MÉXICO: LA FRUSTRADA OLIMPIADA CULTURAL

MÉXICO: LA FRUSTRADA OLIMPIADA CULTURAL

Fernando Curiel

 

En 1967, en una reunión con su equipo, destinada a fijar las líneas del quehacer editorial, Ramírez Vázquez da a conocer cinco puntos que constituyen la esencia de la Olimpiada Cultural y, creo firmemente, de los Juegos Olímpicos, los primeros en celebrarse en el continente americano.

 

Uno. En 1963, la Ciudad de México, es elegida sede de los Juegos Olímpicos 1968, por encima de Detroit, Lyon y Buenos Aires. En un ejercicio de historia contra factual (lo que pudo ser, suceder), la buena nueva debió aparejar varias consecuencias: que el régimen aprovechara el tiempo faltante para que el PRI, partido de Estado, se reformara; para paliar algunas de sus manifiestas contradicciones, sobre todo tomando en cuenta que por vez primera el certamen se transmitiría al planeta en televisión satelital, lo que nos exponía a un escrutinio de rayos X; para ceder ante algunas demandas del Movimiento Estudiantil, y sofrenarlo; y para que la aportación mexicanísima, la Olimpiada Cultural, que fundía músculo y arte, coronará la Revuelta de la literatura, el teatro, la pintura, la cinematografía y el pensamiento crítico que nació con la década.

Dos. Sin embargo, otra fue la historia real, fehaciente. En efecto, en 1965, Carlos Madrazo, su cabeza, se propone la actualización del PRI, puerta que el presidente de la República a partir de 1964, Gustavo Díaz Ordaz, le cierra de golpe; en vez resolver agudas lacras y deficiencias, el “sistema” las ahonda; la intolerancia ante la protesta estudiantil, conduce a la represión del 2 de octubre; y la Olimpiada cultural se ceba y es arrojada a la basura del olvido, pese a estrenarse con un recital del  poeta ruso Eugene Evtuchenko en la Arena México (Juan José Arreola lo presenta con la retórica del boxeo y de la lucha libre a los 12,000 asistentes).

Tres. Pese al éxito de gestión del presidente del Comité Olímpico mexicano, el general Jesús Clark Flores, quien además había substituido al ex presidente López Mateos al frente del Comité Organizador de la Olimpiada 1968 (motivos de mermada salud neurológica), Díaz Ordaz lo defenestra y encumbra en tan compleja misión al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. De éste es la idea de la Olimpiada Cultural. De la que es nombrado, coordinador, el también arquitecto Óscar Urrutia.

Cuatro. En 1967, en una reunión con su equipo, destinada a fijar las líneas del quehacer editorial, Ramírez Vázquez da a conocer cinco puntos que constituyen la esencia de la Olimpiada Cultural y, creo firmemente, de los Juegos Olímpicos, los primeros en celebrarse en el continente americano. El primero de tales puntos, indica la simbiosis de las justas. Reza: “Lograr, simultáneamente a la celebración de las competencias atléticas, la presencia activa del arte y la cultura, en cuyo ámbito logran los hombres un mejor entendimiento (el subrayado es mío).

Cinco. El segundo punto, señala que de esta suerte se restauraría en México el espíritu de las olimpiadas originales. Corresponde al tercero, el conferir a la Olimpiada 1968, el carácter de “un festival de la juventud”, a cuya fuerza y a cuya belleza, debían resultar consustanciales tanto el ejercicio de la inteligencia como “la formación de la sensibilidad”. El cuarto punto, parece moverse en el terreno de la diplomacia, al recomendar que la confrontación de los valores físicos de los competidores, se vea exaltada por la confraternidad, misma que expresa ideales: la solidaridad, la justicia, la paz internacional.

Seis. Paréntesis. No tardaría mucho, para que la anterior fórmula, se vea alterada, en el Estadio México 68, por los puños enguantados en alto de dos de los competidores victoriosos, en protesta por la discriminación (anticipo, lo habrá advertido el lector, de las actuales protestas contra la brutalidad policiaca norteamericana, expresiva, en no pocos casos de una violencia que no oculta su raíz: el racismo). Vagaroso y ambicioso el quinto y último punto, proponía el objetivo de mostrar al mundo “lo mejor que ha logrado la humanidad en beneficio de sí misma”. A celebrarse durante los dos meses previos, la OC calentaría los limitados quince días de los juegos deportivos.

Siete. Me temo que la Olimpiada Cultural, oportunidad para el anfitrión de mostrar planetariamente una de sus mejores cartas, la cultura, la ancestral, la moderna y la vanguardista, todavía en son de paz y no como ahora de franca resistencia a los embates del poder, de los recortes presupuestales y de la superficialidad y banalidad electrónicas; quedará atrapada entre la historia real y la historia contra factual (lances que pudieron haber ocurrido, insisto).

Ocho. Si bien es verdad que siembra los recintos de la capital con renombradas, si no es que legendarias figuras, y grupos de tales rangos  (Maurice Chevalier, Martha Graham, Maurice Bejart y ballet, Single Singers, Marce Cunningham, Ballet de Praga, Trío Jacques Lucier, el cubano Conjunto Nacional de Danza Moderna, Capella Monacensis, etcétera, etcétera); repertorio de lujo al que se aduna la exposición “Papeles” de Franz Kafka; el peso político del Movimiento Estudiantil y del aciago 2 de octubre en Tlatelolco consigue borrarla de la memoria capitalina. No sólo borrarla: avergonzarla, estigmatizarla.

Nueve. Pendiente queda, pues, su plena arqueología. El análisis de los colaboradores y, en detalle, de la confección de su programa. La recepción del público y la prensa. El prietito de la censura a la puesta en escena colombiana de la adaptación de la novela Tirano Banderas de Ramón del Valle Inclán. Las defecciones. El proceso de su enterramiento. La paradoja de que, aunque la Ruta de la Amistad, diseñada por Mathías Goeritz, no aparece inequívocamente en el programa de la Olimpiada Cultural, ha seguido en buena parte su suerte (una de las 22 esculturas, secuestrada por un colegio particular, Las Puertas del cielo, escultura de Helen Escobedo, en peligro, allá por las alturas de Cuemanco, de que la arrolle un camión materialista o la demuela un zapapico).

Diez. Mientras tanto, me permito la recomendación de una lectura fundamental, la del libro, no hace mucho salido del horno, de Ariel Rodríguez Kur: Museo del Universo. Los Juegos Olímpicos y el Movimiento Estudiantil de 1968 (México, El Colegio de México, 2019).

 

 

 

 

 

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