Alma máter por Ana Elena Díaz Alejo

HACE YA MUCHAS LETRAS

                                               Alma máter

ANA ELENA DÍAZ ALEJO 

 

La fuente del conocimiento pertenece a la sociedad, generoso principio de donde emana la fuerza material y espiritual de las aulas y de la instrucción de sus docentes y de sus investigadores.

 

Alguna vez escuché en la voz de doña María del Carmen Díaz-Conti Carbajal, mi amada tía, una frase cuyo paradójico significado me pareció extremoso e irrealizable: Nada es nuestro. Si deseamos disfrutar de lo que creemos poseer debemos compartirlo con quienes lo necesitan. Años más tarde   ̶en una conferencia del doctor Jaime Torres Bodet en El Colegio Nacional ̶, la frase volvió a mi memoria cuando el distinguido mexicano afirmaba: Los bienes encomendados por el Alma máter a sus hijos deben ser restituidos por ellos mismos –con creces, si es posible– a la sociedad, para fortalecer la imperecedera flama del conocimiento. 

 

Nada es nuestro. Si deseamos disfrutar de lo que creemos poseer debemos compartirlo con quienes lo necesitan.

 

Esa idea, especialmente humanística, es aplicable a cualquier tipo de entorno: Quien tiene más debe dar más, dogmatizaba mi abuelo materno, pleno de sabiduría ancestral. Y este lema no es sino una variante de la idea que habita en los espíritus nobles, sin importar sus distancias de clase o de cultura, si la pureza de la justicia rige sus actos.

Dar continuidad a los bienes emanados de la Universidad es una manera de agradecer lealmente a la madre nutricia generadora de nuestra formación de mexicanos conscientes de sus deberes. Pero también es una manera de trascender, un modo de cumplir con un ineludible acto de responsabilidad ciudadana.

 

 

Las instituciones culturales como la Universidad Nacional Autónoma de México forman legiones cuyo compromiso no concluye con el juramento en la recepción profesional ni con una contribución académica. La fuente del conocimiento pertenece a la sociedad, generoso principio de donde emana la fuerza material y espiritual de las aulas y de la instrucción de sus docentes y de sus investigadores. Corresponder a nuestro país dando continuidad a las lecciones recibidas y hacer de ellas un venero permanente es obligación de todo universitario verdadero y digno. Así, médicos, ingenieros, bibliógrafos, abogados, físicos, geógrafos, historiadores, entre otros tantos profesionistas notabilísimos, ofrendan, día a día, sus servicios a grupos de apoyo comunitario con quienes comparten sus propios despachos o bufetes o clínicas. Unas horas a la semana, distinguidas lumbreras de la ciencia apoyan con su trabajo a hospitales de asistencia social; importantes jurisconsultos asesoran cordialmente espinosos casos legales de índole pública; arquitectos de fama mundial supervisan generosamente proyectos populares. Los receptores de estos beneficios –ciudadanos de las clases más vulnerables– ignorarán el nombre de sus cumplidos benefactores: el Premio Nacional de Ciencias cuyo bisturí les salvó la vida, o el ilustre autor de obras fundamentales del Derecho cuyo laudo les otorgó el triunfo en un tortuoso asunto de justicia. Y así, miles y miles, cada uno con la meta del servicio a nuestra nación.

 

Éste es un deber, entre otros, de los egresados de la Más Alta Casa de Estudios de México: es una deuda perenne con nuestra Alma Máter y con nuestra Patria. Quien no lo cumple está en falta, indudablemente, y lo sabe.

 

 

 

 

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