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Claudio Acevedo

 

Propincuo follower:

El día que seis ministros de la Suprema Corte, se dieron, la cabeza gacha, un balazo en el pie, jueves 1° de octubre, me decidí a romper el cerco.

Sujeté a Vicky, mi bike, al armazón de mi camioneta, y a Moroleón, mi pastor inglés, a su collar de identificación, y nos dirigimos al parque Lincoln de Polanco. Me estacioné frente a la librería El Péndulo, asediado por una nube de valet parkings.

La pasamos de maravilla, aunque aquello estaba atestado de bicicletas, canes, carriolas, parejas jóvenes. Dimos no recuerdo cuántas vueltas, gozando de la libertad, el aire yo con todo y cubrebocas. Vicky se deslizaba como nueva, Moro con todo y correa, corriendo al lado feliz de la vida. Cuando nos hartamos, nos dirigimos a la librería, y en la reja de un tiesto, encadené a Vicky y amarré a Moro. No rechistaron.

Siempre echándoles un vistazo, revisé novedades y no tanto, me hice de las memorias de Bret Easton Ellis, para ver si el autor era tan psicótico como su personaje (American Psycho), y de las Woody Allen, para comprobar estoy seguro que siempre lo había sido, pagué y me senté en la terraza para beberme uno tras otro, dos cafés expresos, y sin perder de vista a Vicky y Moroleón, que estaban en éxtasis gracias al movimiento de la calle, y me entretuve como lo hago últimamente, con la redacción mental de aforismos, y la corrección de proverbios.

¿Ejemplos? De los primeros, influido sin duda por mi viejo oficio londinense: “Monte de Venus que soplaba el viento de mi boca”; y de los segundos: “Les das la mano y te toman… por pendejo”.

¡Ah, qué buena jornada!

Como nuevos, regresamos al pent house de Picacho. Sabía que había ganado unos días de tranquilidad.

Y ahora, follower, permítame compartirle a Camila Ramón, colombiana, comunicadora, obsesiva del Gim, aunque no hasta el extremo de formas musculosas.

Dirección:

@camilaramon

 

 

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