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Claudio Acevedo

 

Propincuo follower:

A casi cuatro años de conocernos, me rindo a la confianza. Por eso me atrevo a confiarle que me desperté hacia las tres de la madrugada, el corazón retumbando como tambor africano, empapado de sudor, ansioso, apanicado. ¿Había tenido una pesadilla?, ¿o uno de esos sueños, con lo suyo de pesadilla, que cual juego de rompecabezas, coloca, a su despiadado modo, las piezas de un episodio hundido en lo más hondo del olvido? (y la verdad es que estamos hechos, a la par, de recuerdos y de olvidos).

Mi perro, “Moroleón”, “Moro” en la intimidad, que duerme al pie de mi cama, empezó a ladrar, confundido, nervioso. Así, ladrando, confundido, nervioso, me acompañó a la cocina del flat/pent house que en mala hora compré en Picacho, subida al Ajusco. En el camino, vimos a Viky, mi bici, perdida en la añoranza de sus rodadas rumbo a los cines ahora mudos de Perisur, a los manjares y caldos del silenciado Rioja, o a los churros del cerrado  El Portón en Miguel Ángel de Quevedo, escala previa a la zona librera (ya le he dicho, follower, que años llevo poniéndome al día en la Historia de México, hoy por hoy en estado de coma). Rodadas que también fascinan a “Moro”.

El caso es que yo gozaba los honores y las responsabilidades de un singular cargo: Ombusdgirl, defensor incorruptible de mujeres de cualquier edad, en estado de peligro. ¿Ombudsgirl, qué es eso, y a cargo de un varón? Al igual que usted, me lo pregunté yo, mientras esperaba que calentara el agua para la bolsita de té Darjeling (ni modo, hábito adquirido en mis largos años en Londres, puerto al que mi ondera generación sesentera rebautizara “Lóndo’n”; y en el que me dediqué, ya se he dicho, al oficio de actor de cine para adultos).

Preparado del té, agua, leche, unas gotas de limón, vino la explicación, que, a falta de interlocutor, transmití a mi perro “Moroleón”, y que ahora participo a usted.

Se trató de un sueño-puzzle, que combinó impresiones recientes y antiguas, sepultadas. Había tomado yo durante el día, nota del proyecto morenista de convertir a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en Defensoría del Pueblo, demagogia de tan obvia insultante, y del atroz crimen que un bárbaro campesino de Irán cometió con una hija, Romina Ashrafi, a la que decapitó con una hoz, por quítame allá esas pajas (un noviazgo reprobado por el filicida); vi una película en la que a una hipersensible hija de 14 año se le pone en la disyuntiva dolorosa de escoger entre la madre y el padre, en proceso de separación.

Y en mi diaria caza electrónica de pin-ups, di con Nicola Cavanis, de 21 años, alemana, en extremo parecida a una de mis parejas de aquellos brumosos años británicos. Compañera de trabajo, ella procedente de Sicilia, yo de Mexicalpan, nos enamoramos como chicuelos, vivimos juntos, se embarazó, abortó (apesadumbrados, coincidimos en que el singular trabajo que desempeñábamos “must go on”). Este era el recuerdo sepultado que guisó mi mal sueño rompecabezas.

Nostálgico, dolido, de luto, pero respetuoso del pasado, le comparto follower, a la bella Nicola Cavanis. Dirección:

@nicolaca_

 

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