CLIO Y SUS HERMANAS

CLIO Y SUS HERMANAS

Fernando Curiel

 

Uno. De antiguo me interesa el nexo (y las rupturas y los malentendidos) entre la Literatura y la Historia, junto con el quehacer filosófico, la semilla de las Humanidades. De lamentarse es que el asunto no avive polémicas como lo hacen, por ejemplo, las culturas originarias, la migración o el feminismo. Si un camino se impone en el urgente renacimiento de las Humanidades, máxime en este hoy que nos tiene a la especie al borde del knock down, es el diálogo a trío, de estas disciplinas nacidas en la Grecia clásica. Y de tiempo atrás dándose las espaldas.

Dos. No siempre fue así. Tiempos hubo en que se correspondían. La literatura expresando grandezas y miserias, la historia afanada en el pasado (la historia del tiempo presente es posterior), la filosofía empeñada en las explicaciones inmanente y trascendentales del ser humano. Clío y sus hermanas conviviendo en harmonía. Pero llegaron las tentaciones.

Tres. Para la primera, en el examen de si, el olvido de sus grandes auxilios, la filología, la crítica, la misma historia y, en plan modesto (como signo de signos que es, tautología) la teoría; la glorificación de tal o cual autor; y, como remate, la moda de la condición post moderna que decretó una sucesión de muertes: del escritor, del autor, del personaje, de la trama, del sentido mismo de uso estético del lenguaje, oral o escrito.

Cuatro. Para la segunda, creerse ciencia exacta del acontecer, a lo que siguió la cliometría de datos duros; rompiéndose la conexión (la filosofía lo había hecho antes) con la Literatura, al extremo de constituir ambas las Bellas Letras. Imaginación enraizada en la vida, poesía y prosa; imaginación documentada del pasado, prosa histórica (lo que no inhibía el lirismo en algunos historiadores bienaventurados).

Cinco. Para la tercera, la reducción de su objetivo, a cuestiones de menor proporción y alcance (por ejemplo, en México, la filosofía del mexicano, con réplicas en la filosofía del argentino o del chileno; algo así como la mexicanidad del mexicano, la argentinidad del argentino, la chilenidad del chileno).

Seis. De otra parte, la Literatura, roto el maridaje con la Historia, fue degradada a texto (y texto puede ser todo, lo es el cuerpo hoy por hoy interdicto, lo es la urbe, lo es la publicidad), y cayó presa de la especulación de un mundo editorial voraz, capaz de sacrificar la ley del riesgo estético por el de la rentabilidad. Mientras que la historia se dividía en múltiples escuelas (la de los Anales, francesa, exigía al historiador geógrafo, al historiador economista), y la filosofía perdía en definitiva el brío de las grandes versiones de lo humano.

Siete. Y la cosa no paró ahí. En una nueve mutación, en la medida que la Literatura como auto estudio de sí, abandonaba el campo, absorta en la lucha de facciones que lo es por el poder, historia y filosofía pasaron a ocuparse de la materia literaria: la narratividad y el tiempo narrativo, el lenguaje, la construcción de los géneros, etcétera, etcétera. Barthes, Ricoeur, De Certeau, Derrida.

Roland Barthes

Ocho. En un saqueo de las ciencias exactas y naturales, y de las ciencias sociales también, termina por producirse, lo que una pareja, procedente por cierto de la ciencia física, llamará con notable éxito, “fashionable nonsense”. Y ni ocurrió la muerte de la Literatura, ni la Historia dejó de ser escritura, ni desaparecieron los graves y grandes temas filosóficos (lo contrario, más bien).

Nueve. ¿Dónde nos encontramos? A todas luces, agravados por amenazas sin cuento, plagas, economías en picada, mandatarios mitad psicópatas mitad absolutistas, sociedades enfermas ensimismadas en gadgets que las aíslan, y el poderío creciente del racismo, en la exigencia de una ruta de regreso. Ruta crítica y autocrítica hacia los vasos comunicantes. Lo de crítica y auto crítica, refiere el reconocimiento de las enseñanzas del largo proceso de separación de la unidad. Los profundos, familiares diría, nexos, de las tres materias entre sí.

Diez. La Literatura es expresión, memoria y pensamiento. La Historia precisa la escritura, desde la anotación de fichas en las fases tempranas de sus inquisiciones, hasta la puesta en punto de la interpretación (y, según se comprueba, ningún video, por multi media que se ostente, substituye al ensayo, al libro, al tratado). Y más que nunca, acogota al gremio filosófico, la comunicación.

Once. En el afán del rencuentro de las tres disciplinas originarias, sobran precursores y ensayistas historiadores y pensadores en activo. Caso, Henríquez Ureña, Reyes, Vasconcelos, O’Gorman, León-Portilla, Ortega y Gasset (ni modo, no puedo evitar mi chiste: un solo individuo, no dos), Berlin, García Gual, Steiner.

 

Ortega y Gasset

Doce. Labor común con un claro beneficiario: las Humanidades. Tan faltas de estímulo y cultivo en este momento en que la civilización se ve amenazada, la ciencia se exhibe impotente (reinicia los viajes espaciales, pero no da pie con bola en una vacuna anti covid19), y la política muestra el cuchillo pendenciero.

Trece. Habría que aprovechar que la industria editorial, siempre ligada, con la producción literaria, histórica y filosófica, se ve obligada a reinventarse; que el divorcio entre el CONACYT  y la comunidad científica va para largo, con el agravante de los recortes presupuestales y el enconado término de los fideicomisos; y, desde luego, la paradoja de que, en tanto el semáforo de la epidemia está en rojo (¡No moverse!), se torna a la “Nueva normalidad” (¿o “anormalidad”?).

 

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