MI ESCRITURA

MI ESCRITURA

Fernando Curiel

 

Para Ana Elena Díaz Alejo

 

 

Como único comentario, el profesor Arreola me indicó que hablaría conmigo, en el pasillo, al término de la clase. Así fue. Desde luego nervioso, pero expectante, presté atención a las palabras de alguien que las dominaba, y escribía, con virtuosa maestría.

 

 

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Pueblerino Artista Adolescente, yo no iba para escritor sino para actor. Decisión en la que influyó de forma decisiva una norteamericana, Tibi Leof, quien, junto con su marido, Mike, una notabilidad de la odontología, y un amigo, Dany, habían recalado en Taxco en procura de un clima propicio a la salud de Mike. Pasados los años, al tanto de las memorias de la mentora, en París, de la Generación Perdida norteamericana (Hemingway y pandilla), la llamé —la llamo— “mi Gertrude Stein”. Tibi había asistido a mis pininos en funciones escolares y le dio en la flor de toparse con un diamante en bruto de la actuación. En contrapartida, de mi zambullida en el Mar de Fondo de la Literatura, sin saber nadar y sin llanta salvavidas, culpo —es un decir— a Juan José Arreola, maestro de Declamación en la Escuela de Arte Dramático del INBA. El episodio me sigue pareciendo un tanto surrealista.

 

Aunque ya limpio del acento cantadito de mi pueblo, había yo dado cuenta en el improvisado escenario de la clase, del monólogo de Segismundo (La vida es sueño, Calderón de la Barca). Como único comentario, el profesor Arreola, me indicó que hablaría conmigo, en el pasillo, al término de la clase. Así fue. Desde luego nervioso, pero expectante, presté atención a las palabras de alguien que las dominaba, y escribía, con virtuosa maestría.

—¿Repara, Curiel, en que es usted pésimo actor?

No, no me desmayé, pero el golpe estalló en el plexus de alguien que tenía en la mira el Actor’s Studio de la Ciudad de Nueva York, Demudéme. Y aún faltaba una segunda parte.

—¿Además de la de teatro, estudia usted otra carrera?

—Mmm, sí, Derecho, en CU.

—¿Y ha vivido en provincia?

—Así es, profesor…

—Estudia Derecho, y ha vivido en provincia… ¡Entonces lo suyo es la  literatura![1]

 

 

 

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Como remate de la charla, Arreola me abrió las selectas puertas de su taller literario, el mítico Mester. Ahí empecé a escribir, bajo el juicio principal de Juan José —un espectáculo verbal, siempre— y mis co-talleristas, entre quienes recuerdo a Jorge Arturo Ojeda, Antonio Leal, Roberto Paramo, Elsa Cross (acababan de pasar por el taller José Agustín y Gustavo Sáenz). A escribir y a leer, literariamente, mi vida, la ciudad, la realidad, el mundo (aunque no tardarían en hermanarse con la Literatura, el Derecho, la Sociología, la Historia y, más adelante, la Filología). En lo que yo creí, influencia avasallante de Arreola, empecé con textos cortos, digamos poemas en prosa, no sé si cuentos (material cuya selección aparecería publicada en el número 11 de Mester,  revista al cuidado de Jorge Arturo. El absurdo temor a convertirme en un “arreolita” más, tuvo funestas consecuencias. Lector voraz (novelas realista y vanguardista europea, novela rusa, novela de nuestro último movimiento armado —el revolucionario, no el cristero—, primicias del Boom!), decidí hacerme novelista. Craso error. Y ahí está mi primer édito, La aproximación (1970), para comprobarlo. Lamentable debut.

 

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En perspectiva, mi obra se divide en dos partes, respectivamente, la anterior y la posterior a mi huida a Londres. Lo que va, de La aproximación, a Que viva Londres! (así, con el sólo signo admirativo final, título que en subsecuentes ediciones cambia, al de Vida en Londres). Del mal imitador del Noveau roman, al escritor camaleónico: narrador, ensayista, cronista, epistolar, humorista o de plano sarcástico, poeta en prosa, navajero, deudor del cómic y demás yerbas. Todo junto. Acabado consorcio, comercio, trato, intertextualidad —y ruego no se tome a altanería— de Literatura, disciplinas humanísticas tradicionales, ciencias sociales; lo contracultural, lo Camp, lo Pop, las Neo vanguardias; tradición y ruptura, tradición de la ruptura; arrebatos del erudito y del tratadista.

Para simplificar, diría: perfecta amalgama entre mi generación cronológica, La Onda, rabiosamente experimental, lúdica, pero limitada en su visión (adolescencia, dos o tres colonias de la Ciudad de México, si acaso tres Sanborns); y mi generación adoptiva, electa, el Ateneo de la Juventud, rabiosamente rompe géneros literarios, y de visión universal.

 

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¿Y qué tenemos, a la postre? Un titipuchal de títulos, que en principio responden, todos, en diverso grado, a la caracterización polisémica y multi-génerica supradicha (¡uuuuf!). El narrador opinante; el ensayista que se desdobla en narrador; el cronista que al parejo especula; el experimentador lúdico, toque el tema que toque. Algunos ejemplos en orden (conjeturo) de aparición: Fotonovela rosa, fotonovela roja, Paseando por Plateros, El guión radiofónico, La Universidad en la calle, Ciudad tatuada, Testigo de vista, etcétera. Más dos folletos: Junto a los escombros y Helicópteros sobre Ciudad Universitaria. En lugar aparte dejo los libros fruto de la investigación académica: Onetti: obra y calculado infortunio, La querella de Martín Luis Guzmán, La revuelta: interpretación del Ateneo de la Juventud, El Ateneo de la A a la Z, Hábitos, Novo conoce el mar y otros ensayos; así como ediciones de diarios, memorias, manuscritos, epistolarios, de escritores de mi devoción (Tablada, Guzmán, Reyes, Torres Bodet). Lugar especial guardan: Navaja, Tren subterráneo, Mal de ojo. Iniciación a la literatura icónica,  Mi óbolo a Caronte (manuscrito de Reyes que precede a Oración del 9 de febrero), y FC confidencial. Libros a los que menester es adunar cientos y cientos de críticas literarias, artículos, ensayos publicados aquí y allá (y acullá). Aunque he escrito para la radio, sígueme faltando la incursión en la dramaturgia (así fuere en recuerdo y mérito de mi primera acción artística). Va para cuatro años que exploro la escritura líquida, en el blog colectivo, PUÑO ELECTRÓNICO, (www.artgraffitieditorial.com.mx).

Y confieso que volví a las andadas, a la novela: Manuscrito hallado en un portafolios, novela de anticipación política que pudo haber tenido otra suerte, de formar parte yo de alguna mafia o mafiasita, estar metido en el intercambio de me das-te doy. No dejaba de revestir, entonces, novedades: qué pasaría si el sistema político mexicano perdiera enteramente pie; la persecución y juicio judicial de un presidente entrante a un expresidente, su antecesor; la primera guerrilla integrada por altos mandos y efectivos del Ejército; el intento de separarse de México de algunos de los Estados del Norte. El juego radicó en escribir la víspera sobre el tema novelesco en turno, y comprobar al día siguiente si la Realidad imitaba al Arte. Y sí: me adelanté a la nueva redacción del precepto constitucional sobre el estado de emergencia.

Amén de otros, el que en mejores épocas era el Premio Xavier Villaurrutia, lo recibí ya la edad avanzadita; edad ciscada en la que, en efecto, por haberte quemado con leche, hasta al jocoque le soplas.

 

 

 

 

 

 

 

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Quedan en el tintero, de un lado, los temas, los hallazgos, ciertas enseñanzas; y, de otra, los nombres de quiénes en lo político, en lo cultural y en lo estrictamente literario, auxiliaron a mi formación. Temas ambos de otra remembranza.

Hasta aquí, pues.

 

POSDATA. El enclaustramiento pandemónium, me ha lanzado a los recovecos de mi “bunker” en Copilco el Alto. Y, junto a la electrónica, he redescubierto la escritura manual. El ceremonial empieza con el sacapuntas —metálico, un Staedler— y un puñado de los cientos —corrijo: miles— de lápices encontrados intonsos en cajones de mi “burro” de trabajo, mesillas, escondrijos de un escritorio —en sí novela policial victoriana— de época, vasos de Tonalá, jarros de elaborada confección. Lápices: modestos MIRADO, franceses, italianos, polacos, e incluso los atesorados por una londinense PENCIL BOX. De cuatro en cuatro. Perfecta fusión de sacapuntas y lápices que elabora en los giros formas caprichosas: flores, conos, tiras de ribete multicolor. Me estimula el aroma a maderas (no, no se han inventado los lápices de Olinalá).

Escribo.

 

 

[1] No, no dejé la EAD, sino que concluí la carrera e incluso Héctor Mendoza, mi maestro de actuación, conocido mío —él y su esposa Claudia Millán—, por mediación de Tibi Leof, desde mi llegada a México rumbo a la Universidad Militar Latinoamericana, me invitó a formar parte de su grupo teatral, aposentado básicamente en la Casa del Lago. Mi despedida de las tablas, sería en el papel de piloto en El alma buena de Shesúan, de Bertoldt Brecht. // Suelo bromear con la conversación, que sería definitiva en mi vida, con Arreola. Al autor de Confabulario lo hago decir: “¿En qué lugar de provincia?”. Y yo informaría: “En el Estado de Guerrero”. Y él porfiaría: “¿Vivió usted en Chilpancingo?” Y yo respondería: “No la joda, profesor Arreola, en Taxco”. // Comprendo, respecto a la parte real (surreal) de la conversación, que la Memoria puede serme infiel en lo que hace a algunas palabras, aunque no así en lo que se refiere a la situación vivida.

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