PLATEROS REVISITADO

 PLATEROS REVISITADO

Fernando Curiel

Para las Dianas

 

Uno. Va para 38 años, tiempo de casi tres generaciones (si nos atenemos a la vara de medir de Ortega y Gasset), que publiqué Paseando por Plateros, tomo III de la importante colección Memoria y Olvido. Imágenes de México, auspiciada por la SEP contando con la colaboración del Archivo General de la Nación, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y el Centro de Información Gráfica. Paseo por las tres microhistorias (San Francisco, Profesa, Plateros propiamente dicho), de la Avenida (hoy) Francisco I. Madero, que se dilata entre la primera reelección de Porfirio Díaz y la primera de Álvaro Obregón, cancelada por la pistola fanática de León Toral.

Dos. Territorio, de Oriente a Poniente: el historiado Callejón de la Condesa, y las calles de Gante, Bolívar, Motolinía, Isabel la Católica y de la Palma. Paralelas: a la izquierda, la avenida 5 de Mayo, y a la derecha, la Avenida 16 de Septiembre. De la punta que nace en el Eje Central Lázaro Cárdenas (otrora San Juan de Letrán), a la punta que desemboca en el Zócalo. Testimonios del tiempo: Palacio de los Azulejos, Convento de San Agustín, Templo de San Felipe,  Casa Borda (solar capitalino de mi “paisano” taxqueño José de la Borda), Palacio de Iturbide, templo de La Profesa, el edificio donde abriera sus puertas la joyería La Esmeralda y, hoy abre las suyas el Museo El Estanquillo. Etcétera. Una de mis rutas, en los 60’s, a mi centro de trabajo, la Suprema Corte de Justicia.

Foto: Octavio Olvera Hernández

Tres. Dividí el libro en tres partes: “Instrucciones para habérselas con este álbum”, el recorrido como tal, y unas “Reflexiones sobre el ‘eastamanema’”.  Eje, punto de partida, detonante, lo fue, ya metido en los acervos del AGN, un grupo de carpetas, conteniendo “logos, marcas, clichés, anuncios”; huellas, en suma, de la estética publicitaria de la época (de los establecimientos de Plateros). Material inapreciable debido a la curiosidad de Felipe Teixidor, coleccionista al que no poco debe nuestra memoria histórica.

 

Cuatro. Confesé, sin tapujos, que “fue una misma (irrefrenable) cosa contemplar aquellas multicolores etiquetas, e imaginar un día de tráfago y consumo (flaneo, citas, prendas, golosinas, escaparates, licores, perfumes, cigarrillos, telas, figuras pintorescas) a contraluz de la avenida vitalísima”. Léase “puros”, en vez de “cigarrillos”.

Cinco. Recuerdo las lecturas anuentes de tres ejemplares amigos, Edmundo Valadés, José Luis Martínez y Guillermo Tovar Teresa, y nuestra común adscripción a un “Maderismo” de diversa índole al político del autor del Plan de San Luis, y doblemente vencedor: del Porfiriato y de las primeras elecciones presidenciales de la Revolución Mexicana. Un “Maderismo” puramente urbano, relativo a la Avenida Madero.

Foto: Octavio Olvera Hernández

Seis. Con Valadés hablé más de una ocasión de su archivo sobre la avenida, al que lamenté no haber tenido a la postre acceso. Haciendo memoria, recuerdo la reiterada pregunta, por parte de amigos, sobre, en caso (remotísimo) de una nueva edición, qué conservaría y qué modificaría de la original. El obligado confinamiento de estos meses, el síndrome de abstención de la ciudad, me animan a responder.

Siete. En esencia conservaría el (digamos) Prólogo y el (digamos también) Epílogo. El primero, por considerar ajustada a la verdad, la argucia de narrar vidas, generaciones, clases sociales, prácticas de socialización a través de una específica Unidad de Lugar. Consista ésta en una Calle Mayor, en un bar o restaurante, Plaza de Armas, suburbio, aeropuerto, parque de diversiones, Centro Comercial y /o Cultural. Espacios, decía, digo, en los que se replica, ya sin el componente sacro-religioso, a los Centros Ceremoniales de la antigüedad.

Foto: Octavio Olvera Hernández

Ocho. El Epílogo, aunque conservado el fondo interpretativo de la “lectura” de imágenes, requeriría una actualización en función de los instrumentos fotográficos actuales, que cumplen la doble función del registro y de la vulgata (celulares, I-pad). “Lectura” que descansa en (por lo menos) tres niveles. El literal o material de lo que la foto (toda imagen) plasma. El segundo, que ya no se constriñe a lo que vemos sino a la relación de la imagen captada con el ambiente inmediato, que, aunque no aparece, se infiere de manera simple. Mientras que, el tercero, atañe a la imaginación, al desplazar no la mirada sino la mente.

Foto: Octavio Olvera Hernández

Nueve. ¿Qué hay detrás, arriba, abajo, después, antes? ¿De dónde provienen, cuál es el destino de las figuras, los edificios, los paisajes congelados? Junto a la evidencia de cualquier imagen (costumbrista, figurativa, publicitaria, etcétera), se yergue otra: “probable, fantasma”.

Diez. El cambio radical sería la vuelta a la concepción primera: un libro-álbum de Plateros, imágenes acompañadas de notas al pie de las imágenes y textos de diversa índole: urbana, literaria, histórica. Efecto sólo en ocasiones conseguidos. Aderezado, además, con la plena actualidad de Madero, convertida finalmente en calle peatonal. Lo que posibilitaría, con todo y la muchedumbre que recorre la avenida en ambos sentidos, una más detenida exploración de sus hitos, en el presente, y en la ampliación de las evocaciones históricas. Por qué el nombre de Plateros, la circunstancia del cambio de nombre, su carácter de rúa que lleva a todos los sitios memorables del Centro Histórico.

Once. El pre Centro Comercial formado por El Palacio de Hierro, la Nueva Sedería y Al Puerto de Liverpool (sólo les faltó un techado de transparente cristalería); la Librería de Andrés Botas y Hermanos; los restaurantes La Copa de Leche y Café Tacuba, etcétera. Habría una mirada panorámica desde la terraza del Hotel Majestic, y una especial visita a la Camisería Bolívar, de los 80’s del siglo XIX, mi preferida, en la que he contado con la amistad de dos generaciones de dueños.

Foto: Octavio Olvera Hernández

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