japón.

Llegué a Japón sin un objetivo claro de mi parte, mientras que Antonio, mi esposo, lo tenía clarísimo: él quería bucear en Yonaguni, la isla más remota al suroeste de Japón, que está más cerca de Taiwán que de la isla principal de Japón. Lugar al que no pudimos llegar por múltiples motivos, entre ellos, que un tifón se formó en las Filipinas y se dirigía directo hacia Ishigaki, la isla anterior a Yonaguni y hasta donde pudimos llegar en esta ocasión.

Yo estaba un poco cansada, porque acababa de entregar la tesina y los reportes de las prácticas de consulta para poder certificarme como consultora en Semiología de la Vida Cotidiana y la verdad es que ni tiempo me dio para pensar o emocionarme demasiado por el viaje.

Buceando en Ishigaki

Volamos directo desde México al aeropuerto de Narita y teníamos menos de dos horas para abordar el siguiente avión que nos llevaría a Okinawa, por lo que subimos a un camión que nos llevaría a otra terminal. Fue en ese camión que me cayó el veinte de que estaba en Japón y empecé a llorar. Me conmovió escuchar a la chofer hablar en japonés, ver los carteles en japonés y oler ese olor tan peculiar y familiar que tiene Japón; y fue sólo hasta ese momento que me di cuenta de que estaba en el país de mis padres, para reconciliarme con mi parte japonesa y le di las gracias a Antonio por esta oportunidad.

Aunque nunca negué abiertamente mi parte japonesa, tampoco la incorporé en mi vida (sí, efectivamente es una manera de negar, pero no me di cuenta de eso hasta este viaje) a tal grado que no les enseñé japonés a mis hijos. Lo único japonés que ha estado presente, y no diario, ha sido la comida y desde que mi mamá murió, se redujo considerablemente tanto la cantidad como la variedad y la frecuencia de consumo. Aunque el boom de la comida japonesa en México ha sido espectacular, aún hay muchísimas cosas que no se pueden conseguir aquí y que mi mamá se las ingeniaba para que las pudiéramos disfrutar en México. Según yo, me había desapegado de esas delicias junto con su muerte y me había sentido orgullosa de tal hazaña. Pero en este viaje me hice consciente de que no fue una aceptación genuina de las pérdidas, sino simplemente una resignación pasiva, y no únicamente de la comida, sino de otras muchas cosas: música, programas, revistas y libros (sobre todo de los manga, los comics japoneses, de los que soy fan) y de las muchas chingaderitas increíbles que inventan los japoneses. Esta epifanía hizo que disfrutara cada momento: cada bocado, cada sonido, cada olor, cada palabra, cada costumbre, cada color, cada textura, cada calle… Todo, todo en este viaje fue mágico, desde lo más trivial hasta lo más espiritual.

Carne asada Kinjo Beef

Una de las cosas más asombrosas fue que, arribamos a Japón a las 6:00 a.m. Para el medio día, mi cerebro empezó a acoplarse al japonés y para el siguiente día, mi mente estaba totalmente “japonizada”, a tal grado que soñaba en japonés. Y todo esto permitió que floreciera la parte japonesa de Kazumi, tanto que los mismos japoneses no notaban alguna diferencia.

Con el team de Prime Scuba Center Ishigaki

Estábamos viendo la tele en el hotel (más bien yo estaba, porque Antonio no entendía nada) y en las noticias hablaron acerca de un conflicto histórico, político, económico entre Corea del Sur y Japón, lo que estaba provocando un boicot de los surcoreanos hacia los productos japoneses. Y Kazumi la japonesa empezó a emitir juicios negativos hacia los surcoreanos. Me percaté de ello y me detuve a pensar porqué ahora ya me siento tan japonesa y me doy permiso para juzgar a otros por un conflicto que no me atañe y con quienes en lo personal, no tengo ningún problema.

Cuando empecé a tener mis dudas existenciales en la adolescencia, una pregunta recurrente fue sin duda ¿por qué soy una japonesa nacida en México? ¿Por qué simplemente no nací mexicana en México, y ya? En el ínter saqué mis vagas conclusiones, pero este tema Corea del Sur-Japón, me hizo reflexionar algo importante: me he sentido mexicana sin tener sangre mexicana y he recuperado una parte de mi identidad japonesa. Ser mexicana y japonesa al mismo tiempo es un privilegio, disfruto de ambas culturas al igual y tengo el doble de motivos por los que sentirme orgullosa. Si utilizo esta identidad (o identidades en mi afortunado caso) para ser mejor persona, para aportar, sumar e incluir, es una bendición.  Pero si la utilizo para separar, discriminar, minimizar, burlarme de otros por fronteras (trazadas por el hombre y que cambian constantemente), por religiones (que son más bien designadas geográficamente por el lugar donde a uno le tocó nacer), idiomas, razas o nacionalidades, entonces no me hace mejor persona, por lo tanto, no me sirve, no la quiero. En esencia, todos somos seres humanos.

Japón en 2019

Mi maestro, el Dr. Alfonso Ruiz Soto, me enseñó sobre “el sabor de mi mismidad” (Asignatura 9, Colegio de Consultores y Comunicadores en Semiología de la Vida Cotidiana).  Es aquello que hace que siempre sepa que yo soy yo. Te puedes cortar el pelo, pintártelo de otro color, moldear tu cara o tu cuerpo con cirugías plásticas, o haber perdido algún brazo por un accidente, cambiando un tanto tu imagen exterior. Sin embargo, en esencia, sabes que sigues siendo tú.

Cierra los ojos, pon atención y percibe “el sabor de tu mismidad”, ¿qué ves? ¿qué sientes?

Gracias a este significativo viaje, en el que fusioné México y Japón en mi persona, los cuestionamientos y las epifanías que obtuve, ahora, cuando yo percibo “el sabor de mi mismidad”, curiosamente ya no importa si soy mexicana o si soy japonesa, simplemente SOY y esa YO, es la que me gustaría compartir siempre contigo.

 

8 pensamientos

  1. Mi querida Kazumi, esa simpleza al contar algo, me encanta! Es claro y conciso saborear tus vivencias, que se vuelven en experiencias para mí, al vivirlas contigo. Gracias por dejarme sumergirme y ser parte de tu Ser, nos volvemos Uno, y así, poder saber, que la experiencia de uno, puede nutrir a lodos los demás. Con Cariño, Johan, soy con pañerita del colegio de Semiología y gran admiradora tuya. Felicidades por escribir parte de ti misma!

  2. Querida kaz. Me encanto tu artículo, en varias ocasiones me enchino la piel y en todo ello aprendí mucho de ti y de tu mismísidad, de la que he tenido la fortuna de conocer y experimentar desde hace varios años; eres un ser humano extraordinario del que no solo aprendo sino con quien disfruto mucho convivir, en mi vida has sido un parteaguas, un alma compañera que siempre me ha aportado mucho, hemos recorrido un camino de autoconocimiento juntas, en la búsqueda de ser mejores
    Seres humanos y evolucionar hacia lo sagrado, cada una con sus propios caminos compartidos. Hoy que te leí, me
    Hiciste recordar mucho de lo que, junto con otras tres almas amigas, hemos logrado avanzar.

    Te quiero un montón kaz, gracias por ser parte de mi vida y por ser una maravillosa amiga.

  3. Me encanto !!! Soy mexicana pero soy norteña y aunque el pasaporte no cambia los sentimientos a veces si … te mando un abrazo !!!

  4. Kat hermosa. Me fascino tu reflexion. Es muy dificil asumir que yo soy yo!!! Pero lo expresaste muy bien.
    A ti te toco la fusion de 2 culturas muy diferentes, y al asumirlas haz logrado ser una chica muy especial.
    Una katzumi mexico- japonesa genial. Lo unico triste es que tus niños no saben hablar japones, pero nunca es tarde para aprender. Un gran abraxo para cada uno.

  5. Kazumi!!! Me
    Encanto!! Gracias 😃😘 x compartir siempre te recuerdo con mucho cariño lamento la pérdida de tus papás te mando un abrazo y espero seguir disfrutando de tus artículos 😍😘😃🤩
    Blanca Villarreal

  6. Felicidades Kazumi por tu escrito me mantuvo atenta y atraída hasta el último punto. Me hiciste viajar hasta Japón y sentirme orgullosa de mi identidad. Que sean muchos éxitos más a tu vida. Te quiero , te admiro y siempre así será. Será un placer compartirlo.

  7. Estuve en el festejo de los 60años de karayedo en México, en el cual hizo mención de la labor de su padre, le leo y siento nostalgia porque nosotros los «mexicanos» olvidamos la mayor parte del tiempo amar nuestra identidad..
    Gracias por compartir.

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