GEORGE STEINER

GEORGE STEINER

Por Fernando Curiel

 Uno. El pasado año, bajo el sello del Instituto de Investigaciones Filológicas (UNAM), publiqué Salvador Novo conoce el mar y otros ensayos. El dedicado a Novo en evocación de su libro Return ticket, crónica de su viaje a Hawai, en comisión oficial por parte de la SEP (la de aquellos años). Entre los “otros ensayos”, destaco la lectura, personal, turbulenta, de uno de los más agudos y temibles trabajos del humanista George Steiner, quien falleciera días atrás. Aludo a Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.

 

 Dos. Si Return ticket expresa el poderío moderno, juguetón, tempranamente erudito de su autor, y data el origen de una frase con gran cartel en los 60’s, “Tengo 28 años y no conozco el mar”; el de Steiner se adentra en las causas que colman el acto de pensar de dolor, duelo, melancolía, culpa. Si bien no deja de traslucir expectativas de redención a las qué aferrarse como a un clavo ardiente. Una de ellas, que el pensar se codea, corrijo, se hermana, con la acción. Si no, ¿por qué, para qué pensar?

Tres. Pongo un ejemplo, motivado por los trances por los que atraviesa la UNAM estos comienzos de un año que se exhibe dificultoso (en el campus, en la polis, en la nación). Trances de buena y de mala ley. Si en el formidable proyecto de apertura de una Universidad Nacional no hubiera ocupado lugar principalísimo el futuro, ¿para qué pensarla pese a restricciones presupuestales, la evidencia incontestable de una Escuela Nacional Preparatoria y de Escuelas Profesionales (Medicina, Ingeniería. Jurisprudencia, etcétera) ya funcionando, el credo porfiriano de “mucha administración y poca política”?

Cuatro. Piedra de toque: la Escuela Nacional de Altos Estudios, mera entelequia, sin instalaciones, alumnado y profesorado, pero dispuesta a lo por venir. La ENAE impulsará la investigación, el posgrado y una especie de Normal Universitaria; encontrará acomodo; los miembros del Ateneo de la Juventud se harán sus docentes; y entre el alumnado, se contarán dos generaciones esenciales de la Nueva Época (la de la hechura del Estado Revolucionario): la de 1915 y la de Contemporáneos.

Cinco. Como escuché aclarar, precisar, a Celia Chávez en la inauguración de la Librería bautizada con el nombre de su cónyuge, Jaime García Terrés, el quid no radica en los dineros sino en las ideas. Ideas, me permito complementar, acicate de la acción. No concibo al equipo de la Dirección General de Difusión Cultural de los 50’s y los 60´s, tan influyente en la vida universitaria como para ocupar el décimo piso de la Rectoría, limitándose a “teorizar” sobre la tercera función de la UNAM. Esa formación de públicos que, en los hechos, tanto contribuyera a la Revuelta Cultural capitalina.

Seis. Torno a Steiner. A sus contribuciones; al cultivo de la tradición grecolatina; a la “fusión” (diría un jazzista o un cocinero nueva onda), incansable, de Literatura, Filosofía e Historia; a su fallecimiento. De lamentar será su ausencia en dos planos. El universal que ha roído hasta sus huesos al Humanismo, bajo las promesas de pensamiento “duro” científico, estructuralismos y posmodernidades; y el local mexicano que se debate por el lugar de las Humanidades, no sólo en el rótulo, sino en la substancia de un neo CONACYT.

Siete. Sustituto del que incurriera en la añagaza de un vínculo causalista entre ciencia aplicada, tecnología y desarrollo; puerta al bienestar general. Y ya se sabe en los malos pasos que andamos sobre el particular. Tan mal, que la redención se quiere exclusiva y excluyente Política de Estado.

Ocho. Aunque a regañadientes, se ha aceptado ya, la distorsión que el primer CONCACYT causó en los dos saberes, pares pero distintos (criterios, sistemas de producción, evaluación), de las humanidades y de las ciencias; la merma en el aprecio social de las Humanidades; el “empoderamiento” (¡vaya palabrita!) del canon científico; el apremio del diálogo humanista-científico en esas zonas dónde la exactitud y lo apodíctico, trastabillan (azar, incertidumbre, “hoyos negros”). ¿Pero qué viene, que demontres hacer?

Nueve. Aquí, a fe mía, es donde la obra y el legado de Steiner se alzan faros fulgurantes.

Diez. Cosa de detenerse, leer o releer (no dice “ler”). Y me atrevo a decir que la glosa steineriana cumple con su función de vulgata, está bien plasmada en la parte que le corresponde de Novo conoce el mar y otros ensayos. Pensar, sufrir, para hacer. Anímese usted.

 

 

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