LA  INMORTAL  HIJA  DEL  AIRE

Hace ya muchas letras

Ana   Elena  Díaz Alejo

 

LA  INMORTAL  HIJA  DEL  AIRE

 

Volvamos a la perennidad de los clásicos y aceptemos su actualidad. Por nuestro natural empecinamiento en mantener ciertas formas o actitudes, nos hacemos identificables y predecibles. En estas situaciones se detiene la aguda mirada de los artistas –esos observadores natos– cuya obra recoge los modos que persisten, de manera sistemática, en los seres humanos. ¿Recuerda usted a Pavlov y sus experimentos con los reflejos condicionados? Pues esas conductas reiteradas nutren el tintero y la pluma de todos los narradores del mundo, integran el espejo en el que los lectores nos contemplamos y, en ocasiones, nos producen cierto escozor. Por supuesto, no siempre.

Ayer, por ejemplo, volví a ver a “la hija del aire”. Sí, usted también la ha visto y quizá, como yo, la ha leído. Es el personaje del cuento de Manuel Gutiérrez Nájera, es la niña victimada por la sociedad, es la criatura trashumante recorriendo el planeta con el látigo parental amenazante tras sus espaldas para que se descoyunte en el alambre (real o simbólico) desde donde algún día caerá, de manera inmisericorde, a cambio de algunas monedas. Esa niña es la misma frente a la ventanilla de nuestro auto dispuesta a  limpiar el parabrisas; otras, lleva en una cajita algunos dulces para vender humildes caramelos mientras, agazapada a una decena de pasos, una “madre-empresa” recuenta el fruto del “oficio” inyectado en su retoño; otras, con grueso maquillaje, hace piruetas mostrando sus núbiles formas ante un público indiferente que, tal vez, le obsequie una moneda.

La “hija del aire”, de Manuel Gutiérrez Nájera era “equilibrista” y obedecía el flagelo de un padre domesticador, pero hay otras “niñas del aire” con diferente apariencia: se presentan en algunos escenarios cantando o bailando mientras sus “amantísimos progenitores” aplauden, entre bambalinas, el triunfo de su hija amada, esa que en el trapecio de la fama los salvará de las garras de la miseria ya aposentada en sus almas.

También hay niños del aire, indefensos varoncitos destinados al espectáculo como fichas de juego, como divisas al mejor postor. Ellos también cantan, bailan, hacen machincuepas o juegan futbol ante el juicio de un “jurado calificador”, partícipe de la infamia, quien decidirá su destino: el regreso a la penuria o el camino a la opulencia.

El fundar la seguridad familiar en la explotación de los hijos, en cualquier tipo de situación, no es una práctica estrictamente circense. Sabemos de tantísimos padres deseantes de una “buena colocación matrimonial” para salvar el futuro económico familiar: interesantes variables de los contratos bursátiles.

Sí, los clásicos nos dejan ver esas imprescindibles constantes cosidas a nuestra piel, vivas, sin discusión alguna, en el más contemporáneo de nuestros mundos. No cabe duda, Manuel Gutiérrez Nájera seguirá siendo un clásico de nuestras letras.

 

 

 

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