La vida de los insectos

HACE YA MUCHAS LETRAS

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

                                                                                                 

LA  VIDA  DE  LOS  INSECTOS

 Debo a un inolvidable amigo su consejo para adquirir un libro clásico: me lo recomendó con entusiasmo de poeta enamorado de lo bello y de todos los generosos obsequios de Nuestra Madre Naturaleza. Me esperaba entre los volúmenes abandonados del lote ofrecido en venta por una casa solariega cuyos dueños ya no la amaban: La vida de los insectos (1910), del entomólogo francés Jean-Henri Fabre (1823-1915). Este científico nos avecina con ciertos seres cuya compañía no siempre es respetada o, mucho menos, deseada.

En la lectura de este bellísimo libro, he logrado comprender el falso sentido contradictorio de ciertos verbos ficticiamente antónimos: amar y repugnar, admirar y despreciar, vencer y perder, entre otros. Desde luego, usted y yo sabemos de muchos más… Mi edición (Madrid, Calpe, 1920) reúne “trozos escogidos” de los Souvenirs entomologiques (obra en diez volúmenes, realizada en el período 1879-1907), traducidos espléndidamente por Felipe Villaverde, poeta y narrador él mismo.

Obra imprescindible para usted y para mí, especialmente cuando tropezamos alguna vez con famas peligrosas o reputaciones aparentemente insignificantes ─¡nadie está salvo de semejantes desdichas! Fabre nos hace degustar, en un lenguaje noble, generoso y conciliador de varios tipos de emociones, ciertas experiencias fortalecedoras del ánimo. Escuchémoslo mientras admira al impresionante escorpión de Languedoc.

Es un taciturno, de costumbres ocultas y trato poco atractivo, tanto, que su historia, aparte de            los datos anatómicos, se reduce a poca cosa, a casi nada. El escalpelo de los maestros nos              ha revelado su estructura orgánica, pero a ningún observador se le ha ocurrido interrogarle                con alguna insistencia respecto de sus costumbres íntimas. Despanzurrado después de                    macerado en el alcohol, es muy conocido; obrando en el dominio de sus instintos, es casi                  ignorado. Y, sin embargo, entre los animales segmentados, ninguno merecía mejor los                      pormenores de una biografía. En todo tiempo impresionó la imaginación popular, hasta el                  punto de estar inscrito en los signos del Zodíaco. El temor ha creado los dioses, decía                        Lucrecio. El escorpión, divinizado por el espanto, está glorificado en el cielo por un grupo de              estrellas y, en el almanaque, por el símbolo del mes de octubre.

Y después de estas líneas ¿no se nos despierta un deseo enorme de allegarnos a esta fascinante criatura en quien Nuestra Madre ha invertido tantas y tantas jornadas para convertirla en ese individuo extraordinario a quien, quizá por ello, ahora miramos con recelo? Y por favor no me permita pensar que usted sólo desea tratos con su lindísimo bichon frisé mini o con el indemne y flébil canarito  ̶ domeñado cantante ̶  sumiso tras doradas rejas disfrazadas de brazos amorosos. ¡No, por favor, no me diga eso!, ¿o si?, ¿pertenece usted al creciente grupo gustoso de la compañía y de la admiración de los débiles? ¡No! ¡Claro que no! Contemplemos a este portentoso escorpión de Languedoc, pero a la luz de una estética forastera, y descubramos su mundo en las adusteces y en las profundidades abisales valedoras de su maravillosa y temible presencia.

Si no quiere arriesgarse –¡es su derecho!–, por lo menos, juéguesela frente a usted mismo leyendo este hermoso libro pleno de pasión por los no deseados por temidos, o los ignorados por desconocidos o, tal vez, hasta esos magníficos e insoportables por grandiosos. ¡Aquí, en estas serenas y sinceras líneas podemos toparnos con más de una sorpresa! ¡Y de esas que valen la pena! ¿Se anima? Pero si usted pertenece al reino de los tímidos, no me escuche, retiro mi invitación a esta lectura y… ¡olvídese de Fabre!  ¡Felices reflexiones!

 

 

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