ALTAMIRANO Y CLEMENCIA

HACE YA MUCHAS LETRAS

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

ALTAMIRANO Y CLEMENCIA

 

Delimitemos un brevísimo espacio en el tiempo: concluida la gran etapa bélica decimonónica (Independencia, Invasión Norteamericana, Invasión Francesa, Segundo Imperio y algunas batallas entre hermanos), Juárez hace su entrada triunfal en la Ciudad de México el 15 de julio de 1867 e inicia el período histórico llamado República Restaurada. Es urgente reorganizar al país. En este devenir tumultuoso se distingue la figura señera de Ignacio Manuel Altamirano, siempre al servicio de la Patria: coronel de sus ejércitos, orador parlamentario y conciencia vigilante y guiadora de los destinos espirituales de nuestra nación. Era imposible resistir su voz: hombre de acción, amalgamaba en el centro de su ser una férvida y vibrante pasión nacionalista y una inmediata disponibilidad para emprender el trabajo intelectual necesario para México en su nueva etapa. Ensayista, narrador, poeta y maestro, Altamirano enseña a admirar con orgullo el púrpura brillante de nuestra Naturaleza noble y opulenta, a reconocer con altivez el lujurioso ocre de nuestras gigantescas ceibas, y a escuchar con fervor el canto milagrero de nuestras aves. La educación es su meta.

Altamirano publica su Clemencia en 1869, primera novela más allá del acartonamiento tradicional en cuanto a ideas, estructura y lenguaje, según lo informan los manuales al uso.

Lo sabemos, todo texto puede ser asediado desde distintos y hasta diferentes ángulos. A esta luz, no podemos negarle a Clemencia sus fuertes raíces románticas presentes en las dos figuras masculinas allí enfrentadas. Pero, considerando el momento de su gestación, lo verdaderamente significativo en Clemencia es el tratamiento de los conceptos de Patria y de Nacionalismo en el período preciso en que México debe mirar hacia el futuro. Esta circunstancia y estos conceptos ofrecen a Altamirano los elementos suficientes para construir el eje de una novela histórica: ante la presencia del ejército francés, la sociedad tapatía –gran protagonista de la novela–, temerosa de perder sus posiciones tradicionales, olvida sus deberes cívicos al extremo de ignorar su propio pasado.

Conviene traer aquí un suceso importante: en 1880 –once años después de la edición de Clemencia– Émile Zola coincidirá con Altamirano: publicó Les Soirées de Médan, colección de nouvelles cuyo tema central es la guerra previa a ese año, vivida por Francia, y la respuesta social de la comunidad que la había padecido. De esta colección recordaremos siempre una obra representativa: Boule de Suif, de Guy de Maupassant. El interés, los instrumentos y el medio de expresión de emociones nacionalistas son los mismos.

En toda novela histórica, los hechos reales constituyen el eje del ambiente espiritual y físico de una anécdota ficcional paralelamente desprendida de esos hechos y que se erige en el vehículo del juicio del autor.

Clemencia es un baldón a los mexicanos de ese tiempo. Los dos protagonistas varones –no se les puede llamar militares– van a la Guerra de Intervención (la francesa, de 1864 a 1867) sin ninguna conciencia nacional: uno, rubio barbilindo, explota sus galones –conseguidos con recomendadoras cartas políticas y familiares– en el ejercicio gozoso del triste oficio de seductor. El otro, feo y enteco, no posee la lujosa prestancia exigida a los varones de su clase, y ante el desprecio familiar y la indiferencia de las damas, se protege con la capucha de las víctimas y, de manera sui géneris, busca su supervivencia en el campo de batalla. Ambos personajes sólo son un par de acomodaticios vividores de México y en su ejército hallan la satisfacción de sus personales intereses. Altamirano cumple en esta obra la puntual función de cronista e historiador que registra el pulso de cada suceso y lo transforma en materia narrativa.

Lo invito a releer Clemencia, imprescindible obra para la mejor comprensión de las letras y de la historia en la segunda mitad de nuestro siglo XIX. Asimismo, confirma el reconocimiento de la narrativa como documento fundamental para historiadores y sociólogos. ¡Feliz lectura!

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