JUAN MARSÉ (1938-2020)

JUAN MARSÉ (1938-2020)

Fernando Curiel

Para mi hijo Adrián

 

Uno. Con arranque en los 50´s, Barcelona jugó un fundamental papel en el desarrollo de la novela hispanoamericana de las décadas subsecuentes. Puntal fue, de la corriente de la Novela Social Española, que al punto estableció polarizaciones entre Madrid y la Ciudad Condal, y, dentro de esta, entre novelistas pijos de origen burgués, y los de origen popular. Papel, este último, que le correspondió ocupar, de manera señalada, a Juan Marsé.

Dos. Surge el Premio Seix Barral y, más adelante, irrumpe el Boom¡ de la nueva novela latinoamericana, que se domiciliaría en Barcelona y tendrá en Carmen Balcels a su agente literaria por antonomasia. En su cartera Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, y el más rendidor de todos, el autor de Cien años de soledad.

Tres. No sobra mencionar que, pasados los años, aún está por esclarecerse, respecto al Boom¡, elementos externos como el papel de la política cultural cubana (Casa de las Amétricas, su revista, Premios Literarios y publicaciones), al momento de la adhesión plena, de novelistas e intelectuales,  al castrismo; el de Cataluña como quebranto a la férrea censura franquista; y el de la editorial mexicana Joaquín Mortiz (lanzada por Joaquín Díez-Canedo al salir del Fondo de Cultura Económica) como puerto de salida a obras prohibidas en España.

Cuatro. Integrantes de la también llamada Escuela de Barcelona, o Generación de los 50´s, lo fueron Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Eduardo Mendoza y, por supuesto, Marsé. Ajeno al ambiente social y al ámbito universitario de sus pares, Juan desempeñó distintos oficios manuales, como el de joyero. Habiendo escrito sobre su novela Últimas tardes con Teresa (Revista de la Universidad), tuve el privilegio de conocerlo y entrevistarlo. Un verano catalán, en el que asimismo visité a la familia y a la población, Premia, de mi fraternal Fernando Tola de Habich.

 

Cinco. Su obra, ambientada mayoritariamente en Barcelona, y marcada por una infancia discurrida en la posguerra y el franquismo, es por demás nutrida. Encerrados con un solo juguete, Esta cara de la luna, Últimas tardes con Teresa, La oscura historia de la prima Montse, Si te dicen que caí (publicada en nuestro país, ganadora del Premio de Novela México), La muchacha de las bragas de oro, Un día volveré. Ronda del Guinardó, El amante bilingüe. El embrujo de Shan Gai, Rabos de lagartija, Canciones de amor, Caligrafía de los sueños, Noticias felices en aviones de papel, Esa puta tan distinguida

Seis. El premio mexicano, convocado por la Editorial Novaro, que es decir por mi inolvidable amigo Luis Guillermo Piazza, el autor de La Mafia, esa novela emblemática, más citada que comentada, menos leída que legendaria, retrato y/o reportaje un tanto psicodélico de la intelectualidad mexicana de los 60’s, monopolizadora de revistas y suplementos, dueña del canon, dispensadora de luces y oscuridades, trajo a México como jurados a escritores del calibre de Juan Carlos Onetti.

 

Siete. A todas luces poco le importó, a Marsé, más allá del ejercicio narrativo, el contraste entre su propio historial y el de los hijos de familia, niños bien (“Fifís para que darle vueltas”, saltaría un crítico literario morenista), sus contemporáneos. Ni, pese a una temporada devengada en París, cambiar el magma, Barcelona, de su prosa entre realista e irónica, hondamente local que es decir humana. Famosa fue su afición a la escritura física, a mano, origen de su indeclinable gusto por lápices, libretas y cuadernos de todo calibre. Afición (sólo eso faltaba) que comparto.

Ocho. La entrevista, a la que accedió sin retobos, la concerté desde México. Cuando tuve la oportunidad de realizarla, se atravesó el verano, estación que vacía las ciudades españolas, madrileños y barcelonenses en procura de climas menos africanos. Así que lo perseguí hasta el lugar de su refugio.

Nueve. Malas cuentas tengo que dar. Nunca tuve el talento de organizar un archivo, vaya, ni de mantener en sus trece a una biblioteca que, desordenada, se ramifica en diversos territorios: un cubículo en CU, el bunker de Copilco el Alto, la casa en Taxco, la de Tola en Tlahuapan. En el ir y venir, maremágnum puedo llamarlo, perdí la charla grabada con Juan Marsé.

Diez. Como extravié, la grabación de la impuesta visita del presidente Luis Echeverría a Ciudad Universitaria que terminó en un absoluto caos, en tiempos de mi paisano rector Guillermo Soberón. Suerte semejante a la seguida por la conversación asimismo grabada con Luis Cardoza y Aragón sobre su relación con el grupo de los Contemporáneos, en especial con Jorge Cuesta, poeta y ensayista de nuestra mutua admiración. Ambos compartieron amistad y un edificio en la calle de Coyoacán.

Once. Torno a Juan Marsé, recién fallecido. Mi mea culpa de entrevistador descuidado, la pagaré releyéndolo. Y me viene a las mientes, un reportaje suyo, con fotografías, que evoca una España que fue.

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