RAY BRADBURY, CENTENARIO

RAY BRADBURY, CENTENARIO

Fernando Curiel

 

Uno. El de la ciencia ficción, tendencia tan norteamericana como el llamado Nuevo Periodismo que traslada al reportaje y a la entrevista los recursos de la novela, consiste en esencia en la fusión de la ciencia aplicada, y la tecnología, con la vida individual y social. Mezcla que produce utopías o distopías de toda laya, unas malogradas, otras tan afortunadas que terminan por inscribirse en el torrente de la gran literatura a secas.

Dos. Tal es el caso de la obra de Ray Bradbury, nacido en Waulkegan, Illinois, hace la friolera de cien años; cuentista, novelista, cronista de realidades imaginarias, guionista cinematográfico, poeta de manera incontenible. Si bien vasta es su producción, tres novelas en particular han sembrado su mundial fama: Crónicas marcianas, Farenheit 451 y El hombre ilustrado. Obra comenzada en los 50’s del pasado siglo, contó con un lector de excepción que contribuyó a popularizarla: Jorge Luis Borges. Esto al par que el argentino, también se hacía universalmente célebre.

Tres. ¿Existen modas de lectura, como sucede con la ropa, la música, ciertos oficios? Sin lugar a dudas. Lástima, por cierto, que ya no esté de moda eso de los sueños de la clase media (y media alta, y media baja), clase en picada, pero un buen filón, lo brinda la sucesión de oficios de su elemento femenino joven: novelistas en agraz en el taller de la Poniatowska, artesanas de chaquira, chefs, productoras de cine, miembros de ONG’s, defensoras de los derechos de los animales, militantes ambientalistas en el jalón del primer Partido Verde.

Cuatro. Pero torno a Bradbury. A mi regreso de fijo a la Ciudad de México, en los 60’, lo saludó la moda de la ciencia ficción, del sombrío Lovecraft (no de mi agrado por culpa de mi rechazo a lo “darketo”), de Asimov, de los resabios del existencialismo, del par de clásicos rulfianos, de Arreola, de los desmanes de La Onda (mi generación cronológica) lingüísticos y temáticos más que existenciales, del naciente Boom¡ de la nueva novela latinoamericana (pero tan deudora de la “novela primitiva” de un Rómulo Gallegos, de un José Eustasio Rivera). Entre otros “últimos gritos” que recuerdo.

Cinco. El nombre y obra de Bradbury, corrían como pólvora. Por supuesto que me aficioné. Librerías, como tales, templos de buena literatura, se prodigaban, y pude conseguir y fruir lo hasta entonces publicado por un autor poco dado al “alacraneo literario” (como llamaba mi amigo Onetti a la acomplejada y fijada y venenosa vida literaria), pero que no pudo escapar al imán hollywoodense. Aspecto, el de Bradbuy escritor de películas que bien vale acometerse.

Seis. En esta temporada infernal por la que atravesamos, he notado tres tendencias que se asimilan al juego entre ciencia y mundo social. Una que se pregunta de en qué estado de ciencia y civilización andábamos antes de la peste. Otra que se hinca, no muy imaginativa que digamos, en el devastado presente. Y, por último, aquella que otea la realidad post Covid-19, y que los realmente faltos de luces llaman “nueva normalidad” (“nueva anormalidad” será). Me inclino por la primera tendencia.

Siete. Larga, larguísima etapa de impunidad y desfiguros. Llámese progreso, llámese política, llámese relación con Natura, llámese comportamiento social, llámese desatado hedonismo, llámese “selfietización” de Occidente (y de Oriente), llámese cultura, tradicional y de vanguardia. Y, aquí sí, Bradbury me viene “como anillo al dedo”. Digo que ninguna de sus obras más señeras se interna en la pura fantasía, se despega (desapega) de la realidad. Donde ponga uno el ojo.

Ocho. Antes del corona virus, la ciencia estaba al servicio de los negocios (la salud uno de ellos); la política simulaba, ocultando sus propios intereses, responder a los dictados de la Voluntad General (léase: Pueblo); la Naturaleza era tierra de nadie de una feroz explotación (agua, maderas, carbón, hidrocarburos fósiles y paro de contar)…

Nueve. El comportamiento social toleraba el creciente abismo entre los pocos cada día más ricos e influyentes y los pobres día a día más pobres y desprovistos; el hedonismo sentaba sus reales, sin excluir la niñez; la selfie, invento del Demonio, se imponía avasallante a todas horas, dando puerta a “youtubers” e “influecers”  y demás engendros (confieso: me muerdo la lengua porque yo también me estrené con un video que no acaba de digerirse, “Perrea un libro”, y participo en el blog PUÑO ELECTRÓNICO).

Diez. La cultura, ya abandonada por los gobiernos pero en manos de clanes burocráticos, ya del todo rehén de una Industria de la Conciencia que la desnata y banaliza hasta extremos inimaginables, termina, ahí donde es auténtica, por volverse cultura de resistencia, lo mismo entre pueblos originarios que en círculos urbanos dispuestos a no ceder. La llamada tercer oleada del feminismo, en sus dos vertientes, la pacífica y la violenta, remata con gruesos trazos el panorama.

Once. La más afamada obra de RB es sin duda, Crónicas marcianas (1950). El año de 2026 es el más lejano de su presagio. Estamos a un lustro. El hombre ha destruido su hogar, la Tierra, y se muda a Marte, para repetir el mismo comportamiento devastador, en constante estado de guerra, generador de basura, inhumano en pocas palabras. Los sobrevivientes, los que no abordaron los miles de cohetes migrantes, al fin la hacen estallar. Pavoroso espectáculo observado por los terráqueos marcianos.  A los que un aviso, reclamándolos, los hace regresar.

Doce. Metáfora, creo, aplicable al panorama que en nuestro planeta dejará, si se da, el desenlace de una pandemia que ya cobra millones de bajas, ha paralizado la economía y enfrentado, sin que podamos prever el resultado, a la humanidad consigo misma. Pero, entre tantas malas, una buena noticia. Rato lleva el asteroide 9766, ostentando el nombre de Ray Bradbury.

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