CARPE  DIEM

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

CARPE  DIEM

“Disfruta el día, no esperes demasiado del mañana”

Horacio

 

¿Será verdad?, ¿el Tiempo está caminando más de prisa y los husos horarios ya no son los mismos?, ¿los minutos duran menos?, ¿los segundos corren más, y nosotros, miserables mortales, nos veremos privados de momentos preciosos porque al dios Cronos le han salido alas? No. No se trata de una reflexión de quien ostenta ya demasiadas décadas encima, no; he recibido uno y otro y otro correo aludiendo a esta rapidez alada de nuestra vida, y debo confesarlo: mientras escribo esta página, me he hecho acompañar de una buena colección de tangos, inmejorable música de fondo para esta era agonizante cuya pretensión es llevarse en su escarcela todos nuestros proyectos.

Pero no lleguemos al patetismo. Ciertamente, a usted y a mí nos gustaría volver a vivir algunas etapas de nuestra vida. ¡Desde luego, sólo de algunas! Sí, pero, ¿no sería posible hacer del momento presente algo digno de añorar mañana? Bueno, pues trabajemos en ello desde hoy. No se trata de inscribirnos en un amenazante maratón de caminantes compulsivos, ni de hacer el ridículo entregándonos a inútiles baños de eterna juventud. Si usted ha ingresado a la edad de los senectos (sesenta años, a esta edad los romanos ya podían aspirar al Senado: senador = senecto), ostenta en la nobleza de sus canas la voz de la experiencia, esa voz conductora hacia la contemplación de la vida con alegría. Todo tiene una razón de ser y hemos de sacarle el provecho mayor.

Carpe diem quam minimum credula postero: “Disfruta el día, no esperes demasiado del mañana”, traduzco un tanto libremente de la oda “Ad Leuconoe” de Horacio (I, 11, 8). Y alrededor de esta idea, mil metáforas surgen de ese “disfrutar el día” como propósito vital, como necesidad urgente de no permitirle que se vaya, de no dejarlo huir sin haber recibido de él sus jugos generosos porque…el mañana siempre es incierto…

El tema del carpe diem tiene innumerables variantes en todas las culturas. ¿Recuerda usted a Anacreonte? Casi quinientos años antes de Cristo, él cantó en breves poemas al amor y al vino, temas de inmediata y efímera felicidad cuya fama, con el nombre de anacreónticas, llega hasta nuestra actualidad. ¿Conoce usted la sentencia oriental: “Vive hoy como si fueras a morir mañana”?, ¿no es acaso otra forma del carpe diem?

Pero nuestra actitud es importante. ¿Cómo voy a creer que el día ha concluido si insiste en dar luz a mi estudio y no se quiere ir? Sólo faltan cinco minutos para la supuesta llegada oficial de la Noche, y la tarde aún está de visita aquí, conmigo, junto a mi escritorio, frente a mi computadora. Quiero creer en ella y escuchar su noble secreteo: “¡Estoy contigo, aprovéchame, no me dejes ir, yo iluminaré tu mirada!” Bueno, pues yo quiero creer eso y, definitivamente, cambiaré la música de tango por el “Himno a la alegría”.

Pero, es obvio, debemos estar convencidos de nuestro deseo. Si es así, podemos seguir el consejo de Horacio: no confiemos en el mañana: hagamos un proyecto hoy, hoy mismo: preparemos uno o dos o tres proyectos o los necesarios… y empecemos a darles forma, a trabajar en ellos, a desmenuzar las ideas, a revisar cada aspecto, a investigar fuentes de apoyo, a ordenar informaciones, a precisar pasos, a escribir o a pintar o a dibujar o a diseñar, pero con alma, vida y corazón, con energía, con coraje, con entusiasmo, con amor, como si fuera el último segundo de nuestra existencia. Desde luego, este consejo es para quienes poseen un temperamento activo y necesitan mirar resultados concretos, obras formales, frutos tangibles de sus esfuerzos.

¿Y qué pasa si pertenecemos a la vida contemplativa? Pues no, amigo mío, no tenemos por qué esforzarnos: el Universo nos ofrece la posibilidad de gozar de alguna de las variantes del Quietismo, sin llegar a los excesos de Miguel de Molinos –recordemos cómo le fue al pobre con la Inquisición. Bien, si nuestro estilo no es muy activo o no muy enérgico, el pensamiento ofrece mil caminos: en algunos aspectos del arte, quizá escribiendo unas suculentas memorias: podemos iniciar valientemente una andanada de recuerdos, de esos vivísimos marcados con “huellas, señales, heridas” ─como diría nuestro amado Xavier Villaurrutia─ cuyo recuerdo, ciertamente, exige una paz un tanto ajena a nuestros momentos de hoy. Pero nada es fácil y todo nos pide un esfuerzo físico, espiritual, intelectual. En esto siempre estaremos de acuerdo.

Reconozcámoslo: por cualquier camino podemos cultivar una vida en plenitud y disponernos a vivirla intensamente segundo a segundo. ¿Estamos de acuerdo? ¿Sí? ¡Pues digamos con Horacio: Carpe diem quam minimum credula postero! ¡Buena suerte!

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