Salud dental

Salud dental

Elena Escalante Ruíz

I

Eran casi las siete de la noche cuando llegué, por recomendación de un amigo, al consultorio del doctor Vladovici. Estaba empapado. Había sido sorprendido por la lluvia y apenas me anuncié con la recepcionista, pasé mis manos por el rostro tratando de secarlo un poco.  La mujer no pareció inmutarse sobre mi estado: murmuró algo y con un ademán brusco señaló la sala de espera. Su falta de cortesía me hizo sentir incómodo. Pensé que por lo menos podría haberme ofrecido una toalla. Tenía el cuello de la camisa mojado y sentía las manos pegajosas.

La sala de espera era pequeña. Además del sillón, había una mesita muy baja sobre la cual no había revistas, sino un solo libro que hojeé distraído: eran relatos de un tal H. Quiroga. Minutos después, en un intento por familiarizarme con el lugar, advertí las fotografías de primitivos instrumentos dentales que decoraban las paredes. Quise acercarme para verlas mejor, pero el mutismo y la mirada severa de la recepcionista, que me ordenó pasar al consultorio de Vladovici, me cohibieron.

El doctor me hizo varias preguntas respecto a mis hábitos dentales: “Frecuencia del cepillado, predilección de pasta dental… etcétera.  En seguida me hizo pasar a un pequeño cubículo y comenzó a revisarme. Mientras escuchaba a Vladovici contabilizar mis piezas dentales, noté que estaba recostado sobre una antigua silla de barbero, cosa que me sorprendió dada su comodidad. El resto del mobiliario era blanco y parecía de primer nivel; aunque de esto no estoy seguro, pues no soy experto en mobiliario dental.

Foto: Antonio Sierra

II

Al día siguiente llegué un poco antes de la hora de mi cita y decidí observar con calma las fotografías de instrumentos dentales que no pude ver en detalle el día anterior. La simbiosis del reflejo de mis anteojos con el vidrio de una de las imágenes creaba un pez; y, cuando yo movía la mirada, el pez se movía también, ya de manera horizontal o vertical, pero siempre dentro de los bordes de la imagen: el descubrimiento óptico me hizo mucha gracia. Jugando con el pez sentí la mirada fría de la recepcionista a quien, estoy seguro, incomodaba mi presencia. Aún faltaban unos minutos para mi cita. Entonces me senté dispuesto a leer algún relato del librito de Quiroga en espera de mi turno.

En esa segunda cita el doctor Vladovici me explicó que padecía una enfermedad muy común entre personas de mi edad. Debía tratarse lo antes posible, pues corría el riesgo de perder algunas piezas dentales.

–No sentirá ninguna molestia–aseguró.

Confieso que el diagnóstico me tomó por sorpresa, pues siempre gocé de excelente salud dental. Posteriormente, Vladovici me pidió firmar una carta en la cual me comprometía a seguir un tratamiento muy costoso. En esos momentos pensé que valía la pena el gasto y firmé gustoso.

Bajo la enceguecedora luz de la lámpara, permanecí atento escuchando los movimientos taimados del doctor, preparándose para iniciar el tratamiento. Esto le llevó varios minutos. Enseguida sentí un piquete en la encía y comencé a sentir calor. Entrecerré los ojos y, poco a poco, el mundo fue perdiendo precisión.

Cuando desperté escuché que llovía y, por un instante, pensé que estaba en mi casa. Desorientado y con una desagradable resequedad de garganta, pregunté al doctor la hora: me había quedado dormido durante todo el procedimiento. Esto me desconcertó. Pensé que quizá estaba mucho más cansado de lo usual. A pesar del tiempo transcurrido, noté que en el interior de mi boca no había sucedido nada. Entonces pregunté al doctor en qué consistía el tratamiento.

–Todavía no comenzamos el tratamiento propiamente –me dijo–. Primero debo limpiar cada una de sus piezas dentales con sumo cuidado. Esto lleva un promedio de tres semanas a un mes, pues algunas veces se requieren varias sesiones en una sola pieza.

III

Unos días después, mientras ojeaba el libro que había sobre la mesita en espera de mi turno, advertí unas puertas que seguramente daban a otros cubículos de consulta. En ellos imaginé a otros pacientes esperando al doctor pero, hasta ese momento, no había visto a ninguna otra persona en el consultorio. Esto me pareció extrañó, pero enseguida supuse que la personalidad rigurosa del doctor lo volvía muy puntual.

Aquel día, intentando entablar conversación, pregunté al doctor cuánto tiempo tomaría el procedimiento, pero se levantó sin decir palabra y segundos después escuché que cruzaba una de las puertas. Lo esperé largo rato mientras escuchaba, involuntariamente, un cuchicheo que venía del mismo lugar. No quise interrumpir algún asunto urgente que el doctor estuviera atendiendo y, aunque su actitud me pareció impropia, no le reproché nada a su regreso: pensé que era mala idea alterarlo justo antes de iniciar el procedimiento: nuevamente esto le tomó varios minutos.

Al despertar me sorprendió notar que ya había oscurecido: vi el reloj y pasaban de las nueve de la noche. En la ventana llovía y, a lo lejos, brillaba el espectacular de una óptica: “Vea el mundo como en realidad es. Había perdido demasiado tiempo esperando al doctor y quería irme de ahí cuanto antes; pero con una breve señal, el doctor me indicó que pasara a una oficina que hasta entonces yo no había visto.

Sentado al otro extremo del escritorio, Vladovici sacó un pañuelo de un cajoncito y muy lentamente comenzó a limpiar sus lentes. Yo permanecí inmóvil esperando escuchar algo importante relacionado con mi salud dental:

–No comprendo su urgencia por irse. Le suplico que piense si quiere continuar con el tratamiento. Puedo decirle que no me parece aconsejable detenerlo en esta etapa debido a las pésimas condiciones de sus piezas dentales, en especial de los caninos superiores. –hizo una pausa y continuó –. Admito que el avance es lento, pero debe tener paciencia, de lo contrario, le aseguro, no verá resultados favorables.

Me sentí muy avergonzado por mi falta de tacto, a tal grado que comencé a pedir disculpas sin poder cerrar la boca. Luego intenté explicar al doctor que no pensaba suspender el tratamiento pero, a pesar de mis esfuerzos, de mi boca sólo salieron incoherencias.

Foto: Antonio Sierra

IV

Conforme las semanas pasaron me fui sintiendo deprimido. No sabía desde cuándo se había gestado mi cambio de humor: había perdido el apetito y tenía intensos dolores en las extremidades, por no mencionar otros penosos detalles. Tampoco comprendía por qué, a pesar de mi determinación por no quedarme dormido durante las sesiones, lo hiciera. Un día le pregunté al doctor si esto era común entre sus pacientes, pero de inmediato sentí su intención de eludir el tema. Su actitud me desconcertó de tal forma, que terminé culpándome a mí mismo por preguntar semejante bobería. Entonces comprendí que, desde el momento en que escuché mi diagnóstico en boca del doctor, me sentí sometido a sus deseos, preocupado por lo que él pudiera pensar de mí. Esto me dejó muy intranquilo.

Días más tarde, sentado en la antigua silla de barbero en espera del doctor, sentí un intenso olor a desinfectante que me provocó nauseas. Asocié el olor con una sensación muy desagradable, sin comprender el por qué, pues no tenía ningún recuerdo que justificara esta idea. De manera simultánea, escuché unas voces que venían de otro cubículo y que, por momentos, se convertían en risas. Entonces tuve la impresión de ser observado y pensé que las “Voces” se burlaban de mí. Comencé a sospechar que Vladovici ejercía una especie de fuerza hipnótica sobre sus pacientes. Y caí en la cuenta de que había olvidado el nombre del amigo que me recomendó a Vladovici. En realidad, admití, no era mi amigo, sino un personaje extraño con el que tuve una conversación por demás absurda, a la salida de un cine, y cuyo rostro no podía recordar: la única imagen que me vino a la mente era la de un papelito verdoso y arrugado con el número telefónico del dentista. En ese instante entró Vladovici. Mi angustia era indescriptible y por costumbre, o porque no supe qué hacer, me recosté en el sillón. Posando cuidadosamente su mano derecha en la parte baja de mi cuello, Vladovici preguntó si estaba satisfecho con el tratamiento. Entonces intenté incorporarme para salir de ahí lo antes posible, pero de pronto sus ojos se abrieron como si hubiera escuchado mis pensamientos. Estaba aterrado. Entonces di un salto y lo tiré al piso.

V

Desperté en el hospital. La única imagen que conservo de lo sucedido después, es de la recepcionista corriendo hacia mí con un pesado libro y, como si fuera un bicho, dejarlo caer sobre mi cabeza.

A pesar del escepticismo de familiares y amigos, sé muy bien que sigo en peligro: ayer, siguiendo las órdenes de mi médico, caminaba por los pasillos de la clínica cuando, de pronto, como un rayo enceguecedor, llegó a mí el horrible olor a desinfectante del consultorio del doctor Vladovici.

Foto: Antonio Sierra

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