Literatura y cocina: ingredientes neurológicos y psíquicos para la lectura

 

Literatura y cocina: ingredientes neurológicos y psíquicos para la lectura

Elena Escalante Ruiz

 

La literatura ha dedicado innumerables referencias a la comida. Su aportación en cuanto a las costumbres gastronómicas es notable. Basta recordar la Segunda Carta de Relación, donde Hernán Cortés describe los manjares que comúnmente se servían al tlatoani de los mexicas: Moctezuma Xocoyotzin. Ahí Cortés menciona cientos de platillos como tamales, escamoles, ajolotes, ensalada de nopales, elotes endulzados con miel y una extensa variedad de aves y frutas como mamey, zapote y pitaya. Otros cronistas destacan la infinidad de mercancías que podían encontrarse en el mercado de Tenochtitlán, así como el gusto de los conquistadores por las tortillas. De esta manera, las Crónicas de Indias son auténticos testimonios de las costumbres gastronómicas de culturas tan prominentes como la Azteca y la Maya, si pensamos en Bernal Díaz del Castillo.

Para algunos críticos, la comida en la literatura adquiere características de signo distintivo y asume valores identitarios sin igual: pensemos en el contexto de los personajes, sus preferencias, psicología y el tiempo histórico. De ahí que, dentro de un texto, la gastronomía adquiere un valor propio. Pero, independientemente de las cuestiones teóricas, me pregunto qué mecanismos hacen que algunas descripciones literarias sobre comida, despierten en el lector el deseo de saborear lo que se describe. Pensemos, por ejemplo, en este pasaje escrito por Guy de Maupassant (1850-1893), en el cuento Bola de Sebo:[1]

Tomó primero un plato de fina losa; luego un vasito de plata, y después, una fiambrera donde había dos pollos                 asados, ya en trozos, y cubiertos de gelatina; aún dejó en la cesta otros manjares y golosinas todo ello apetitoso y           envuelto cuidadosamente: pasteles, queso, frutas, […].

Bola de Sebo cogió un ala de pollo y se puso a comerla, con mucha pulcritud, sobre medio panecillo de los que                 llaman regencias de Normandía. (30)

A lo largo de veinte años, el neurocientífico Stanislas de Dehaene, ha estudiado cómo funciona nuestro cerebro cuando leemos. En el libro El Cerebro lector[2], explica los mecanismos que subyacen en los circuitos cerebrales de la lectura: “Hoy los nuevos métodos de neuroimágenes revelan en apenas minutos, las áreas del cerebro que se activan cuando desciframos palabras escritas.”(14) Dehaene, explica que estos mecanismos están sistemáticamente alojados en regiones cerebrales idénticas en todos los seres humanos, “como si hubiera un órgano cerebral para la lectura” (17):

El procesamiento de la palabra escrita comienza en nuestros ojos. Sólo el centro de la retina, que se conoce como fóvea, tiene una resolución lo suficientemente precisa para permitir el reconocimiento de las pequeñas letras. Nuestra mirada, entonces, debe moverse por la página constantemente. Cada vez que nuestros ojos se detienen, reconocemos una o dos palabras. Cada una de ellas es dividida, entonces, por las neuronas de la retina en una miríada de fragmentos, y deben volver a unirse antes de que pueda ser reconocida. Nuestro sistema visual extrae progresivamente grafemas, sílabas, prefijos, sufijos y raíces de las palabras. Finalmente, dos rutas importantes de procesamiento entran en juego en paralelo: la ruta fonológica, que convierte las letras en sonidos del habla, y la ruta léxica, que da acceso a un diccionario mental de significados de palabras. (26)

Imagen tomada de El recetario del Quijote, Guanajuato, México, Grupo Editores S. A. de C. V. / Televisión Metropolitana (Canal 22) / Secretaría de Turismo del Gobierno del Estado de Guanajuato / Nieve de Chamoy, 1998.

El lingüista Ferdinand de Saussure (1857-1913), definió el signo lingüístico como la asociación de un “significante” y un “significado”, con una imagen acústica o concepto. Esta definición se relaciona estrechamente con los descubrimientos de Stanislas Dehaene, si pensamos que ambos destacan la fonología o sonido de las palabras o conceptos, como el ingrediente primordial para su decodificación. Sin embargo, y a pesar de que todos los seres humanos utilizamos los mismos mecanismos neurológicos para leer, lo que cada individuo lee, dista mucho de ser igual. Saussure remplaza el “concepto” por “significado”, y la “imagen acústica” por “significante”, como las dos caras de un mismo signo. El significado remite a la convención inmutable del signo: pollo = pollo. El significante opera de manera distinta: está conformado a partir de las experiencias de cada individuo; los recuerdos que las palabras evocan, etcétera. Así, “los pollos asados, ya en trozos, y cubiertos de gelatina”, que yo imagino y saboreo al leer este pasaje de Maupassant, son muy distintos a los que alguien más podría imaginar. ¿Por qué encuentro este pasaje tan evocativo? ¿A qué momento me lleva el sabor del pollo cubierto de gelatina? Quizá a una sensación de bienestar y placer que quedó perdida entre los recuerdos de mi infancia.

Imagen tomada de El recetario del Quijote, Guanajuato, México, Grupo Editores S. A. de C. V. / Televisión Metropolitana (Canal 22) / Secretaría de Turismo del Gobierno del Estado de Guanajuato / Nieve de Chamoy, 1998.

Lo que más sorprende sobre la investigación de Stanislas de Dehaene es que, si tomamos en cuenta que la escritura nació aproximadamente hace cinco mil cuatrocientos años, el tiempo fue muy corto para que la evolución diseñara circuitos de lectura específicos y nuestros cerebros aprendieran a leer. Entonces, Dehaene se pregunta: ¿Cómo es que nuestro cerebro primate aprendió a leer?

 

[1] De Maupassant, Guy. Bola de Sebo y otros cuentos. Grupo Editorial Tomo, S.A. de C.V. México, 2004.

[2] Dehaene, Stanislas. El cerebro lector: últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2015.

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