Literatura dulciamarga

LITERATURA DULCIAMARGA

Fernando Curiel

 

Para Paloma, que pronto volará de regreso a Canadá

 

1

Hablando en plata, el escritor Andrea Camilleri, siciliano (Porto Empedocle, 1925, pueblecito rural y pesquero), es un auténtico “best seller”, calificativo que va y viene, y al que se ha agregado el “long”, que también llena: “best-long-seller”.

Los casos de su detective Montalbano se han traducido a 37 idiomas, en tanto las adaptaciones televisivas, transmitidas en 73 países, superan los doscientos millones de espectadores.

 

Cuando pienso en Camilleri, me viene a las mientes Leonardo Sciacia, el otro portento siciliano, si bien éste más sombrío, concentrado, virulento, judicial y navajero (no me imagino a Montalbano ocupado a fondo en el caso del sacrificio de Aldo Moro, víctima propiciatoria de democristianos y comunistas, cadáver abandonado en la cajuela de un auto en la calle Botiglia Vechia de Roma por la que husmearé semanas más tarde).

No me sorprende la relación amistosa que, por iniciativa de Sciascia, ambos paisanos fincaron.

Para mí, resultó una revelación su abrumador expediente de maestro de actuación, director teatral, actor, homo radiofónico y televisivo en la RAI. Modestamente, me reconozco en su autodefinición de escritor velocista antes que de maratonista (que pondrá en entredicho con su interminable saga detectivesca), y envidio su certeza de haber logrado una escritura en proceso que “progresivamente va convirtiéndose en una lengua inventada”. Cara aspiración mía.

Comparto su aguda y al mismo tiempo elemental juicio de 1968: “año de las reivindicaciones en todos los sentidos. Los jóvenes que se revelaban querían una sociedad distinta, la paridad entre hombre y mujer, el respeto a las libertades individuales, un tejido social con menos fisuras”.

Digamos: democracia a lo bestia, a raudales; no sólo electoral.

 

2

Casado con la misma mujer, devoto del voto común “hasta que la vida nos separe”, Andrea tiene tres hijas.

Cerca de los 92 años, casi ciego (como Homero, como Borges, lo que escribe, lo “dicta”), le da en la flor de dirigir una carta a su bisnieta Matilda (hija de su hija Alessandra); carta dulciamarga, pero ante todo memorable (Háblame de ti, Barcelona, Salamandra, traducción de Carlos Mayor, 2019).

Memorable por muchos conceptos. Subrayo tres.

Reemplazar un diálogo que no tendrá pleno efecto. El hondo cauce intergeneracional que horada en el subsuelo de la vida. Y el confeso desconcierto ante la actualidad, de alguien que viviera una niñez y adolescencia fascistas (“Creer, obedecer, combatir”), una conversión comunista hasta el límite de la conciencia plena del terror estalinsta, la atroz Segunda Guerra, y la épica de la reconstrucción de una nación hecha trizas.

Confiesa a Matilda (en sus cuatro años de vida): “El mundo ya no tiene el mismo aspecto que en mi juventud y en mi madurez. Han contribuido a ello los cambios políticos, económicos, civiles y sociales, los descubrimientos científicos, el empleo de la tecnología más avanzada, las grandes migraciones de masas de un continente a otro o el relativo fracaso de nuestro sueño de una Unión Europea”.

Opinable lo del “relativo fracaso”.

Aún están por verse los frutos del BREXIT hacia el interior del desasido Reino Unido (añada la defección de la Meghan y de Henry) y como ejemplo, en otras zonas, de oportunista mercadería disque independista.

Y la carta de Camilleri se escribe y publica en el borde inocente, inconsciente diré, del corona virus que nos tiene sitiados, y del desplome de la economía planetaria.

Por si faltara.

 

3

Más allá de la sinceridad y dones de este tipo de literatura, hirientes son sus cortes, conclusiones.

Las democracias, parlamentarias o representativas, son un fiasco.

La política no puede hundirse más en el cieno.

Frente a la súbita plaga, feroz, criminal, despiadada, la respuesta de la Ciencia se exhibe morosa.

La proa de la nave “Civilización” navega despedazada, carcomida.

Donald Trump repetirá en Estados Unidos, y Putin se eternizará en Rusia: mixtura de Zares y Comisarios. Pedro el Grande y Lenin.

 

En fin: contada, sin remilgos y con humor su vida, el remitente pide a la destinataria, le hable de ella. Emocionante resulta la pregunta cuánta vida alcanzará el bisabuelo para escucharla.

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