Un viaje surrealista

 

Un viaje surrealista

Por Raquel Barragán

 

El jueves le mandé un mensaje a Rebeca. Se había ausentado algunas semanas. Quería saber cómo había estado su viaje a Xilitla. Como es su costumbre, un misterio envolvió su viaje. Me dijo que esta vez valía la pena esperar y que me haría la crónica. El domingo leí el siguiente correo:

        Te vas a reír, pero mi viaje comienza dos semanas después de volver de Xilitla; tal vez porque          el jardín surrealista de Edward James y la casa de su socio Plutarco –con el sátiro de Leonora          Carrington en la pared– dejaron una impresión fuerte en mi memoria; o tal vez fue el hecho de          que se fuera la luz, por una tormenta, a la hora de cenar y que la casa se llenara de velas; o              que al apagar las velas para dormir uno de los focos de la habitación –que, por cierto, era la              de los difuntos dueños– enloqueciera apagándose y prendiéndose al ritmo de otra gotera                  enloquecida que caía sobre nuestro techo como si fuera una bomba a punto de explotar.

Foto: Octavio Olvera Hernández

No lo sé, pero sin querer todo te sonará literalmente surrealista. Comienza con un extraño                  sueño que no pude vincular hasta después de andar y desandar el viaje. En él aparecía                    caminando por una zona con calles adoquinadas y con casas coloniales. Se parecía mucho a            San Ángel. Como te decía, yo iba caminando por una banqueta más alta que el nivel de la                calle; mi paso era estorbado por grandes macetas de barro con arbustos. Inesperadamente,              uno de ellos (de los arbustos) cobraba vida y me aprisionaba el hombro; en la huida le rompía          la maceta. Veía la casa del dueño de la maceta y decidía irme sin pedir disculpas (aunque el              árbol hubiera querido atraparme).

Foto: Octavio Olvera Hernández

Cuadras más adelante, me metía en una tienda donde vendían pañuelos, cuya dependiente se          rehusaba a mostrarme el de la vitrina por aquello del Covid-19. Cansada de discutir con ella,              decidía irme, y en ese momento se le ocurría decirme que uno de los vecinos de la zona había          dejado algo para mí. Era una extraña escultura que tenía ramificaciones arbóreas con bolitas            como copas. En ellas había textos escritos con letras doradas. Sentía vergüenza, porque el              dueño de la planta viviente en lugar de cobrarme la maceta rota me enviaba un regalo. Decidía          ir a pedir disculpas. Tocaba el timbre y me recibía la esposa del artista. Poco después él se                hacía presente, un señor con rasgos teutones –o eso me pareció en el sueño– de edad                      avanzada con cabellos y barba canos; le ofrecía disculpas por la maceta y le expresaba la.                falta de merecimiento de su regalo. Platicábamos largo, pero ahora no recuerdo de qué. Poco            después, yo aparecía en una reunión familiar, en la que le platicaba todo a mi madre –quien              por cierto me reconvenía por no pedir disculpas desde el inicio–, pero cuando intentaba                      enseñar mi escultura, no la encontraba en la mochila. Entraba en pánico y decidía desandar              mis pasos para hallarla. Tenía cierta confianza de que, tal vez, en un golpe de suerte, la habría          dejado en la casa del artista y me la devolvería.

Foto: Octavio Olvera Hernández

Llegaba otra vez frente a ese portón y me abría uno de sus hijos, quien me guiaba a la sala,             donde había más familia y quienes, sin saber que había perdido la escultura, me referían el alto         valor artístico y monetario de la pieza regalada. Ya con en el artista presente, les confesaba la           pérdida y me soltaba en llanto. El artista, con un gesto conmovedor y pleno de generosidad,             sacaba otra pieza, más pequeña, de madera con forma de hoja –con otro texto escrito en una           bella letra dorada– y me la regalaba. No recuerdo qué cara habré hecho, porque me desperté,           pero sí recuerdo la sensación de recibir dos veces algo que no merecía y que me conmovió               todo el día.

Al otro día le conté a mi hermana y me preguntó si no había visto o leído algo que se                         relacionara con estos personajes. Le dije que no, que el libro que leía y que la serie de Netflix           en turno no tenían nada que ver. Ella se acordó del viaje de Xililta. Tal vez –le dije– habrá sido           un resto diurno de hace dos semanas…

Foto: Octavio Olvera Hernández

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