Dos vidas femeninas rotas

Dos vidas femeninas rotas

Fernando Curiel

 

Uno. En la selva mexicana, y en sus travesías, tuve el privilegio de conocer dos actrices de singular belleza, misterio innato y consumados fulgores cinematográficos y teatrales. Pina Pellicer y Rita Macedo. Ambas suicidas.

 Dos. A Pina en el alborozo municipal de la filmación, en Taxco y en las Grutas de Cacahuamilpa, de Macario, año de tantos. Conjunción de mitos. El tema, Bruno Traven, Esperanza López Mateos (a la que se atribuían su verdadera personalidad o, a lo menos, sus traducciones), un momento de esplendor mexicano en los certámenes internacionales.

 Tres. A la Macedo, entrevista socialmente, ya de fijo yo en la Ciudad de México, en el hábitat de la élite que testimoniaba el ascenso del estamento cultural en nuestro medio, en plena Revuelta Cultural. De un lado la expresión exquisita de las mansiones en San Ángel y Atizapán (los Barbachano, los Fuentes, los Urrutia); de otro, la expresión callejera, el Movimiento Estudiantil de 1968.

 Cuatro. Cursaba yo, el último año en la Secundaria Vicente Guerrero, cuando, a un amigo de entonces y de ahora (aunque él Notario en Acapulco), Miguel García Maldonado, nos reclutó el equipo de producción de Macario para hacerla de claque en las escenas en el Real de Minas. Jubón, medias, peluca, calzado entaconado. Lo digo en veras, sin burla: mi debut en la vida pública.

 Cinco. Otras mujeres sonantes del momento, lo eran Pita Amor, Rosario Castellanos, María Azúnzulo, Elena Garro y, a su modo, la China Mendoza.

 Seis. Enfilado entonces a la “actuación”, habitante de sus lugares, Casa del Lago, EAD, Centro Artístico y Cultural del Bosque, oportunidad tuve de departir con Pina. Figura fascinante. Su suicidio me tomó y no por sorpresa. Sabía que escribía.

 Siete. De Rita Macedo tenía presente, en la escena películas y puestas en escena de nota; y, en la vida privada, el casamiento y posterior divorcio con Luis del Llano, la maternidad de Julissa (mi compañera en la EAD), su posterior matrimonio con Carlos Fuentes (a quien mi compadre Piazza auguró que arrasaría con el medio y del que la Mendoza sentenció que la vida le hacía lo que el viento a Juárez). Ignoraba yo que Rita, escribía.

Ocho. Las oleadas de protestas feministas, en el campus y en la polis, aproadas al 9 de marzo, de alguna forma han reactualizado la figura de la Macedo (no así la de Pina, en la sombra), al circular sus incompletas memorias editadas por su hija Cecilia. Buena y mala publicidad.

 Nueve. Por ejemplo, a chisme, infidencia oportunista, tomo el relato de haber presenciado cómo, en una noche lluviosa, y allá por San Ángel, después de haber arreglado la dirección del mundo Fuentes, Flores Olea y González Pedrero, expuestos al cierzo en el jardín, Rita Macedo, sumisa, silente, se hincó, para cambiar a su marido calcetines y calzado, hechos una sopa. Carlos, indiferente.

 Diez. Un calvario, dar con las memorias inconclusas. O, “marketing”, se creó una artificial demanda, o en efecto fallaron los cálculos de la oferta. El hecho es que, como diría Borges, las estoy “fatigando”, ya en segunda edición. El México de familias clase media de quiero y no puedo, imborrable la discriminación racial, a las que la radio y el cine abrió anchurosas avenidas (como al “hambre” popular el toreo y el box).  Seguiré informando.

 Once. Ocasión dorada esta del feminismo combatiente, para exhumar vidas rotas como las de Pina Pellicer y Rita Macedo, en este México, donde la Independencia (1810-1821), trajo la novedad de una Nueva España mudada Nación-Estado Americano (en vez de Posesión Ultramarina Europea), pero dejó intactas las estructuras de desigualdad e ignorancia. Como hasta ahora.

 

Un pensamiento

  1. no señor, me temo que no estan intactas las estructuras de desigualdad e ignorancia,como usted pretende, para seguir lucrando con su posición culta de niño que fue enviado desde pequeño a escuelas de idiomas y privilegios; México va para adelante, procure no seguir arrastrando su educación al lodo de los poderosos. Por cierto, si quiere que lo lean sea más humilde y escriba de tal manera que se le pueda entender, no haga monólogos «exquisitos» que solo le dan claridad a usted.

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