Cornelius Max pinta macacos: una visión humana de animales no humanos

Cornelius Max pinta macacos: una visión humana de animales no humanos

Por Elena Escalante

 

La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadirnos de plantear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son provisorios.

J. Borges.

 

Hoy recuerdo a mi amigo y profesor Ignacio Padilla. Nacho, como le decíamos todos, era tan magnífico conversador como escritor: su dominio del lenguaje era extraordinario, no en vano era miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1994, con apenas veintiséis años, Nacho ganó tres premios de Literatura Bellas Artes: el premio Juan Rulfo para Primera Novela, por La catedral de los ahogados; el premio Juan de la Cabada para Cuento Infantil, por Las tormentas del mar embotellado, y el premio Malcolm Lowry para Ensayo Literario, por “El dorado esquivo: espejismo mexicano de Paul Bowles”.

Escribió varias novelas e innumerables ensayos, pero ante todo Nacho se consideraba un cuentista. Sus relatos fascinan por su sentido del humor, por lo sugerente de sus imágenes y su variedad formal, entre muchas otras cualidades. Uno de sus cuentos que yo prefiero es Cornelius Max pinta macacos”, de la colección Las fauces del abismo (2014).[1] El cuento narra los últimos años de vida del pintor austriaco Gabriel Cornelius Max, quien tras perder a su amada esposa en manos de salteadores, “se abismó en la locura y la misantropía… […] En su luto Cornelius Max se dejó crecer la barba hasta el pecho, renunció a su cátedra en el colegio de Artes y Oficios y fue a instalarse con sus pinceles y sus simios y sus fantasmas en la finca junto al lago”. (32)

Tras el desplome de lo que en teoría distingue y dignifica al ser humano, Cornelius Max impugna las ideas evolucionistas y de superioridad humana: “El pintor opinaba que el más alto peldaño de la ‘scala naturalis’ correspondía menos a los hombres que a los monos, y estaba listo para demostrárselo a quien pensara lo contrario”. (35) A lo largo del relato se construyen paradojas, coincidencias y analogías que espejean las nociones de humanitas y animalitas, abriendo así nuevos espacios de subjetivación; y aquello que en su momento apeló a la razón, se transforma en violencia: el conocimiento que trae el progreso y la civilización alejan a los hombres de las verdades que alimentan el alma y los afectos. Así, Cornelius Max:

Renunció a pintar escenas bíblicas, vendedoras de cirios y cristos compasivos, y comenzó a retratar macacos. De esas primeras incursiones, conocidas hoy como el Descenso Negro, data el cuadro ‘Monos como críticos de arte’, diatriba famosa contra la academia. En el cuadro, media docena de primates observan intrigados otro óleo al interior que representa a Abelardo y Eloísa, los desdichados amantes. Al parecer, ésta es la primera obra donde el artista imprime en los monos facciones de humanos conocidos o reconocibles. Muchos vendrán luego. (35)

El relato cuestiona los discursos antropocéntricos que prevalecen hasta el presente. Desde esta perspectiva, se inscribe en la corriente crítica denominada Animal Studies que propone replantear el papel de la animalitas dentro de la literatura y la filosofía contemporánea, mediante la pregunta: ¿existe una verdadera línea divisoria e inquebrantable entre lo humano y lo animal?; ¿o debemos pensar en distinciones móviles e inciertas?

Para Jaques Derrida la propia noción de “animal”, limita el universo de todo lo viviente no humano: resulta imposible englobar el mundo de bíos en una figura de animalidad completamente opuesta a la de humanitas. En su ensayo “The Animal That Therefore I Am (1997)”,[2] el filósofo narra su experiencia al ser interpelado por la mirada de su gata y se plantea algunas preguntas en torno a la ontología de los animales no humanos. A pesar de la familiaridad que tiene con su mascota, Derrida se siente abrumado al advertir que su pequeña gata lo mira fijamente. En este punto de su disertación, el filósofo subraya que su gata no es el concepto de un gato, con los atributos de la figura del animal, sino un “otro”. Destaca la problemática del lenguaje por su cualidad conceptual y reduccionista, pues resulta insuficiente para describir las particularidades de una entidad, por ser ésta, en el caso presente su gata, única e irrepetible, y cuya mirada no podrá ser sustituida por otras miradas. De tal forma, Derrida subraya la importancia de la experiencia física y, al mismo tiempo, el deterioro de la representación y la arbitrariedad de las taxonomías (recordemos aquella memorable enciclopedia china, pues viene a cuento tanto por su clasificación, como por el sentido del humor de su autor, Jorge Luis Borges[3]):

Cornelius Max creía asimismo que Edward Burnett iba descaminado al afirmar que el lenguaje ponía al hombre en ventaja sobre las bestias. El habla, escribió el pintor, no era más que una tara contraída en las fraguas repelentes del progreso. […] prueba de ello es que el lenguaje articulado, con su endiablada magia para dar consistencia a nuestros escrúpulos, ambiciones y horrores, no ha hecho más que promover la decadencia de la especie humana. Por el contrario, concluía el artista, en la simplicidad del gesto sin palabras se desnuda la auténtica grandeza de los animales, que no requieren para ser sublimes de los vestidos de la razón ni del artificio del lenguaje articulado. (36)

Al subrayar la insuficiencia de las significaciones que el hombre le ha atribuido a bíos, ambos autores, a partir de distintas disciplinas, cuestionan la ambición que subyace en el lenguaje articulado, y proponen no olvidar otras posibilidades de aprehensión.

Un día Nacho me contó que escribía de madrugada, en una libreta de cierto tamaño, con una pluma de color y que, si cambiaba una palabra, repetía todo el párrafo de nuevo: para él, ésta era la única manera de saber si esa nueva palabra era la correcta. Al leer su obra, escucho su voz y pienso en lo mucho que he aprendido de él, tanto por sus clases, como por su trabajo.

Ignacio Padilla, 1968 – 2016.

 

[1] Padilla, Ignacio. “Cornelius Max pinta macacos”. Las fauces del abismo. Editorial Océano, 2014, pp. 29-39.

[2] Derrida, Jaques. “The Animal that Therefore I Am (More to Follow)”, trad. de David Willis, Critical Inquiry, vol. 28, núm. 2, Invierno, 2002, pp. 369-418

[3] “El idioma analítico de John Wilkins”, Otras inquisiciones, Emecé Editores, Buenos Aires, 1952.

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