PERFIL DE GUILLERMO SOBERÓN

PERFIL DE GUILLERMO SOBERÓN

Fernando Curiel

No poco aprendí, en términos de administración (presupuesto por programa), negociación (conciliación de intereses), visibilidad (la Universidad, función social) e institucionalidad, en uno de los grandes momentos de la UNAM. Sin omitir uno de sus mayores legados: la problematicidad y recuento de su propia nutrida historia; historia sin sosiego de la libertad en toda y cada una de sus expresiones.

 

Uno. De los Rectores de la UNAM con los que colaboré en primera o segunda línea, a raíz de mi incorporación laboral a la Máxima Casa de Estudios, a principios de los 70’s del pasado siglo (mi primera carrera, la de Derecho, la realicé en los 60’s), guardo vigorosa memoria, en particular, de dos de ellos: Guillermo Soberón y Jorge Carpizo. Por su preciso diagnóstico de la situación que encaraban, su afán reformador, su atención a los problemas nacionales, su entereza y tener a la UNAM en todo momento como barco insignia de su desempeño.

Dos. De otra parte, la incursión de uno y otro en la administración federal (don Guillermo Secretario de Salud, previa experiencia de unos Servicios Coordinados de Salud; Jorge, Procurador General de la República y Secretario de Gobernación), en momento alguno borró la marca original universitaria: fusión de la enseñanza, la investigación y la vulgata; temperamento crítico; y los deberes sociales, civiles, del intelectual (estamento privilegiado en un contexto de rezagos educativos e ignorancia funcional, que hacen del saber un poder, poder a distribuir).

Tres. Finado sorpresivamente Carpizo, Soberón consiguió doblar el cabo de la vejez hasta el pasado 12 de octubre en que falleció. De él, Rector entre los años decisivos de 1973 y 1978, me ocupo ahora (de Jorge, amigo desde los tiempos de la Facultad, lo haré en otra ocasión). Si bien, de subrayarse es el contraste entre los comienzos y los finales de ambos rectorados. En medio de la violencia, la toma de posesión del primero, colmada de expectativas, la del segundo; con la inauguración del Centro Cultural, el cierre del primero, y la marcha atrás de la Reforma Carpizo, y el compromiso de un Congreso Universitario, el del segundo.

Cuatro. Este perfil bordeará impresiones y recuerdos personales. Porque el doctor Soberón supo darse tiempo para escribir y publicar (compartir) unas voluminosas memorias, en un medio renuente a dar testimonio de la gestión pública (y la de Rector lo es). Retorno a su toma de posesión, en la resaca de la renuncia del Rector Pablo González Casanova, señalada por una “izquierda” devorando la “izquierda” y la final firma de un Contrato Colectivo de Trabajo que dividió la opinión. Optimista una, pesimista la otra.

Cinco. El sindicalismo universitario, traduciría un salto adelante, al fijar las reglas y los límites de actuación obligada, por ambas partes, la autoridad y el trabajador, y por la naturaleza de la materia laboral, no se replicarían los vicios del macro sindicalismo oficial, en cuanto a caciquismo, tráfico de plazas, concentración de poder. No. No. Por el contrario, el quehacer académico no podía compararse con el fabril, y el sindicalismo universitario condenado estaba a replicar, de manera fatal, al sindicalismo obrero. Quizá llegado es el momento, del juicio final sobre una y otra postura.

Seis. No bien ocupa las oficinas del sexto piso del edificio de la Rectoría, ocupación contrastada con la violencia y pedrea en el estacionamiento de la Facultad de Medicina (que me tocara atestiguar en compañía de mi amigo y notable jurista Rolando Tamayo y Salmerón), el doctor Soberón, eligiendo (como él mismo refiere), entre las fuerzas destructivas y las fuerzas constructivas, las segundas, emprende una frenética, aunque calculada actividad.

Siete. Combina en su equipo de colaboradores, madurez y juventud (ahí están, el citado Carpizo como Abogado General, Diego Valadés al frente de la Dirección General de Difusión Cultural, y, más adelante, Gerardo Ferrando en la Secretaría Administrativa); y traza planes a mediano y largo plazo que embridan primer y segundo períodos. Larga es la lista del sorteo de momentos de dificultad extrema, y de logros. Menciono algunos. Se funda la Ciudad de la Investigación Científica (con la rectoría de Carpizo, tocará su turno a la de las Humanidades). Se llevan extramuros las Escuelas Profesionales, empezando por la de Acatlán. Se desarrollan programas de colaboración con las Universidades de la República, en diversos rubros de actividad. Se echa a andar la Coordinación de Extensión Universitaria (a la que se adscribe Radio Universidad, elevada de Departamento a Dirección, con los frutos de un nuevo edificio, su modernización, y un Programa de Colaboración de Radiodifusoras que derivará en una Red Nacional).

Siete. Con motivo del conflicto sindical de 1977, involuntariamente se incursiona en una práctica que hoy por hoy, con dificultades técnicas y pedagógicas (y, si me apuran, estilísticas), desvelan a la UNAM: la video educación telemática. Y, por fortuna, para que la televisión comercial, no se llevará todo el pastel (como ahora), un acuerdo con el Instituto Politécnico Nacional, dio espacio, en la entonces inexistente programación matutina del Canal Once, a un Revista Cultural sobre cuya realización valdría la pena detenerse (suerte que también merece otro experimento posterior que se ha preferido olvidar, no obstante, sus posibilidades: Perrea un libro). En 1980, se inscribe en la Carta Magna, la Autonomía Universitaria.

Ocho. Dejo para el final esta anécdota. Don Guillermo y yo éramos paisanos. Él de Iguala, yo, adoptado niño chilango, de la vecina población de Taxco. En una cena, en el departamento que, con mi familia de tres, ocupaba en Valerio Trujano (Avenida Churubusco, a unos pasos de donde convivían un Sanborns y el Cine Manacar, suplidos por un agresivo edificio de González de León al que llamo “El puñetazo”), surgieron los temas guerrerenses. Supe, estoy seguro que esa noche, de un triste episodio: su hermano Jorge, médico también, aspiraba gobernar el Estado; la ocasión que le comunican telefónicamente que era el “bueno”, lo derrumba un ataque al corazón.

Nueve. También surgió el tema de mis intereses y preocupaciones municipales, y pese a la limitante de mi acta de nacimiento para aspirar a la Presidencia Municipal, mi idea de un frente amplio, diversos partidos y corrientes ciudadanas para zanjar añosos rezagos que, terminarían por agravarse (añádase, hoy por hoy, un Covid-19 que asola a la población, y aleja al turismo). Lamento no haberlo buscado para entregarle, años después, el libro en el que tuve el privilegio de fungir como editor: Taxco. La perspectiva urbana. Esto en ánimo de conocer las sugerencias de alguien que condujo, un vasto campus, atravesado por encontrados intereses, y en plena expansión.

Diez. No poco aprendí, en términos de administración (presupuesto por programa), negociación (conciliación de intereses), visibilidad (la Universidad, función social) e institucionalidad, en uno de los grandes momentos de la UNAM. Sin omitir uno de sus mayores legados: la problematicidad y recuento de su propia nutrida historia; historia sin sosiego de la libertad en toda y cada una de sus expresiones.

Once. Cuestión diversa es la suerte seguida por este propósito de auto reflexión y auto escritura. Si la UNAM se reconfigura o se estanca. Si la UNAM investiga, o no, sus propios tiempos.

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