Don Justo Sierra

HACE YA MUCHAS LETRAS

ANA ELENA DÍAZ ALEJO 

DON JUSTO SIERRA

 

La fama de don Justo Sierra y el reconocimiento nacional otorgado por México proceden de su notabilísima labor como maestro

 

Permítame, en este septiembre, recordar con usted al Maestro de América, a don Justo Sierra, el adalid de la educación nacional. Nació en Campeche el 26 de enero de 1848. Abogado, diputado, magistrado de la Suprema Corte de Justicia, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua y primer Ministro de Instrucción Pública de México, cargo desde donde logró revitalizar a la extinguida Universidad. Su obra mayor está ubicada, de manera importante, en el ensayo histórico, si bien la poesía y la narrativa son géneros que también cultivó. En España representó a nuestro país como Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario de México al Centenario de la Constitución de Cádiz, comisión en la que lo acompañaban dos mexicanos distinguidos: don Salvador Díaz Mirón, el gran bardo veracruzano, y don Juan B. Delgado, el delicado cantor de la Naturaleza. Ocupó en Madrid la residencia que fuera de otro hombre memorable: el orador parlamentario don Emilio Castelar. En ella murió el 13 de septiembre de 1912.

Foto: ISUE, AHUNAM

El rey don Alfonso decretó para él honores militares. Diez días más tarde sus restos fueron embarcados en La Coruña con destino a México. La Habana le dedicó una ceremonia especial. Veracruz recibió con lágrimas al gran héroe civil: “La nación entera se ha puesto en pie y se ha descubierto”, testificó la prensa. En la Ciudad de México fue llevado al Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria donde durante veinticuatro horas recibió el homenaje del presidente don Francisco I. Madero, su gabinete, el cuerpo diplomático  y “todo lo que en México representaba algo en materia de pensamiento” —relata José Vasconcelos en su Ulises criollo.

 

 

En el camino hacia el Panteón Francés “caían flores desde los balcones… No se guarda memoria de funerales más suntuosos, más solemnes, más sentidos”, decía el periódico El País. La prensa lo llamó “el buen gigante de corazón de oro”, “padre cariñoso de los desvalidos y fuente inagotable de virtudes cívicas”. Sincero duelo por quien desde todas las palestras luchó incansablemente por la educación. Desde su muerte, la Patria, agradecida, lo ha recordado. En el centenario de su nacimiento, la Universidad de México le rindió honores, y la Universidad de La Habana lo declaró Maestro de América.

 

La fama de don Justo Sierra y el reconocimiento nacional otorgado por México proceden de su notabilísima labor como maestro, desde su cátedra de Historia o desde su gabinete como Ministro de Instrucción Pública. Suyas son estas palabras:

     Cuanto atañe a la educación pública me interesa y me afecta profundamente, pero me impacienta al mismo           tiempo. Mientras más medito en ello, más clara veo la necesidad ingente de consagrarse a este asunto con           devoción inmensa, con afán constante, casi con angustia.

Esa excepcional y acendrada devoción por las tareas educativas fue su mayor signo de amor a la Patria. Ella lo ha ingresado en el selecto grupo de sus Hombres Ilustres. Acompáñeme usted, caro lector, a presentar nuestro respeto al gran Maestro de América.

 

 

 

 

 

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