Ovidio

HACE YA MUCHAS LETRAS

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

O V I D I O

 

Un amigo me pregunta sobre Ovidio. Me remito a la opinión más cercana y justiciera: la de Rubén Bonifaz Nuño  ̶ su traductor, su estudioso ̶ , ofrecida en su Ovidio. Arte de hacerse amar  (unam. instituto de Investigaciones Filológicas, 2000). El interés de mi amigo hubiera hecho feliz al poeta latino preocupado por la perennidad de su fama:

 

                   Yo, aquel que fuera, jugando, cantor de los tiernos amores;

                   porque a quien lees conozcas, posteridad, recíbeme.

 

Y en las breves lindes de esta columna, me detengo en las ideas “más luminosamente evidentes”, rescatadas por Bonifaz Nuño, relativas a la admisión del amor como combate, como fuente de sufrimiento y como inevitable peligro:

El arte de amar es el arte de hacerse amar, la manera de obligar al otro, casi contra su voluntad, a que ame; de allí que, de modo natural, el amor sea concebido como una suerte de combate en el que hombre y mujer se enfrentan y buscan la victoria. El vencedor de tal combate no será aquel que logre amar mejor, sino quien, empleando los más aptos recursos, recursos que el poema va a enseñar, pueda forzar al otro a mejor amarlo.

Este concepto formidable revalida algunas creencias ingratas como la de insistir en modificar las leyes del Universo: el amor no conduce hacia la felicidad. Cierto, pero es la cuesta única para disfrutar del placer de creer ser amado. Esto lo dice Ovidio. Enfrentemos nosotros los dictados de nuestra propia Minerva.

Ovidio no sólo entrega conceptos: convoca a la reflexión sobre la existencia humana, su servidumbre y su libertad, el destino y la vida, los estímulos procedentes de la pasión, la consunción ineluctable con su amenaza inminente –parte de su ensoñación–, y los medios procurados por el espíritu para retardar o vencer su sufrimiento o su goce.

 

De la obra del poeta latino, Bonifaz Nuño espiga algunas frases lapidarias, riesgosas para vivirlas, pero buenas para meditarlas:

 

Aquel que quiera que lo amen deberá,

por ineludible principio, fingir que ama.

 

Usted y yo ¡nunca hemos cometido semejante villanía!, ¿o sí? Bueno, pero también hemos asumido el riesgo adlátere:

 

La simulación amorosa encierra siempre un peligro grave:

en un momento dado, el sentimiento que se simula puede

hacerse real, con todos sus dañosos efectos.

 

En lenguaje llano: ¡la mentira se transforma en verdad! Pero Ovidio nos tranquiliza y dicta:

 

Si el Amor es un combate entre la mujer y el hombre, Él entregará

a ambos contendientes las armas necesarias para vencer.

 

¡Ah! –dirían los espadachines clásicos–, esto no es asunto de armas, ¡sino de brazo experto! Quizás, algún día, confiaremos en los beneficios indudables de la disciplina permanente. ¿O no lo cree usted así?

Una perla para especular más aún sobre el tema:

El hombre ha de colmar su carta con promesas copiosas, promesas

que él, desde el principio, sabrá que no tendrán cumplimiento.

¡De “esperanzas de cumplimiento” se nutre el amor! Restan en el tintero detallitos nimios como ese del “necio deseo femenino de recibir regalos y escuchar halagos, a sabiendas de su procedencia adventicia…” En fin, Ovidio es un semillero de sentencias en las que conviene meditar, pero no con nuestro corazón en la mano sino con nuestro curriculum erótico a la vista, previa actualización hasta el más mínimo detalle. ¡O no lo cree usted así! ¡Leamos a Ovidio! ¡Compartamos con él nuestras experiencias! 

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