DEUDAS  DE  AMOR

HACE YA MUCHAS LETRAS

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

DEUDAS  DE  AMOR

 

Cuando leímos el Quijote, admiramos a un luchador en soledad, valeroso ante la vida y haciendo frente cada día a todas las adversidades.

¡Sí, por supuesto, estoy segura, ya se lo he contado!, pero permítame traer ese recuerdo de grata memoria: sí, yo aprendí a leer en El Quijote, en una bellísima edición para niños. La elección fue de doña Alicia Argüelles, la maestra bajo cuya tutela mi hermano y yo recibimos las primeras letras. En ese ayer los padres gustaban de ejercer vigilancia sobre la instrucción de sus hijos, y por ello la nuestra llegó a nosotros en un saloncito muy “intelectual” destinado por mi abuela para ese fin.

La contemplación de un libro de radiante colorido, pleno de figuras, me hizo sentir dueña de un tesoro. En efecto, ¡era un tesoro!, un tesoro admirado con ese simplismo innato en los niños –entre secreto y magia– cuando se saben poseedores de algo. Mi Quijote era un arsenal maravilloso de cuentos y de andanzas. La urgencia de escuchar más y más “historias” me encaminó hacia la lectura. Mi pasión por el infatigable y singular caballero era tanta que cuando me preguntaban cuál sería mi carrera “cuando fuera grande” –pregunta obligatoria a los chicos de mi época– afirmaba, sin pensarlo dos veces: ¡Don Quijote de la Mancha! Sí: Don Quijote era para mis sueños aventureros algo así como un oficio o un empleo, como ser soldado, médico o bombero. Y la tristeza y el agobio invadieron mi ánima cuando alguien me lo dijo: para ser Don Quijote era necesario nacer iluso y heroico, bondadoso y justiciero, noble y valiente y no sé cuántos atributos más, incomprensibles para mi verdísimo concepto del futuro.

Don Quijote y Sancho Panza, pintura de Armando Romanelli.

 

Mi hermano y yo sólo conocíamos las aventuras de mi abuelo –soldado de proezas revolucionarias–, vislumbradas con arrobo cada tarde como si participáramos en ellas: su natural vocación de narrador memorioso nos enviaba al campo de batalla a luchar entre el tableteo de las “cóconas” (terroríficas y resonantes ametralladoras), a cabalgar a las órdenes del clarín de combate, con nuestra “mitigüeso” (revólver Smith & Wesson) lista para disparar, y luego, a la llegada de la noche, realizar la limpieza de las armas, pulir con aceite de tiburón las botas federicas raspadas en el fragor de la batalla y, por supuesto, lo más importante, alimentar a las nobles caballerías. En esas aventuras, mi hermano y yo no íbamos solos: vivíamos cada momento con “otros soldados”.

Cuando leímos el Quijote, admiramos a un luchador en soledad, valeroso ante la vida y haciendo frente cada día a todas las adversidades; a un protector “de viudas y de huérfanos” sin más defensa que una lanza en astillero, una adarga de cuero, una bacía protectora y un rocín matalón de compañía. Y como asistente de guerra, un burdo campesino lleno de dudas y recelos. Sí, yo deseaba ser Don Quijote… y pasaron los meses…

Don Quijote, dibujo de Darth-Gerko.

Entramos al colegio formal y el maestro de Lengua española, heredero de la España Roja, llevó de visita al Señor de la Triste Figura, pero ahora se trataba de un personaje cuyas disertaciones debía comprender para entrar en su mundo. Nueva conversa llenó mis horas con el ilustre caballero andante. Mi horizonte crecía… y pasaron los años…

Don Quijote, pintura de Van Gogh.

Y llegué a la secundaria. Y un día mi profesora de Literatura, doña Elena Lombardo Toledano, hermana de don Vicente, nos presentó a Don Quijote de la Mancha. Mi corazón estaba a punto de estallar: ¡era él, mi amigo, mi cómplice en las grandes batallas, el héroe de increíbles aventuras! Y no supe cómo explicarle a la maestra  por qué me pasé llorando toda la hora de clase…

El tiempo siguió su curso. Y don Quijote me esperaba en la Universidad: llegó un día del brazo de don Julio Jiménez Rueda para ser presentado en su curso de Teatro de los Siglos de Oro. ¡Y nos reconocimos de inmediato, amorosamente! ¡Si éramos amigos! Él me entregó mi primer alfabeto: él me guio en mis primeros garabatos. Compartimos tantas horas de nuestra vida. ¡Había tanto, tanto qué contarnos! Apenas terminó la clase, nos fuimos a la biblioteca para hablar él y yo solos. ¡Y reconstruimos los años de ausencia e hicimos recuento de nuestros azoros!, ¡y hablamos de las fiestas, de los escondrijos, de los molinos de viento!, ¡de cuando recuperamos el yelmo de Mambrino!, ¡de cuando entrábamos en los castillos y la gente del pueblo nos decía que sólo eran ventas!, ¡y de nuestro encuentro con el Caballero del Verde Gabán! ¡Y recordamos!… ¡Y recordamos!… ¡No! ¡No nos habíamos olvidado el uno del otro!, ¡si éramos viejos camaradas rescatando sus aventuras en el tiempo!… ¡Y nos prometimos no volver a separarnos nunca! ¡Nunca! 

 

 

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