PENSAMIENTOS ROTOS

PENSAMIENTOS ROTOS

Fernando Curiel

1

Demasiado pronto, a meses de la Luna de Miel, se declaró prisionero, rehén a lo menos.

En picada, se precipitaron las promesas de un Nido de Amor, lo más pronto posible animado por hábitos compartidos, soledad inexpugnable de dos, los gorgojeos de los vástagos.

Días, meses, años pasaron sin fuego.

Hijos llegaron y terminaron por irse, ausencia forzadamente suplida por los nietos.

Las edades mayores de la pareja, rutinaria, silente, incomunicada como los personajes del pintor Hooper, cayeron como furiosos rayos.

Suele observarla, bostezando, mirada asesina, ignorando que se mira ante un espejo perfecto.

 

2

No recuerda en que año de convivencia, alteró el dictum: “Juntos, Palomita, hasta que la vida nos separe”. Pronto dejó de solazarle.

 

3

Culto, lector de clásicos, se parangonó con Odiseo. Asoló Troya, siempre astuto. Años y aventuras sin cuento, tentaciones, venganzas del Dios Poseidón, le tomaron regresar a la añorada patria, Ítaca.

A sus oídos, montado en, o expulsado por, las espaldas del vinoso ponto, llegaron los rumores de la argucia de su mujer Penélope, de tejer por la mañana y destejer por la noche, para contener a los pretendientes que disponían de sus bienes, vinos deleitosos, bueyes y carneros, su mortaja; y de las navegaciones del hijo Telémaco, en procura de noticias suyas, vivo o muerto.

Ya, por fin de regreso, los recuerdos de la Iliada, de tanto amigo aqueo fenecido, no bastaban para modificar su realidad. Después de recorrer la playa, presa de la memoria, un delantal sobre la túnica, ayudaba a Penélope, avejentada, a poner la mesa para la cena de dos.

 

4

Desvergonzado, permite que la memoria haga sus necesidades ahí donde le apure.

 

5

Ya no le apremia que el corazón marche al frente, siempre al frente de los días. Ni siquiera sabe dónde diablos lo dejó abandonado.

6

A saber, cuándo empezó de salir de su mente sucio, revolcado, piernas y manos atados de sargazo.

 

7

Se reconoce huésped de Treblinka, medio gaseado.

 

8

Lo desuela el espectáculo de sus libros, trirremes, “clippers” en el pasado, pudriéndose en los atracaderos de un mar inepto.

9

Le ha dado por leer (cuando lee), a hurtadillas, escondiéndose de sí mismo.

 

10

Esa mañana infausta, Moira, con gestos y ademanes equívocos, como si representara a una golfa, lo llamó a cuentas.

11

Lo espanta la evidencia. Su vida ha sido demasiado aventurera, insaciable, elegida, pródiga, para ahora dejarla únicamente en sus manos.

 

12

Se centra en las heridas. Las de la vida, las del tiempo, las del recuerdo. Y se las rasca hasta verlas sangrar.

 

13

Mira con fijeza digna de mejor causa, sin brillo, un mundo Mar Muerto.

14

Pero el caso es que espera, contra toda evidencia sabe que espera, y lo que espera es su gran secreto.

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