P  O  S  M  O  D  E  R  N  I  D  A  D

HACE YA MUCHAS LETRAS

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

P  O  S  M  O  D  E  R  N  I  D  A  D

 

La modernidad se ha convertido en una vanísima palabra, cajón de sastre para quien no encuentra sentido a lo visto, a lo escuchado; calificativo un tanto escandaloso para señalar asuntos de moral doméstica, modas, actitudes, posiciones éticas, maquillaje, marcas de auto y políticas rastacueras. A la modernidad le achacamos nuestro escenario actual. Pero no es así, seamos justos, ya no vivimos tiempos modernos, sino posmodernos. Hablemos mejor de la posmodernidad, nuestra época, sí, nuestra época.

Pero, ¿qué es la posmodernidad? Entre otros calificativos, Gilles Lipovetsky –uno de sus estudiosos más agudos– ha llamado a estos tiempos: “el imperio de lo efímero”, “la sociedad de la decepción”, “el crepúsculo del deber”, “la era del vacío”, conceptos que han intitulado buena parte de sus obras:

 

Oscilando de un extremo a otro, las sociedades contemporáneas cultivan dos discursos                     aparentemente contradictorios: por un lado el de la revitalización de la moral, por el otro                     el del precipicio de la decadencia que ilustra el aumento de la delincuencia, los guetos                       en los que reina la violencia, la droga y el analfabetismo, la nueva gran pobreza, la                             proliferación de los delitos financieros, los progresos de la corrupción en la vida política                     y económica.

 

Éste es un hermoso retrato actual, revelador de eso llamado posmodernidad, etapa gestada durante la segunda mitad del siglo xx y a la que ahora pertenecemos ya de manera unánime: nos hemos acostumbrado a vivir ese síndrome: a aceptar las formas de la delincuencia; a la asunción de empleos por ignorantes de la materia que representan y de la que habrán de ocuparse oficialmente a costa del país; al olvido de la palabra servicio; al cínico interés por los beneficios personales; a la preocupación morbosa por la figura física; a la necesidad perturbadora de representar una falsa identidad y creérsela y, sobre todo, al desconocimiento de voces antaño respetables: famila, ciudad, país, Patria.

Vivimos posmodernos tiempos light: poseer instrumentos tecnológicos y estar al día en estos recursos y su manejo experto es la meta. La muerte civil llegará si se descubre que no poseemos un celular avant-garde en nuestra mano como báculo de supervivencia: ese objeto constituye nuestra carta de presentación, nuestra posición: es el asistente, el maestro, la razón de ser, ¡la felicidad!, ¡una felicidad sostenida en una tecnología de cuyo extremo cuelga un aparatito que otorga la certeza de nuestra realidad! Y eso es un muy buen motivo para aspirar a poseerlo: ese aparatito es el camino al Paraíso Imaginado. ¿Y si lo perdemos?, ¿qué será de nosotros?, ¿tendremos la memoria suficiente para “rehacer nuestra vida”? No, nuestra vida también es vana y está integrada por apariencias, por falsos deberes, por metas inútiles.

Pronto olvidaremos el disfrute de lo humano y la importancia de recorrer nuestro camino a pie firme. Seremos individuos totalmente automatizados, pero temerosos de hablar con alguien que tenga ojos y emita palabras porque, en su caso, seremos invadidos por el miedo al “otro”: sólo seremos capaces de hablar con “otras máquinas”, situación que ya empieza a hacernos ¡absolutamente felices!, ¡definitivamente posmodernos!

Pero debo ofrecer a usted una disculpa: estas páginas debí escribirlas hace ya muchas letras. En esta hora el tema debe ser el del virus fatal, socavador de nuestro país, de nuestra economía, de nuestro futuro, de nuestra alma, de nuestra existencia, de nuestro planeta. Así que le ruego olvide todo lo dicho en esta desperdiciada columna, y si está enojado por esta pérdida de tiempo y quiere llamar a mi celular para decirme algunas verdades, permítame desilusionarlo: aquí lo espero, sí, pero sin celular… porque no lo tengo y nunca lo he tenido y obviamente, nuca lo tendré, pero me encantaría pasar algunas horas deliciosas escuchándolo, ¿le parece bien?

 

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