El hombre de la arena

Como a nadie se le puede forzar para que crea,

a nadie se le puede forzar para que no crea.

Jean de la Fontaine

 

El hombre de la arena

Por Elena Escalante Ruiz

Pienso que uno de los movimientos claves y más influyente de la literatura occidental es el Romanticismo alemán. Recordemos que hacia 1767, y en contra del racionalismo ilustrado, surgieron nuevos ideales filosóficos, literarios y estéticos que originaron lo que más tarde se llamaría Romanticismo alemán, por cierto, muy distinto al de otros países. A este cambio ideológico en principio se le llamó Sturm und Drang (Tempestad y Pasión), y su cosmovisión se construye a partir de nociones e influencias interrelacionadas entre sí, como la conciliación de las distintas facetas de lo humano, en equilibrio con el universo: el Absoluto. Ernst Theodor Amadeus Hoffmann es uno de los escritores más destacados de este periodo.

Hoffman nació en Königsberg, Prusia (hoy Kaliningrado, Rusia), en 1776. Estudió leyes y, hasta su muerte en 1822, ejerció como jurista. Fue un prominente intelectual y un amante incansable de la música: cambió su tercer nombre como homenaje a Mozart. Él mismo fue conductor de orquesta y escribió varias obras musicales. Sus historias se distinguen por las atmósferas extrañas y misteriosas. Pero, sobre todo, por sus personajes siniestros y sobrenaturales: espectros y autómatas que constantemente revelan características grotescas de la naturaleza humana; todo esto con un estilo narrativo minucioso y realista.

 

Si ahora escribo sobre Hoffmann es por su influencia en mi infancia y seguramente en la de muchas personas más, pues su obra está presente en gran parte de la imaginería infantil. Podría decirse que muchos personajes modernos de ficción tienen rasgos comunes con los creados por Hoffmann.

En 1817, publicó “El hombre de la arena” (Der Sandmann), primer cuento de la serie Nocturnos (Nachtstücke), y quizá su obra más conocida, debido justamente a su carácter siniestro. Surge a partir de las visiones subjetivas y fantásticas de su narrador, Nathanael. Por lo tanto, no es la realidad externa la guía de la narración, sino la perturbación emocional de un niño.

La infancia de Nathanael, no se diferencia mucho de la de cualquier niño: está conformada por imágenes, fantasías y situaciones que no comprende del todo; por lo tanto, la imaginación es un elemento primordial en la narración.

La historia comienza con una carta que desde la universidad escribe Nathanael, a su querido amigo Leothar. En ella habla sobre el desagradable encuentro que tuvo con un vendedor de barómetros llamado Coppola. En la carta también describe algunos pasajes de su infancia y las constantes visitas nocturnas que un extraño hacía a su padre: justamente a ese extraño su madre lo llamaba el hombre de la arena:

Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y                        les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre. Luego los mete en                        un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el                            nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos                        (Hoffmann, 55).

El cuento “El hombre de la arena” y la imagen de los niños cara de lechuza resulta horrenda para cualquiera. Esa ave rapaz y nocturna fue un elemento muy utilizado en la cultura popular occidental, pues aparecía constantemente en historias relacionadas con brujería, alquimia y ocultismo. Posteriormente fue adoptada por los autores de literatura gótica.

La historia del hombre de la arena queda gravada en la memoria de Nathanael y, aunque ya adulto comprende que sólo es un cuento, la visita del vendedor de barómetros despierta en su memoria la imagen del hombre extraño con quien su padre practicaba alquimia y que es el culpable de su muerte: Coppelius/Coppola.

“El hombre de la arena” tiene un final trágico. La locura se apodera de Nathanael, quien se enamora de Olimpia, la hija de su tan estimado profesor Spalanzani, ignorando que es un autómata.

A lo largo de su vida E. T. A. Hoffmann se mantuvo en contacto con las ideas filosóficas y los adelantos científicos de su tiempo; asimismo, siguió de cerca los progresos que trajo la Revolución Industrial. Por ello, cabe recordar a los autómatas musicales del inventor del metrónomo, Johan N. Maelzel, pues quizá inspiraron a Hoffmann para crear a Olimpia, la autómata de Spalanzani. De igual forma al Turco, fascinante autómata creado por W. Von Kempelen, que hacia fines del siglo XVIII apareció en la corte austriaca y, en su momento, intrigó tanto a E. A. Poe, (Von Kempelen and his discovery, 1850), al igual que a otros autores como Ignacio Padilla (Las entrañas del Turco).

El legado de E. T. A. Hoffmann en el ámbito literario abarca más de cincuenta cuentos y dos novelas y sirvió de inspiración para varios compositores de ópera: Richard Wagner se basó en Die Serapionsbrüder para componer Die Meistersinger von Nürnberg (1868); Paul Hindemith en Cardillac (1926) y Jacques Offenbach en The Tales of Hoffmann (1881), en el que Hoffmann es la figura central. El ballet Coppélia (1870), de Léo Delibes, también se basa en una de sus historias, así como la suite de ballet de Pyotr Ilyich Tchaikovsky, El cascanueces (1892), adaptada por Alejandro Dumas e inspirada en el cuento “El cascanueces y el rey de los ratones”, (Der Nußknacker und Mausekönig).

 

 

 

Obras citadas

Hoffmann, Ernst Theodor Amadeus. El hombre de la arena y otras historias siniestras. Valdemar. México. 2007.

Padilla, Ignacio. El androide y las quimeras. Colección voces/literatura. México, 2008.

 

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