REYES, MADRID, 1923

REYES, MADRID, 1923

Fernando Curiel

 

Uno. Labor higiénica de la literatura, y de la historia de la poesía y la prosa, es la de impedir a toda costa, que se imponga la imagen de un Alfonso Reyes erudito, grave, solicitado por los grandes asuntos del helenismo, de arduo trato social, y enemigo de la calle.

Dos. Falsa imagen que la difusión, por parte de un evangelismo politizado, de su Cartilla Moral, terminaría por agravar con el rasgo del moralista ultramontano. 

Tres. El autor de Visión de Anáhuac ejercía la sencilla jovialidad, sonreía hasta el punto de mudar la sonrisa en uno de sus signos, con las antenas dirigidas a la actualidad, abría su Capilla Alfonsina de la Condesa no sólo a sus amigos dilectos sino a cuantos lo buscaran, y, además de las vistas a las librerías del Primer Cuadro, no se perdía estreno alguno del vecino Cine Lido (hoy Librería Rosario Castellanos).

Cuatro.  Un pequeño libro, Mallarmé entre nosotros (edición de autor, Buenos Aires 1937, Ciudad de México 1955), auxilia como pocos entre los suyos a este propósito de “sanitizar” (como hoy está de moda decir) la imagen alfonsina.

Cinco. Y créame el lector que, antes que la famosa Cartilla, texto de circunstancias, requerido por Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública en su primera vuelta, habría que fatigar otros trabajos de su pluma. Atenea política, por ejemplo.

Seis. Reyes, Encargado ad interim de la Legación de México en España, estaba por regresar a México a la postre de una ausencia de diez años, que nos lo devolvía hombre y escritor humanista hecho y derecho.

Siete. Y un día de inspiración, escrita en su máquina marca Hammond, envía a sus amigos españoles (y lo fueron de tres generaciones, la de 1898, la de 1914, y la inminente de 1927), una invitación a participar en una singular celebración: CINCO MINUTOS DE SILENCIO EN RECUERDO DE MALLARME. A las 11 p.m., del 14 de abril de 1923, en la puerta del Jardín Botánico “que da sobre la Feria de Libros”.

Ocho. Soy de la opinión que no debe argumentarse, ni ocio oficinesco, ni simple imitación extra lógica del homenaje que la “Societé  Mallarmé” preparaba para la misma fecha, en Valvins, punto cercano a Fontanableu, donde muriera el poeta.

Nueve. En cuanto a lo primero, intensa era la relación entre ambos países, y por ende el papeleo; y, en cuanto a lo segundo, Reyes guardaba con Mallarme vieja devoción, tanto que se ocupa de él en su primer libro, Cuestiones estéticas (1911).

Diez. Y no debe olvidarse que la de Reyes fue la generación (constelación, mejor dicho) que inició en México, la divulgación universitaria. Y, aunque con un selecto número de invitados, el evento del Botánico no dejaba de responder a un acto público de difusión.

Once. El primero en llegar fue José Ortega y Gasset. Tras el filósofo, en este orden, arribaron a la cita, Eugenio d’Ors, Enrique Diez-Canedo, José Moreno Villa, José María Chacón, Antonio Marichalar, José Bergamín, Mauricio Bacarisse. Parte de la tertulia madrileña que Reyes rencontrará en México con motivo del exilio republicano.

Doce. Como Reyes había hecho la invitación sin identificarse, se hacían lenguas sobre el autor de un lance que me atrevo a calificar de surrealista. Bacarisse es quien sospecha de Reyes. Cumplidos los 5 minutos de silencio, observado por un guardia desconcertado, el grupo se dispersó.

Trece. El diplomático mexicano escribiría que cada árbol, colección del mundo, les alargaba su tarjeta de visita, en alusión a las tarjetas que los identificaban para ilustración de los visitantes. Y Añade: “Cada árbol, al paso, traía tejido en las ramas todo el ambiente de su paisaje propio…”

Catorce. Del acto se ocuparon, en Madrid, La Revista de Occidente (noviembre, 1923), y los diarios  A B C (18 de octubre de 1923) y La Época (19 de octubre de 1923; en México, Revista de Revistas (2 de diciembre de 1923); y, en París, El Mercure de France (2 de diciembre de 1923). Amén de que constan tres cartas de Juan Ramón Jiménez, disculpando su ausencia en el Jardín Botánico.

Quince. En la carta correspondiente al 11 de noviembre de 1923, apunta un retrato infantil del poeta francés: “Un exactísimo, culto y digno señor de mal gusto, que escribe -fumando- los domingos, en papelitos de Japón, el alfabeto enigmático de la poesía pura”.

Dieciséis. Por su parte, el organizador del extravagante, surrealista acto, repito, concluyó: “Y salimos por la Feria de Libros, llevándonos en la conciencia —como tu nenúfar blanco, Maestro— unos minutos de recogimiento robados a las fugaces horas”.

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