REDOMADO ANARCOGILIPOLLAS

REDOMADO ANARCOGILIPOLLAS

Fernando Curiel

 

La última comparecencia pública de Pánfilo Tamariz, en un coso académico del Estado de México, dejó un acre sabor a cascajo y daños materiales por medio millón de pesos. Invitado, por error, por los despistados organizadores del ciclo QUÉ O QUÉ CON LOS QUE ESTÁN PERO NO SON, Panf llegó tarde al lugar de la cita; conducía una moto Vespa, luciendo un multicolor capuchón andino cuyas orejeras, qué duda cabe, hizo bailotear el viento de la Super a Toluca, y bajo el capuchón andino un casco negro. Únicamente entonces, al verlo, quitándose capuchón y casco, le cayó el veinte al fisiólogo Ido Jiménez, promotor del encuentro.

Una semana atrás, había pedido a su secretaría, que lo comunicara a la Redacción de la revista La Pucha, con Rigo Quero, El Poeta Roquero, para invitarlo a la mesa inaugural; Panf, cuya divisa es partirle la madre al Sistema, pero oportunista hasta la médula, colaborador con un solo lector, él mismo, de La Pucha, tomó la llamada y se hizo pasar por Rigo Quero, y prometió no faltar lloviera o tronara (lo cierto es que en su fuero interno mentaba madres; no cabía dudas que la Educación Superior del País lo seguía ninguneando no obstante sus chorrocientas novelas para retrasados mentales y su labor frente a la Enciclopedia del Chamoy, empresa destinada al rescate de la “cultura del estanquillo”; ¿por qué invitaban a Rigo Quero y no a Pánfilo Tamariz?, se preguntó sulfuroso, ¡pero ya la pagarían!).

Lo cierto es que sus compañeros de mesa redonda (pero rectangular), que esperaban compartirla con El Poeta Roquero, tan a todo dar, y no, ¡jamás!, con Pánfilo Tamariz, pelaron tamaños al verlo entrar cual empellón despojándose de sus prendas superiores al Auditorio Enrique Peña Nieto, sentarse sin saludar, lucir su cabeza de marro, ajustarse las antiparras fondo de botella, y empuñar las manos.

Sin aguardar a que el fisiólogo Ido Jiménez, azorado moderador, concluyera las aburridas presentaciones rituales, no por sacadas de onda menos zalameras en su caso, Panf, último en la lista de cuatro ponentes, se apoderó sin más del micrófono y empezó a aporrear ¡la actual distribución de consonantes en la burocracia cultural patria!

Su energía sólo podía compararse con la desplegada en su infancia napolitana, Colonia Nápoles separada durante decenios de la Colonia del Valle por un parque floresta, el “Parque de la Lama”, que será sustituido a la mala por el edificio del World Trade Center y su pegote grandilocuente, el Polyforum Cultural Siqueiros.

Infancia napolitana. Cuando, pantalones cortos y calcetas, cabezota que apenas se sostenía en su lugar, arrasaba el hogar materno (digo materno porque el padre, escritor de no mala fama, le tenía pavor, huía a las primeras de cambio), volcando floreros, destrozando la loza traída no sin grandes esfuerzos desde la oriunda Cataluña, destripando colchones culpables de arrullar sueños burgueses, mordisqueando los libros (sólo más tarde descubrió que se leían) atravesando puertas cerradas y cancelerías de piedra-roca (una ceguera prematura le impedía descubrir a tiempo tales obstáculos), pintarrajeando consignas revolucionarias en los trajes de papi y los vestidos de gala de mami (¡a ver, bórrale! “¡No pasarán!” a la solapa de tus Harris Twed, Duncan & Co, o “¡Uno, dos, tres Vietnams!” alrededor de un escote pronunciado a la espalda de un diseño Cristian Dior!)…

Tamariz, rojo de rabia, adujo en su comparecencia mexiquense que tenía pruebas de que los funcionarios culturales “de muy poca madre”, se reservaba, para sus odiosos “memos”, sus acuerdos, sus reuniones de disque trabajo, sus encerronas de “staff”, sus conversaciones por la “red”, sus correos electrónicos y whatsapps, las consonantes más jugosas, las de mayor contenido sígnico. Puso ejemplos babeando de indignación: las eñes, las tes, las dobleús, ¡las zetas!”. El coraje le pintó dos chapetas en su tez blanco lechosa. ¡Se quedan con las ches, las y griegas!, “las zetas”, ¡las zetas bastantes para alimentar al pueblo!

Dicho lo anterior, corrijo, denunciado lo anterior, Panf brincó de la silla, púsose de pie y dio dos testarazos a la pared del fondo, sobre la que colgaba la foto copetuda del Lic. Peña Nieto. Alzóse en consecuencia una nube de polvo y nano cascajos que impedían ver el ir y venir de esa formidable extremidad que los malquerientes de Pánfilo Tamariz comparan con su prosa narrativa: cuadrada, pelma.

Engolosinado, corrijo otra vez, embalado, Panf siguió embistiendo contra las paredes restantes, las columnas; una brutal cabezada a la mesa, que la partió en dos, ahuyentó despavoridos a sus colegas, quienes juraron no participar en adelante en acto cultural alguno si sus organizadores no les comprobaban antes, con acta de Notario o Agente del Ministerio Público, que Panf se hallaba fuera de la República Mexicana, en las Islas Fidji, por ejemplo.

Cuentan que la tos colectiva, sumada al vuelo de los pedruscos que lo mismo reventaban los cristales de las ventanas del auditorio que descalabraban a los azorados asistentes, obligaron al fisiólogo Ido Jiménez a dar por concluido el acto. Gesto crepuscular si se toma en cuenta la desaparición de los invitados y que la mesa para la redonda, pero cuadrangular reunión, yacía partida en dos.

Sábese que, resoplante, sudoroso, todo chichones, Pánfilo Tamariz exclamó “¡Cataluña Independiente!”, antes de encasquetarse el casco negro y, sobre el casco la capucha andina, salió al estacionamiento, montó en su vespa y desapareció tragado por una esquina, no sin dirigir al edificio a medio demoler un par de mentadas de madre.

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