EL ORIGEN: CUICUILCO

EL ORIGEN: CUICUILCO

Fernando Curiel

 

Uno. Comparadas con otras zonas de la meseta central, las exploraciones y excavaciones de Cuicuilco son más o menos recientes.

Dos. Apenas en 1922, el país en pleno régimen obregonista (su intelectual mayor, Vasconcelos, entre la Universidad y la flamante SEP), Byron Cummings, de la Universidad de Arizona, interviene las fachadas sur, oriente y poniente de lo que no era una eminencia natural, sino el artificial basamento de una Pirámide.

Tres. Demora en la investigación arqueológica, no obstante el significado que terminará por revelar, que quizá justifique el bajo “jalón” de la zona en el rating y mercado turístico- arqueológico contemporáneo de México. 

Dibujo de Fernando Botas, del Instituto de Investigaciones Antropológicas

Cuatro. Con todo y Tenochtitlán y Teotihuacán, difícil resulta, de por sí, competir con los atractivos incesantes de esa vasta zona arqueológica que es la península yucateca. Aunque abunden (cuestión de rascarle) los elementos para configurar una Ruta Mexica, insensata se antoja, sin un claro plan,  la competencia con la Ruta Maya y la Riviera Maya.

Cinco. ¿Qué aportaron los afanes de Cummings, desarrollados hasta 1925 (ya Calles sucesor de Obregón)? No poca cosa. Desde revelar, como obra de la cultura el singular basamento, hasta fijar tres etapas de su edificación, pasando por el hallazgo de dos rampas de acceso, una al oriente y otra al poniente.

Seis. Además del hallazgo, también, de dos dioses del fuego, y cinco altares de forma oval.  Por último, descubrió, al sur, una estructura circular, construida con lajas, algo similar al cono de un volcán.

Dibujo de Fernando Botas, del Instituto de Investigaciones Antropológicas

Siete. Hacia 1939, insurge el siguiente arqueólogo de Cuicuilco, este mexicano, Eduardo Noriega. Quien se centra en varios túneles hacia el noroeste del basamento, donde se topó con esqueletos, restos humanos y un entierro acompañado de restos de vasijas; amén de un sondeo en el centro de la estructura principal.

Ocho. Ampliando el terreno a partir del Gran Basamento, en los cincuentas Eric Wolf y Ángel Palerm, reparan en montículos fruto humano que la cantera Peña Pobre dejó al descubierto. 

Nueve. Las subsecuentes exploraciones (Heizer, Bennyholf, Gallegos, Müller, Salazar, Jiménez, Sanders, Parsons, Stanley), que se dilatan a Tlalpan, Camino a Santa Teresa, Fuentes Brotantes, etcétera), elaboran una nueva imagen. 

Diez. Ya no de una sola pirámide, sino de un centro de gran extensión e influencia, comparable a su contemporáneo Teotihuacán. Si bien sobre Cuicuilco, que debería mover multitudinaria atracción (por lo menos tanta como su vecino Perisur), se abaten tres calamidades.

Detalle del mural s/t de Roberto Rodríguez que decora la fachada del edificio de la Alcaldía de Tlalpan. Foto: Octavio Olvera Hernández

Once. Durante su época de esplendor, habitado por 20,000 almas o más, compuesto por cuatro zonas (la del basamento-pirámide, la principal), instalaciones hidráulicas y de riego, etcétera, por culpa de la explosión del volcán Xitle.

Doce.  Durante su un tanto accidental e intermitente exploración, iniciada por Cummings, a causa de la construcción de la Villa Olímpica que alojaría a los deportistas de los Juegos Olímpicos de 1968; construcción ayuna de un serio programa arqueológico.

Trece. Y hace añales, el desinterés tanto delegacional, central como federal, por articular (reconocer, explotar en el mejor de los sentidos, pedagógico y por qué no, histórico-turístico), la existencia de una zona arqueológica que apunta a los orígenes.

Catorce. Los orígenes, ya no en exclusiva de una ciudad (papel que corresponde a Tenochtitlán), sino al vasto territorio que será reconocido como Distrito Federal.   

Óleo «El pedregal» ca. 1906, de Joaquín Clausell. Foto: Octavio Olvera Hernández

Quince. Condición que no alcanza a borrar la ignorancia supina de aquellos constituyentes que, en un rejuego de Poderes y Partidos e invitados especiales de la farándula (la del espectáculo y la de la disque intelectualidad); pretendió desconocer lo que el Distrito Federal sigue siendo: el entorno de la ciudad sede de los poderes federales.

Dieciséis. Lo que intento decir, en resumen, es que, en tanto Tenochtitlán, está en el origen de la Ciudad de México (novohispana, del México independiente, de la reforma, de la revolución y contemporánea), Cuicuilco lo está en el de la región que la hospeda. 

Diecisiete. Mucho es lo que se debe hacer con Cuicuilco, asentamiento poderoso, ignorado por la posteridad. Cuestión en la que la UNAM, reino frontero, tiene no poco qué decir, hacer. 

Dieciocho. Para el lector interesado en el tema, una recomendación garantizada: Arqueología mexicana. Cuicuilco. Estudios recientes y nuevos datos, Volumen XXV, num. 151.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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