¡SI YO HUBIERA SABIDO!

HACE YA MUCHAS LETRAS

Ana Elena Díaz Alejo 

¡SI YO HUBIERA SABIDO!

 

Cada junio me es inevitable traer a mi presente a uno de esos habitantes de la memoria urgidos por salir a la luz como algo “que pudo haber sido”. Cursaba mi tercer año en la Secundaria de la Escuela Nacional de Maestros. Nuestra directora general, doña Guadalupe Ceniceros de Zavaleta —consciente de la importancia del buen ejemplo— invitaba periódicamente para charlar con nosotras, a los protagonistas más notorios de la cultura y de la política nacionales e internacionales. En nuestro magnífico auditorio, nos reuníamos los departamentos de Secundaria y de Profesional para escucharlos. De esa etapa estudiantil (1949 a 1953) recuerdo algunos nombres ilustres: Jaime Torres Bodet, Vicente Lombardo Toledano, José Vasconcelos, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Amalia González Caballero de Castillo Ledón, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, entre otros tantos embajadores y políticos y artistas de todo el mundo. Y en mi memoria iba permaneciendo el eco inmarcesible de las palabras sabias, vigilantes, agresivas, serenas, irónicas o grandilocuentes de aquellos magníficos próceres de nuestra historia.

En ese junio de 1950 nuestro visitante no me pareció especialmente notorio. No poseía la doctoral y elegante presencia de Torres Bodet. Su voz, casi imperceptible, era más bien un susurro, muy opuesto a la bien modulada y sonora del gran poeta Pellicer. Su mirada no era dueña de la profundidad inquisitiva y alerta del agudísimo Vasconcelos. No tenía la actitud impactante del agresivo Siqueiros.

En la frágil complexión del nuevo personaje se intuía a un ser etéreo a punto de desvanecerse en el espacio. Por primera vez vi escrito el nombre de Javier con X. Sí, ¡era Xavier Villaurrutia!, el cantor de la rosa:

 

 es la rosa que abre los párpados,

 la rosa vigilante, desvelada,

la rosa del insomnio desojada.

 

el dueño de la décima muerte:

 

¡Qué prueba de la existencia

habrá mayor que la suerte

de estar viviendo sin verte

y muriendo en tu presencia!

 

Sí, era el autor de “esos quince o veinte poemas que cuentan entre los mejores de la poesía de nuestra lengua”, según siempre afirmó Octavio Paz. Sí, allí estaba Xavier Villaurrutia, en el último junio de su vida, quizá ya presintiendo a la Muerte —agua fuego, polvo y viento— que habría de visitarlo el 25 de diciembre de ese mismo 1950, cuando él sólo contaba 47 años.

Pero en ese junio de 1950, yo no sabía de sueños, ni de soledades, ni de noches moribundas. Ignorante de agobios y de amores fallidos que intentaran sobrevolar la poesía para apoderarse de ella —¡ni siquiera sabía qué eran los amores fallidos!—, de la poesía sólo me embelesaba la retórica. ¡Me eran ajenas las fracturas, las metáforas, las agonías, las esencias intocadas, la gran poesía!  Ahora lo sé: Villaurrutia se debatía en ellas, pero sin gritos ni desgarramientos, sino con voces preñadas de su propio dolorido sentir rezumante de su vida ya agónica. Xavier Villaurrutia… ese amante no correspondido.

Y en ese junio inolvidable de 1950, cuando aquella azorada muchacha de escuela secundaria se iniciaba en los sinuosos caminos de las emociones librescas, y apenas conocía “la o por lo redondo”, pero acostumbrada a contemplar las iridiscencias de lumbreras espectaculares y crepúsculos temibles… avizoró una doliente llamarada… y no supo reconocerla. Y eso… aún me duele.

 

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