Helena,  Rubén,  Arturo

 

Hace ya muchas letras

Ana Elena Díaz Alejo

Helena,  Rubén,  Arturo

Rubén fue el primero en partir, pero cito primero a doña Helena para cumplir con la caballerosidad de Rubén. La conocí en el claustro de San Ildefonso, tal vez mientras ella charlaba con don Agustín Millares Carlo, mi admirado profesor de Cultura Latina, o con don Carlos Pellicer, en alguna de sus conferencias en la Escuela Nacional Preparatoria. Yo aprendía un latín formal dirigido por el doctor Rafael Salinas, esposo de doña Helena. Años después, en la Facultad de Filosofía y Letras, me fue muy grato encontrar su nombre en la puerta de un cubículo de profesores: Helena Beristáin de Salinas. Y reanudamos de inmediato alguna vieja conversación iniciada –a manera de dudas sobre retórica o sobre poética– en mis años preparatorianos. Y volví a su aula ¡Cuánto aprendí de sus lecciones: preceptos fundamentales, ejercicios eruditos con ejemplos clásicos y modernos! A su seminario, Rubén acudía con cierta constancia para disfrutar de su crítica retórica y “descubrir” lo que él mismo había “cometido” en sus versos: sí, Rubén Bonifaz Nuño, el pulcro editor, el latinista clásico, el helenista único, el impecable poeta, el fundador del Instituto de Investigaciones Filológicas, el valiente nahuatlato defensor de nuestro pasado, ¡mi amigo inolvidable! Ahora ambos han partido y, en este momento, mientras los rememoro, doña Helena –estoy segura– predica sobre anáforas y oxímoros y anástrofes, y Rubén defiende su versión rítmica del griego clásico no siempre dócil ante la norma exacta exigida por la distinguida filóloga. ¡Qué charlas, qué juegos de imágenes, qué ironías doctas, cuánta sabiduría en dísticos memoriosos!

Conversar con Arturo Souto, gentil amigo, narrador único, era gozar del bálsamo siempre edificante de un espíritu bien dispuesto a aprender novedosas sugerencias, vocablos imprevistos, semas inesperadas. Su timidez, protegida por una voz poco audible, lo encaminaba hacia una lectura constante, y a una escritura convertida en vehículo de observaciones profundas y perspicaces. Gambusino de las reconditeces del ser humano, fue un descubridor de las agonías apenas perceptibles bajo los disfraces rutinarios con que suelen vestirse. Su prosa, exigente y sugestivo discurso de perfecciones retóricas, es modelo perenne de inigualable bien decir.

¡Pero no puedo pensar en ellos como amigos ausentes! ¡Por los dioses!, ¡si están aquí, conmigo! Si hace unas horas he agradecido a doña Helena la milésima consulta realizada en su imprescindible Diccionario de retórica y poética, si recuerdo con toda claridad su voz entusiasta al descubrir un giro inusitado en un párrafo virgen.

No, Rubén tampoco se ha ido. Anoche mismo hemos viajado por las líneas agobiadas de El manto y la corona y hemos recordado al doctor Elías Nandino en su charla sobre algunas estaciones de ese gran poema.

¿Y Arturo? Si tan sólo hace un par de días, en un nuevo recuento de La plaga del crisantemo ─discretamente citado por él en su propio seminario─, escuchábamos juntos el trote cansino del caballo macilento de su Juan Vaquero, guarecido por las estrellas, acechando, acechando siempre a su inalcanzable  Coyote 13.

No, ni doña Helena ni Rubén ni Arturo se han ido. Yo hablo con ellos todos los días y les presento mis dudas, y me responden y me explican y me regalan su palabra magnífica. No. No se han ido. ¡Por supuesto que no! ¿Verdad, amigo mío, verdad que no se han ido?

 

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