Pita Amor

PITA AMOR

Fernando Curiel

 

Para Priscilla Pomeroy

 

Uno. En los 60’s del pasado siglo, estudiaba Derecho, por las mañanas, en CU, al tiempo que iniciaba mi carrera en la Suprema Corte a un costado de Palacio Nacional; y, por las tardes Actuación en la Escuela de Arte Dramático del INBA en la Unidad Artística y Cultura  del Bosque (Chapultepec), y compartía con el luego afamado Manuel Ojeda un departamento en la calle de Río Atoyac en la Cuauhtémoc, a unos pasos de la Diana Cazadora (y el Cine y Restaurante Chapultepec). Tiempo alcanzaba para los cafés y bares y galerías de pintura de la Zona Rosa, y caminar, “patear”, “flanear” la ciudad. Imaginar la Estela de Luz hubiera correspondido al mundo de las pesadillas.

Dos. Personajes eran Luis Buñuel cuando se dejaba ver, Carlos Fuentes que lo pedía a gritos, José Luis Cuevas en su papel de enfant terrible, Alejandro Jorodowsky incendiario, Juan José Gurrola no menos provocador, las Pecanis Sisters, Alberto Issac, Luis Spota, mi entrañable Tito Piazza (cronista con todo y sede de la “sonaja”), Salvador Novo escapado de Coyoacán, discreto más poderoso M. L. Guzmán, en las fuerzas juveniles —aunque temprano “star”— Carlos Monsiváis. Etcétera. Gabriel García Márquez, todavía alejado de los cuernos de la luna, no. Notabilidad lo era asimismo Pita Amor. Poetiza excéntrica, estentórea, en permanente pugilato con los taxistas, ostensibles sus moños (de niña, lejos de las floreadas diademas Khalo).

Tres. El mundillo intelectual y artístico era pequeño. Se reagrupaba en la última función de “La Reseña” en el Cine Roble, en la afición del “puebleo” por Morelos y el Estado de México, en fines de semana en la playa del Hotel Princess en Acapulco; y si de armar escándalos (bastante provincianos) se trataba, estaban la cantina La Ópera, la de la disque bala villista en el techo, o algún ciclo testimonial en la Sala Manuel M. Ponce, en el que el sustentante sentaba en la primera fila a ¡Tongolele! Impávido, en su sitio, el edificio de La Lotería Nacional (el original). Impávidas, las Pérgolas de la Alameda (hasta que un bárbaro, disfrazado de funcionario, con todo y traje Roberts o Macazaga o Milano, no las demoliera).

Cuatro. Volví a encontrarme con Pita Amor la década siguiente, yo ya de regreso de mi escapada a Londres, y director de Radio Universidad. El programa de poesía de Pita, junto con el de Ricardo Guerra explicando a Hegel, y el del “Chato” Elizondo llamado “Contextos” (porque de esos se trataba: lectura de textos); más un noticiario matutino de alta audiencia, hecho con “recortes” de la prensa nacional (hablábamos de “recorteros”, no de reporteros), más los cursos de idiomas, y El cine y la crítica de Monsi y Nancy Cárdenas, y “Jazz en la cultura” producido por Juan López Moctezuma; constituían la osamenta de la programación.

Cinco. Auditor de tiempo atrás de Radio Universidad, “productor” de emisiones suyas desde 1971, el ejercicio de memoria y decir poéticos de la Amor, se contaban entre mis preferidos. La encontraba, ya no sólo en las calles de aquella Ciudad de México que han destruido, más que terremotos (1956, 1985, 2017) la mezcla impune de inepcia gubernamental y voracidad inmobiliaria, sino en los pasillos y los estudios de la estación, todavía en CU, o ya mudada a la Colonia del Valle. A ella le dio por visitarme en la Dirección, los días que grababa, y por escribirme y obsequiarme poemas (que deben andar por ahí, en mí no archivo). Platicábamos.

Seis. Aprendí a querer a la persona Pita Amor, con sus desfiguros, los rayos de lucidez y trastorno que caían simultáneos sobre su psique, su estrafalaria figura, su memoria prodigiosa; como fui descubriendo, a través de la pintura de Diego Rivera, de los textos de Alfonso Reyes, del chismorreo en “cocktailes” que mucho se acostumbraban a la sazón, el significado legendario de la escritora, y la valía indudable de su numen. Sé que de ella tomé la técnica de auto narrarme en relación con los espacios (y los objetos) de mis domicilios. Uno es su casa. Y, oh privilegio, ahí la tenía, frente a mí, en periódico palique.

Siete. Pita viene a cuento, porque uno de estos días de pandemoníaca pandemia, reclusión de gueto mientras la República se deshace al golpe de megalomanía cerril, pendencias, “caoscracia” y rebrotes, economía en picada, dimes y diretes, ineptitud que se refocila, campañas electorales permanentes en vez de gobernanza, futuro pisoteado, en los rebusques en mi “bunker”, di con un CD que contiene dos grabaciones que fieles de la poetiza (como en alguna medida me considero yo), realizaran en 1983.

Ocho. Bálsamo, balsa en aguas arremolinadas, volver a escucharla, decir y declamar, cantar, soltar insolencias, despreciar infundadamente a Agustín Lara. La Amor, lo que ella fue (es). Brutal repertorio: García Lorca, Sor Juana, López Velarde, Enrique González Martínez, Xavier Villaurrutia, su dilecto Alejandro Quijano Campbell (¿mi compañero en la Facultad de Derecho?) asesinado; Lope de Vega, Calderón; cancioneros populares; el repertorio de Conchita Piquer.

Nueve. Afuera: lluvias torrenciales, pero no bastantes para acallar tamaña remembranza, viaje en el tiempo. Un espectáculo de la palabra, que tanto buscara Poesía en Voz Alta (aquella empresa inter disciplinaria de los 50’s que juntara a Arreola, a Paz, al jovencito Héctor Mendoza, mi maestro de actuación, a la Carrington, a Soriano); y que sólo encuentra parangón en el citado Arreola (el que me condujera a su taller literario Mester, también mítico). Precisado lo anterior, lo reconozco, en ánimo masculino de equidad de género (tan de moda).

Diez. El CD lleva el sello de Radio Universidad, y se acompaña con un texto de Mario Ficachi. Búsquelo. No se arrepentirá.

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